INVITACIÓN

 

Queridos amigos compañeros y seguidores de ”El Hombre que le Susurra a los Sentimientos” os invita el 1 de Septiembre de 2018, a la inauguración de su nueva residencia, https://www.pippobunorrotri.com, un amplio loft con vistas al mañana disfrutando del presente con nuevos susurros, bailando con palabras, dibujando las sombras de los sueños. Donde la poesía serán gaviotas que vuelan hacia su eternidad y las palabras los silencios de nuestra soledad.

La poesía no tiene espacio, ni lugar, ni tiempo, vuela libre en el ondulado viento, es del tiempo, del lugar y del espacio de quien la lee, haciéndola suya en el instante de su silencio, y luego deja que esta regrese al desierto de su eternidad.

Se bienvenido, deja tus miedos y disfruta como yo disfruto con tus palabras escritas pues ellas representa tus sentimientos y tu libertad, a los que respeto sin criticar. Aunque la crítica sincera ayuda a mejorar.

 

PIPPO BUNORROTRI

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UNA NOCHE DE PANICO

¡Por fin!. Tras tres  semanas  agotadoras  y  estresantes  de trabajo  en  el  estudio,  había podido  escaparme  de  la  agobiante  urbe  de  Madrid  para  descansar  en el viejo pazo familiar, una antigua construcción del siglo XV que siempre había pertenecido a mi familia y  que yo había  heredado  de  mis padres, no tengo muy claro lo que hacer con ella solo lo utilizo como refugio para escapar de la ajetreado día a día. Y aquí estoy frente a la antigua verja de hierro forjado del viejo palacete, salgo del coche y empujo los dos lados de la verja abriéndola de par en par y durante un instante me quedo observando lo que tengo delante de mí y narrándomelo para mí en el silencio de aquel atardecer,  los recuerdos que aquella vista traían a mi mente.

Frente a la entrada principal del pazo había un inmenso jardín que colindaba muy verde con un bosque de flores y pinos. No muy lejos de allí, del otro lado del bosque, había una alberca recién construida que, cuando estábamos libres de prisas y castigos y el fresco amainaba, esperaba limpísima para bañarnos y divertirnos. Recuerdo que dos días después de un ataque de asma brutal un día de sol radiante y alegre, no pude siquiera tocar el borde húmedo de la reluciente piscina. Siempre pensé que moriría a causa de uno de esos embates mortales que asfixiaban mi existencia cada vez que intentaba algún ejercicio físico o la ansiedad me envolvía, pero bastaban sus dulces palabras y unos suaves masajes alrededor de mi ombligo para que mama devolviera a mi alma la paz y el sosiego que había perdido. Este es el ultimo recuerdo que tengo de mi madre unos días antes de su desaparición y desde entonces no he vuelto a tener esos terribles ataques de asma.

Aquí  estoy,  es  de noche,  y  me  encuentro  sentado  en  mi  butaca  de  orejas  preferido, herencia  del  abuelo,  en la  biblioteca  del pazo mirando  atreves  del  ventanal  el  sauce  llorón  que  crecía  en  el inmenso  jardín que rodea a la vieja casona de piedra, también  cuidado  y  mimado  por  Susi,  mi  adorable  Tata. El pazo no  sería  lo  que  es  si  no fuese  por  ella  y  por  Fermín y Juana  el  matrimonio  guardes  que  ayudan  en  el  día  a  día   a  la  quisquillosa y  a  la vez  adorable  Susi. Ella que había cuidado de tres generaciones de Vega-Rodrigo de Bunorroti, mi abuelo mi madre y a mí, ella que siempre había sido mi compañera de juegos de chiquillo y nunca fue tratada ni vista en la casa como una criada, incluso reemplazo a mi madre tras su misteriosa y repentina desaparición de nuestras vidas

Yo seguí ensimismado observando con fascinación al sauce llorón; si se miraba con cuidado, como cuando miro a Carmen subiendo por el sendero que da al jardín en una mañana de primavera, se podía ver como de sus imponentes ramas caídas hacia el suelo desprendían destellos de luz multicolor que la luna reflejaba  en las ramas del sauce y el viento de aquel día de invierno zarandeaban de un lado para otro, me parecía que fuese como rayos de sol inundando cada rincón de la biblioteca… la musiquilla de mi ipad me saco de mi ensimismamiento.

– Si Beatriz dígame. – era mi secretaria

-Don Nicolas, el proyecto ya se ha entregó al Señores  Puga, quieren concertar una cita para el martes a la una.

-Mire  la agenda y dígame que tengo para el martes.

-El martes a primera hora en la Notaria y a las once tiene una reunión en el ayuntamiento con el concejal. Por la mañana no tiene nada más

-Beatriz llámelos usted y dígales que si les viene bien a la una y media en mi despacho. Envíeme un correo para confirmarlo, ya que tendré el teléfono desconectado. Algo más…

-No, no señor

-Buen fin de semana Beatriz. Dije apagando el teléfono y des-conectándolo, no quería que nadie me molestase

Encendí  la luz que tenia sobre la mesita al lado de la butaca, estire mis piernas colocándoles sobre el banquillo que tenia a los pies de la butaca y me dispuse a leer un exótico libro que a mi mente traía gratos recuerdos de mi infancia, pues hacía tiempo que había encontrado en sus líneas una inestimable compañía para mis ratos libres. Los libros en general siempre me han hecho una muy buena compañía en mis momentos de asueto, pero este en especial cada vez que lo leía me trasladaba a otro lugar a otro tiempo que hacía que me sintiese distinto. Abstraído leía palabra por palabra, pagina por página…en esos momentos la magia del libro hacia que no existiese el mundo a mí alrededor.

Sin embargo, el idílico momento en el que estaba sumiso fue interrumpido por un extraño ruido que provenía del exterior de la casa. No le di demasiada importancia, pues se acercaba una gran tormenta, según me había dicho Fermín cuando llegue a mis dominios, y el viento seguramente había tirado algo, pensé en ese momento en que salí de mi abstracción y continúe leyendo no dándole importancia.

Pasaron unos minutos y no había conseguido concéntrame  de nuevo en mi lectura.

El sonido del viento que penetraba atreves del ventanal siempre me había llamado la atención sobre todo cuando estaba en esta casona y hoy no era excepción. Yo creo que ese sonido que es como le sonido de la voz de las almas en pena, como dicen los lugareños de este rincón de Galicia, que gritan para que sean liberados de su pena y agonía.

Pero en ese instante otro extraño ruido se sobrepuso al agudo silbido del viento, entonces en mi mente comenzó a tejer  una serie de paranoias sospechosas mi cerebro me está diciendo que hay alguien merodeando por  el exterior de la casa queriendo entrar como cuando era niño  y entraron aquellos hombres para llevarse a mi abuelo y el viejo Manuel escopeta en mano los amedranto y salieron corriendo. Solo de pensar en ello se me ponen los pelos del bello de punta. Aun hoy después de tanto tiempo mi cuerpo se sacude cuando pienso en ello, recuerdo que cuando era niño en las noches de invierno el sonido del viento hacia que me acurrucase bajo las mantas de mi cama porque creía que venía al quien a llevarme y gritaba llamando a Susi y ella llega apresuradamente y me acurrucaba entre sus brazos.

En estos momentos mis miedos infantiles al viento la oscuridad los ruidos inesperados se estaban adueñando de mí, levantando de la butaca a la vez que digo:

-Fermín, Juana,  Fermín

Fermín y Juana entran apresuradamente en la biblioteca

-Que desea el señor- pregunta Juana

-No pierdan ni un minuto, miren que todas las ventanas y puertas estén perfectamente cerradas.

-Esta todo cerrado. –Contesto Fermín

-Vuelvan a comprobarlo, me ha parecido escuchar ruidos extraños fuera de la casa

-Ya estas con tus paranoias Nicolás –dijo Susi detrás de Fermín y Juana– ya eres mayorcito para que continúes con estas tonterías infantiles, te voy hacer una Tila para calmar tus nervios

-Hale vosotros ir a comprobar lo que dice el señor

Dándose la vuelta salieron de la estancia dejándome solo, mientras oía a Susi hablar en voz baja mientras se iba hacia la cocina.

Encendí todas las luces de la biblioteca y dirigiéndome al ventanal observé a través del mismo por si veía a alguien allí fuera coloque las manos sobre mi cara y las apoye en el cristal escudriñando la oscuridad del jardín, no veía nada, me aparte de la ventana y observo las pastas del libro sobre la mesa auxiliar alargando el brazo para cogerlo pero no lo hago y me dirijo hacia la mesa del escritorio para coger mi pipa cojo el tabaco, pienso mientras me la preparo que me ayudara a relajarme, la enciendo con dos largas caladas para que vaya tirando.

No dejo de moverme con la pipa en la boca, estoy ansioso y alterado, necesito tener noticias de mis sirvientes.

De repente se fue la luz y los rincones de la biblioteca antes iluminados con la luz de la lámpara de pie quedaron en penumbra. Tanteando en la oscuridad, halle varios candelabros con velas que Susi tenía por toda la casa como esperando a ocasiones como esta, antiguamente recuerdo si era casi diariamente que ocurriese. Las encendí, de mucho no servían puesto que la habitación era muy espaciosa y no llegaba la luz a iluminarla.

Según iba pasando el tiempo mis nervios se fueron calmando, aunque oía el tic tac del reloj de pared que se encontraba en living de la entrada algo y no sé muy bien porque me calma.

Finalmente ya más tranquilo pude sentarme en el sillón a la espera de las noticias que me trajesen cualquiera de los sirvientes que se encontraban en la casa, intento continuar con la lectura pero no logro concentrarme con lo cual cerré el libro por la pagina en la que estaba.Trataba de que los ruidos no dominasen mis miedos y mis nervios, con lo que dirija mis ojos buscando un punto determinado hasta que finalmente lo encontré y fije mi mirada en el centro de la flamante llama de la vela que está situada sobre el zaguán de la ventana.

Por un instante creía que todo era un sueño, me sentía transportado, fuera de mi cuerpo, estaba como en éxtasis; me encontraba en una extraordinaria e ininterrumplible paz interior. Pero el vaivén de una puerta habiendo y cerrándose  me hizo salir de mi éxtasis momentáneo. Provenían de una puerta exterior de la casa que daba al sótano y que yo personalmente me había encargado de cerrar con llave ¿Cómo es posible que el viento la había abierto?

Sin darme cuenta, me encontraba frente a la puerta del sótano que yo había cerrado esta misma tarde la puerta se estaba agitando violentamente contra el alfeizar de piedra de la misma.

Sujete el pomo de la puerta y antes de cerrarla definitivamente, observe desde el exterior de la misma el profundo y oscuro sótano; los relámpagos que en ese momento se estaban produciendo iluminaban hasta el fondo del mismo, el efecto de los mismos y desde la entrada misma producían una perspectiva que parecía que se hubiesen abierto las puertas del infierno.

Las gotas de lluvia corran por mi rostro adentrándose entre la camisa recorriendo mi cuerpo empapándome. El viento los truenos y los relámpagos unidos a los portazos de las contra-ventanas me están desconcertando. Con un movimiento brusco cierro la maldita portezuelo del sótano que me había traído hasta donde me encuentro ahora maldiciendo

– Maldito tiempo, joder con la puertecita de los cojones contra que está tropezando ahora

Me agacho y con la mano retiro el trozo de madera que no me deja cerrar la puerta y tiro de ella con la otra cerrando la puerta.Cae un relámpago iluminándome y observó que mi mano se encuentra chorreando un liquido rojo, bajo la vista desconcertado y me encuentro bajo mis pies un charco de agua y lodo teñido de rojo me agacho para tocar lo que aquello era a la vez que miraba para descubrir de donde venia aquello que parecía sangre era sangre, dando un salto hacia tras perdiendo el equilibrio y quedando sentado en el charco de agua y lodo, aterrado me levante y corro como enloquecido hacia la entrada de la casa dando un traspiés entro en casa rápidamente y cierro la puerta al mismo tiempo que le doy dos vueltas a la vieja llave.

Tiritando y empapado hasta el tuétano como estoy me dirijo al baño que se encuentra en el hall de la entrada al lado de la entrada a la cocina, cojo la toalla que se encontraba sobre la cesta de mimbre que Susi había colocado y mientras me seco pienso y me pregunto: < ¿Quién había abierto la portezuela del sotano?, ¿De quien era la sangre de la entrada al sótano?, ¿Seria sangre o pintura? Termino de secarme y subiendo la escalera me dirijo a mi habitación, cojo una camiseta del armario y los viejos vaqueros raidos que uso cuando salgo a pasear por el jardín mientras me cambio por la vergüenza que yo siento de mi mismo, armado de un coraje, descontrolado por la vergüenza, tomo el candelabro grande que se encuentra en el mueble de la entrada saco el mechero y termino de encender las velas que estaban apagadas, me dirijo a la portezuela  de acceso al sótano, que se encuentra debajo de la escalera de piedra, agarre con decisión el pomo de la portezuela y lentamente abrí la pequeña portezuela que conducía al sótano.

– ¡Fermín ¡¡Fermín! llame.  Nadie me contesto. Estarán cerrando las contras porque con este temporal el viento terminara por mandarlas al carajo. Pensaba.

Comienzo a bajar la escalera de madera.

– ¡Joder! ¿Quién anda ahí? Dije en alto

Nadie contesto, y me doy cuenta que era el ruido que producen las escaleras de madera bajo mi peso y mi propia sobra reflejada la que me habían hecho imaginar que había alguien allí abajo.

Llego al final de  la escalera y camino sobre el suelo de piedra y tierra del viejo sótano siento como mis zapatillas se empapan de agua.

– ¡Joder! todo el suelo está lleno de agua de la lluvia.

Muevo el brazo dirigiendo la luz hacia todos los rincones intentando encontrar algo, solo veo las viejas estanterías de madera repletos de las cosas de mi madre de  libros y legajos de la familia y que mi padre

había ordenado a Susi que los guardase en esta parte del sótano, mientras decidiese que hacer con ellos, nunca llego a decidirse y allí se encontraban todavía <jolines un día de estos tengo que ponerme a inventariar todo esto y ver que hago con ello>pienso mientras sigo moviendo el brazo con el candelabro buscando no se qué. Todo está muy sombrío, entorno los ojos para agudizar la vista para descubrir el menor movimiento, estoy en continua alerta.

Seguí moviéndome por el sótano sin importarme la humedad de mis pies, hace mucho tiempo que no visito esta parte del sótano; observo las estanterías llenas de legajos, libros y diversos objetos, viendo todo aquello con la tenue luz del candelabro a mi mente vienen recuerdos lejanos cuando este lugar, fue apartado del resto del sótano y cerrado con llave por mi padre, este lugar me estaba prohibido ahora my imaginación del niño curioso que había sido me está llevando a pensar en aquellas sorprendes historias que me inventaba y le contaba con insistencia a la tata Susi y ella como respuesta me mostraba su sonrisa.

Estoy absorto en mis recuerdo cuando de repente oigo unos extraños ruidos hacia mi derecha y giro mi mano con la luz enfocando de donde venían esos extraños ruidos, no veo nada pero un ruido agudizo el oído y puedo distingo el ruido que se está produciendo; parece que son como pezuñas de un caballo golpeando enérgicamente sobre el suelo y de una cadena se arrastrase por el suelo al mismo tiempo que el ruido agudo de las pezuñas. El piso de madera cruje cada vez más fuerte, y estos ruidos se están acercando a mí, sigo moviendo la luz escudriñando con mi vista hacia donde salen los ruidos pero no logro ver nada de nada. Mi corazón se acelera, siento como late fuertemente, gotas de sudor recorren mi cara, a mi mente acude el recuerdo olvidado de lo que me contaba el viejo guardes Ramiro de lo que había en esta parte del sótano al que se me tenía prohibido la entrada y hasta el preguntar a la gente de la casa, ese recuerdo me está paralizando de terror. Este miedo aterrador que siento me hace recordar los momentos importantes de mi vida, mi infancia con mi madre, mi infancia sin mi madre, cuando mi madre desapareció, mi primera comunión, mi boda, mi separación, mis hijos, mi trabajo, en Mari, en Dios. Un grito de Susi llamándome desde arriba.

-¡Señor, Señor! Venga rápido, por favor corra ¡Señor, Señor!

-Ya voy, Susi.-grite

Girando bruscamente, apresurándome hacia la escalera, subí corriendo la escalera…

-¡Hay! ¡Mierda puta! – grite

La tabla del peldaño cedió bajo mi peso quedando mi pierna atrapada.

Intento sacarla y no soy capaz, poso el candelabro el peldaño superior y con las dos manos intento sacar mi pierna del maldito peldaño de madera, pero nada no puedo liberarme, mi corazón late con fuerza, me desespero, los ruidos extraños cada vez se acercan mas me aterroriza y la desesperación va en aumento, giro la cabeza hacia donde provienen los ruido y la vuelvo mirando hacia la puerta de entrada al sótano deslumbro una silueta y grito.

-¡Susi, Juana, Fermin! estoy aquí abajo atrapado

Susi aparece en lo alto de la escalera bajando hacia mí.

-¡Hay Señor, Señor! que le ha pasado. ¡Hay! niño Leo como se te ocurre bajar solo al sótano

Cogiendo el candelabro y lo coloca en el rellano de la escalera, baja hasta donde me encuentro y me agarra por debajo de los brazos tirando de mi hacia arriba ayudándome a liberarme del agujero de la escalera. Mecánicamente tomo la decisión de averiguar de dónde procedía aquella sangre, porque estoy convencido de que es sangre, termino de vestirme y salgo de la habitación y bajo las escaleras y con un sabor amargo en mi boca, no sé si por el miedo o

-Espera Susi, deja ya de rezongar y ponte detrás de mí y sujéteme  mientras intento yo liberar un poco la pierna y así después me podrá ayudar mejor.

Susi se coloca detrás de mí en el peldaño inferior

-Susi, ya estas preparada

No obtengo respuesta y giro la cabeza para ver qué es lo que está haciendo, miro su rostro y descubro en él una sensación de pánico, está completamente blanca inexplicablemente pálida parece que está viendo la cara de la muerte al mismo tiempo que grito

-¡Que es eso!

Giro la cabeza y agarro con fuerza mi pierna atrapada tirando hacia arriba de ella consiguiendo liberarla, con el impulso Susi pierde el equilibrio cayendo sobre el suelo del sótano. Me pongo de pie y observo a Susi sobre el suelo, bajo los tres peldaños que nos separan esta pálida y descompuesta no deja de apartar los ojos de donde procede el ruido, la cojo en bazos y con la pierna dolorida subo como un poseso las escaleras de dos en dos con Susi en mis brazos. Al llegar al living, dejo a susi  sobre la silla y aseguro la portezuela del sótano con la barra de hierro y le doy una vuelta de llave. Escucho llegar apresura mente a Fermín y a Juana gritando y descompuestos. Fermín dice:

-Señor, escuchamos los gritos, ¡¿Qué ocurre?!

-¡Hay algo ahí abajo…en el sótano de…! Susi lo ha visto, ¿Susi qué era eso?- dije casi sin aliento girándome.

Fermín y Juana me miraban con los ojos abiertos, un largo silencio corta el aire del ambiente, mire a Fermín  y a Juana incrédulo como buscando una respuesta que no encontré solo sus rostros desconcertados; Susi mi Tata no estaba allí sentada donde yo la había dejado.

-Rápido  Fermín busquemos a Susi, Juana usted vaya a la cocina, no puede estar muy lejos después de la caída apenas podía moverse – dije

Fermín  y yo nos dirigimos hacia  el vestíbulo principal y la biblioteca…….

-¡Señor Leo, Señor! Dijo Juana desde la entrada de la cocina

 Nos giramos y nos dirigimos hacia donde se encontraba Guaniquí era la entrada de la cocina

-He oído gemidos dentro de la cocina Señor  Leo.

Juana  se aparto de la entrada de la cocina y asustada tomo la mano de su marido Fermín. Yo les mire y entre en la cocina, pegados a mi espalda estaban  mis asustados criados, aunque yo en mi interior esta aterrorizado, desde la puerta vimos tirad en el suelo al lado del fregadero frente al ventanal de la cocina a mi Tata Susi, apresuradamente nos abalanzamos sobre ella los tres, la levantamos y la pusimos en su sillón de mimbre que ella tenía en la cocina; Susi hablaba en voz baja, apenas se le escucha y lo que dice no tiene sentido.

-¡Ah! Era  un mostro…feo…pelos…, venia hacia mi…. Venía a buscar… me….su cara.-dijo agitándose y con los ojos fuera de sus orbitas

-Susi ¿Qué has visto? – le pregunto

-¡Susi, Susi! ¿Qué te pasa?

La sujeto por los hombros y la zarandeo, abre los ojos murmurando algo que no logro entender, los cierra a la vez que vuelvo a zarandearla para haber si reacciona. Le suelto los hombros he intento tomarle el pulso, no logro encontraselo, un hilillo de sangre está empezando a brotar en la comisura de sus labios.

-Juana, valla al teléfono y llame a Don Anselmo el médico, y dígale que se acerque que Susi se ha desmallado.

No he terminado la frase y veo salir a Juana de la cocina corriendo. Me giro y veo a Fermín con los ojos abiertos como platos mirando fijamente a Susi

–  Fermín – le cojo del brazo moviéndoselo – encienda todas las velas de la casa, y traiga unas linternas. Me ha oído Fermín

–  Si Nicolás, ¡oh perdón! señor, velas…si, si, si velas

A la vez que se encamina hacia el cuarto de la cocina donde se guardan las cosas de la casa.

Entra Juana toda apresurada y casi sin aliento en la cocina diciendo.

–  ¡Señor, Señor! el teléfono no funciona, debe estar cortado…-mirando el cuerpo inmóvil de la Tata – ¿la señora Asunción está muerta?

–  Que tonterías está usted diciendo Juana, ¿Quién es Asunción?

–  Señor Nicolás pero no sabe….

–  ¡Ya, ya, ya! Ya se Juana, ya sé quién es Asunción – no dejándola terminar.

Ya no me acordaba del verdadero nombre de mi querida Tata Susi, como nunca le había llamado así, bueno recuerdo que cuando era pequeño y me reñía, yo la llamaba Asunción para hacerla rabiar.

–  Juana deme el número de teléfono de Don Anselmo. ¿Lo sabe?

Un alarido agudo y profundo, nada parecido al de un ser humano, irrumpió en el silencio mortal de la noche; ni siquiera el eco se atrevió a repetirlo. Además, se podía oír que la portezuela que daba al sótano era golpeada desde atrás. Comenzando a temblar como si de un terremoto se tratara.

-¡Vámonos ya mismo! Subamos al coche -dije casi gritando gritando.

Salimos los tres de la casa corriendo, llegamos al coche. Intenté encenderlo, pero no podía, el nerviosismo no me dejaba. Después de algunos intentos, encendió, y salimos de la finca, no sin antes ver el interior de la casa por una de las ventanas.

La terrible lluvia me impedía ver el camino y el ímpetu del viento desviaba el auto. De pronto el coche se detuvo, atónitos nos miramos mutuamente. Hacia la izquierda del camino se lograba ver una gran estructura, seguramente era esa antigua casona abandonada

– No hay más combustible – dije inquieto.

Decidimos quedarnos dentro del coche por un tiempo, pero la lluvia e el viento la no se calmaban; además, el coche se agitaba tanto que comenzamos a pensar que lo mejor seria refugiarse en esa vieja casona abandonada. Salimos del coche, y corrimos hacia el pórtico de entrada… la puerta estaba abierta, seguramente el viento la había abierto.

Llegamos a una habitación inmensa, llena de polvo y telarañas por todos los rincones. Sólo yo subí las grandes escaleras mármol blanco tamizadas por un espeso polvo; Fermín y Juana se quedaron en el vestíbulo. Los muros de la casona eran tan gruesos que apenas si se escuchaban los truenos.
Llegué a un corredor, una de las puertas estaba abierta y decidí entrar. Era una habitación rústica y muy amplia, pero lo que más me extrañó fue que había un farol encendido sobre el aparador de la entrada, me aproximé a una de las ventanas y  deje que mi mirada se perdiera en el nebuloso horizonte. Desde allí la tormenta se veía terrorífica, un rayo tras otro iluminaban las espesas nubes que no dejaban de moverse como un remolino. En medio de ese temporal logré ver el coche, el cual tenía las luces prendidas, aunque no recordaba haberlas dejado encendidas. Al girarme para salir de la habitación me sorprendió ver un viejo baúl abierto, pero más aún que el propio baúl me sorprendo que del mismo fluía un liquido viscoso color rojo. La piel se me erizó, nuevamente una imagen del pasado, de la sangre enlodada, se hizo patente en mi mente. Bajé las escaleras corriendo, y le dije a Juana:

– ¡Está aquí! Viene a hacia nosotros… salió del baúl. ¡Nos quiere matar!.

– Fermín –grité.

Él cayó al suelo y, como a Susi, de su boca brota una espesa sangre.

Juana y yo quedamos paralizados unos segundos; lo que sucedía era increíble.

– ¿Qué está pasando señor?

– Está muerto,  y lo estaremos nosotros también si no hacemos algo pronto. -dije.

– ¿Pero qué es? ¿Qué ocurre? Patrón, no sé qué hacer. Dígamelo usted.

– Creo que sé lo que es. El pasado nos persigue.

Juana queda pálida como un folio al mirar la puerta

– ¡Esto es imposible! Es imposible… – gritó agitada.

-¡Qué Juana! ¿Qué es lo imposible? -dije con temor.

Pero en ese momento ella cayo arrodillada sobre el piso.

Giré lentamente para mirar por la puerta y observé lo que tanto había ansiado ver, lo que me tenía atormentado durante el pasado y ahora se materializaba, lo que sin explicación había matado a Susi y a Fermín; lo que en una palabra me mataría a mi también.

LA SOLEDAD DEL ASESINO

Eran las ocho de la tarde y la oscuridad de la noche de otoño ya se había instalado en las sombras de la ciudad. Ricardo estaba tumbado en su cama desordenada mirando el desconchado techo de su habitación, con la televisión encendida, no presta atención a lo que en ella se dice, su mente está en otro lugar, en lo que sucedió en un instante de la noche anterior, quizás empujado por la reacción de la raya de coca que se había metido en la mañana, los porros y el alcohol de un día lleno de desconciertos y frustraciones.

Ricardo no es una mala persona, o al menos eso es lo que él piensa de sí mismo, solo es el gargajo de un padre estúpido y borracho, y de una madre consentida y resignada de la vida que le había tocado vivir, y él solo es ese gargajo arrojado al mundo.

Su madre había muerto hacía varios años, cuando el solo tenía quince años y su padre seguía siendo un estúpido borracho, y él había crecido en ese mundo en que todo le da igual, con tal de conseguir lo que quiere, de la forma que sea y como sea, y eso es lo que había hecho en los últimos quince años.

A esa hora en que la noche cerrada empieza a colarse entre los sucios cristales de la ventana, Ricardo desahoga sus dudas con la sombra de su propio yo, que caminaba habido entre la nebulosa de su mente, contándole sus angustias, sus perplejidades, sus temores, sus ambiciones de joven trasladándolo a una ilusión…

CONTINUARA

MI HIJO ERA YO

 

Ahora que estoy apartado del mundanal ruido de mi alocada vida profesional y posiblemente también de mi egocentrismo y que ya no busco los focos del éxito, porque me he dado cuenta (afortunadamente) que hay cosas más importantes en la corta-larga vida que los éxitos personales. Se me viene a la memoria los recuerdos de mi vida cuando funde una familia, tiempos de ilusión, felicidad, trabajo, preocupaciones, etc.….

Mi último hijo nació hace veintitantos años, en el mes de Julio, era un día caluroso, llego a este mundo de manera normal… Pero yo tenía un viaje, tenia tantos compromisos… (Ahora me parecen escusas absurdas)

Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba, comenzó a hablar cuando yo no estaba, comenzó a caminar cuando yo daba un discursó de inauguración de mi primera obra premiada……

Ahora que lo pienso ¡Como creció mi hijo de rápido….como ha pasado el tiempo! Mi hijo, a medida que crecía, me decía o me preguntaba:

-Papi, algún día seré como tú. Papi…Papi. Papi…….

-¿Cuándo regresas a casa papi?

-¿Quieres jugar conmigo a la pelota?

-¿Papi me llevas a dar una vuelta en bici?

Yo le contestaba-No lo sé hijo, pero cuando regrese jugaremos juntos…ya verás…-Hoy no hijo tengo mucho que hacer…tengo…tengo…-casi nunca  ocurría  eso, le llenaba de regalos para que dejase de interrogar y para acallar mi conciencia de culpable, aunque para mi mismo me disculpaba con los compromisos de trabajo.  Ante esto él se daba media vuelta y sonriendo se iba diciendo

-Está bien Papi, otro día será….te quiero mucho papi. En estos momentos me viene a mi mente   que siempre decía una misma frase:

“YO DE MAYOR QUIERO SER COMO TÚ, PAPI”

Mi hijo un día de repente ingreso en la universidad, sin apenas darme cuenta de que había dejado de ser un niño, todo un hombre. Pensé cuando él había alcanzado la mayoría de edad.

Ahora me vienen los recuerdos de las conversaciones que por aquel entonces intentaba mantener con él, como queriendo recuperar el tiempo perdido el que no supe darle cuando aún era un niño, siempre escondiéndome, no intencionadamente, detrás de mi trabajo y de mis obligaciones como profesional independiente, solo era yo, los míos estaban ahí como simples agregados, lo cual me paso factura, pero… esa es otra historia de mi pasado… El caso es que él ya no preguntaba, ni insistía en que le prestase atención, ahora solo pedía.

-¡Hijo estoy orgulloso de ti, siéntate y hablemos un poco de ti….

-Hoy no Papa, tengo compromisos, dame algo de dinero que voy a salir con los amigos a dar una vuelta.

-Siempre lo mismo solo estoy aquí para darte dinero,-le decía cada vez que me lo pedía-te crees que no me cuesta….

-Vale Papa, ya lo sé Papa, no Papa…

Respondía entre sonrisas de…

Ya me retire y mi hijo vive en otro lugar… Hoy lo llamé, y…

-¡Hola hijo, me gustaría verte!-…

-Me encantaría Padre, pero es que no tengo tiempo… tú sabes, mi trabajo, las amistades, los compromisos… Pero gracias por llamarme, fue hermoso oír tu voz”…

Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo… “ERA COMO YO”.

RECUERDOS DE UN AMOR IMPOSIBLE

Al despertar solo tenía en mente una cosa… encontrarme contigo… sin importar que sucediera yo quería verte. Y tomé una decisión de la cual no me arrepiento pues no importaba lo que ocurriera yo necesitaba verte.

Al dar vuelta en la esquina de la iglesia, reaccioné ¿Qué hago aquí?… Pero estaba tan cerca que no pude dar la vuelta y regresar… A pesar de que no estabas, algo me detenía a esperarte… si fuera necesario toda una vida.

De pronto apareciste… mi corazón palpitó como nunca, al llegar contigo y estrechar tu mano yo temblaba y no sabía que decir y solo me dediqué a observarte y sonreír…

En ese instante nos dijimos tantas cosas sin pronunciar palabra, solo bastó una mirada, una simple y sencilla mirada… Mientras continuabas con tu clase yo te observaba… y aún en silencio me seguía preguntando ¿Qué hago aquí?… porque era tan estúpido al estar otra vez aquí… ¿Qué buscaba?… y no tardé mucho para darme cuenta una vez más que ella no era para mí…

Todo comenzó así… Con el pretexto de prestarme un libro.

Un escritorio, un librero, un refrigerador y un montón de trofeos sucios y viejos contenían aquella pequeña habitación… Por su aspecto parecía como si nadie en mucho tiempo visitaba aquel lugar. Ella tomó dos pequeños libros ya viejos color azul y se ofreció a prestarme el que yo eligiera.

No sé si fue la ocasión o el momento el que me llevó a escoger el que estaba titulado “Que no caigan las tinieblas”…

Ella por su parte tomó el otro y comenzó a leer la introducción… no sé si fue un pretexto para entablar una conversación o buscaba un fin al explicarme aquel texto, lo importante fue que rompió con aquel incomodo silencio…

Aquel era un texto que hablaba de la identidad y la realidad. Me explicó como las personas siempre pretenden ser otras para poder sobrevivir y las cuales no revelan sus verdaderos sentimientos por temor a ser lastimados, que todos llevamos puestos una armadura de acero…y tenía razón…

En todo momento yo solo me dediqué a escucharla y a asentir con la cabeza lo que me decía… Lo cierto era que de tantos libros maltratados y deshechos por el polvo de esa habitación, la casualidad hizo que ella tomara el más apropiado para el momento…

Nos quedamos callados un instante… lado a lado… Mi corazón palpitaba tan fuerte que tenía miedo que lo escuchara…

Pero el silencio se esfumó cuando dijo algo que desde que entré en aquella habitación yo también deseaba….

“Tengo ganas de abrazarte”.

En otro momento me hubiese quedado callado y no hubiera ocurrido nada… pero algo dentro de mi me decía que ya no debería de ser tan callado y temeroso… tomé valor y le pregunté que porque quería hacerlo, solo respondió que era algo que necesitaba…

Al decirme eso era obvio que me estaba pidiendo permiso para hacerlo. Yo tenía que decidir si aguantarme para no hacerme daño y decir que no o decir que si y terminar de destrozar mi corazón…y tenía que tomar una decisión rápido…

Así que me acerqué a ella, la miré, abrí mis brazos y la abracé… nuestro encuentro fue tan emotivo que aún siento su respiración y su corazón junto al mío…

Creo que en ese momento suspiré porque se alejo de mí, me miró y me pidió que no llorara… “esta vez no”

Le dije…. y le hice saber que ahora estaba consciente de las cosas y que me había dado cuenta que no valía la pena llorar por algo perdido e imposible, que en mi cabeza las cosas estaban ya claras, que yo sabía perfectamente que lo nuestro nunca podría ser… y cuando menos lo pensé ella tenía sus manos entre las mías y mi frente unida a la suya…

Un montón de sentimientos pasaron en ese instante… amor, alegría, tristeza, rabia, dolor, rencor… me dijo que iba a continuar y me preguntó que si yo quería seguir… lo único que pude decirle fue que mi cabeza me decía una cosa y mi corazón sentía otra y que si continuaba yo tampoco me detendría… pasaron solo unos segundos antes de que sus manos acariciaran mi rostro y lo tomaran para poner sus labios con los míos…

Fue algo maravilloso… aún siento ese beso…un beso que soñé y anhelé tantas veces… Ese era nuestro momento, un momento que quedaría guardado en mi corazón y en mi memoria para siempre…

Nos alejamos y nos miramos… su rostro denotaba tristeza y sus ojos reflejaban cariño y mucho dolor. Y mientras mis manos seguían unidas a las de ella, me hizo prometerle que guardaría ese momento para siempre, ya que nuestra historia estaba escrita y por desgracia tenía ya un final…

Los dos sabíamos perfectamente como acabaría esa historia y era triste… pues era cierto nuestro amor se estaba escribiendo pero ya tenía un final y no precisamente el más hermoso y bello… sino uno trágico y lleno de dolor… era preciso disfrutar aquel instante como si fuera el último de nuestras vidas y volvió a abrazarme con muchas fuerzas como si quisiese morirse conmigo…

Aun no se cuanto duramos así, pero hubiese querido estar así toda la vida…

Pronto llegó la hora de despedirnos y yo de dejarla ir… sonó el teléfono y se fue…yo no sé si era el final de ese día o el comienzo de otro…

Pero qué más da si los dos sabíamos cómo sería al final…

LA INGENUIDAD DE UN NIÑO

Yo era todavía un niño chico. Y entre las muchas cosas que había en casa de mis padres que me deslumbraban (mas adelante relataré alguna anécdota con alguna de ellas) estaba el viejo teléfono, de la época, de los sesenta, que era una antigua caja de madera colgada en la pared, con el auricular suspendido a su costado.

En mi memoria tengo el recuerdo, como si fuese aquel mismo instante, que lo que más me intrigaba, yo creía entonces, que en su interior vivía un pequeño genio, muy inteligente y amable que sabia todas las cosas; la hora que era, el tiempo que haría al otro día, el horario de los trenes en los que viajaba mi padre, los números de teléfono de los amigos de mis padres y de mi colegio, y su amabilidad para decir todo lo que mis papas deseaban comunicar a sus amigos y a mis tíos .

Ardía en deseos de conocer el nombre de se mago chiquito que estaba dentro de la caja de madera, así que un día me puse a escuchar todo lo que mi madre le contaba, hasta que descubrí que ella lo llamaba “sidigameporfavor”.

Siempre, incluso ahora, he creído que las cosas mágicas tenían y tienen nombres largos, como “abracadabra””notabilísimo””saxofonista”….

Mi primer contacto con “sidigameporfavor”se produjo un veintidós de Diciembre, un día que no olvidare nunca, cuando mi madre se fue a visitar a una vecina, a contarle lo que por la mañana había dicho la otra caja mágica que había en mi casa, “la radio”, pero esa caja es otro recuerdo para mas adelante, bueno como decía cuando mi madre me dejo solo en casa con la tata Felisa,

El tata era la señora que había criado a mi madre y que estaba en casa para ayudarla y cuidarme a mí y mis hermanos. Yo aproveche para bajar al sótano, sin que se enterase la tata que estaba en el jardín protegiendo con un plástico las flores de mi madre, ya que anunciaban nieves para ese día y el frio ya se colaba por las rendijas. Como decía baje al sótano en donde mi padre tenía un tallercito casero, su refugio como él le llamaba, me puse a golpear con el martillo hasta que me di tal martillazo en un dedo que este se hincho hasta ponerse como una morcilla de las que hacia mi madre y el tata.

No ganaba nada con gritar como un loco, pues en la casa no había nadie para escucharme.

Pero entonces… qué maravilla!!! Me acordé del genio “sidigameporfavor”. Subí tan rápido como pude, descolgué el teléfono y le hablé:

-“sidigameporfavor”-. En efecto, él estaba allí. Y además tenía una suave voz de mujer. Tal vez en vez de un genio era una duende…pensé para mí.

En cuanto la duende me respondió, y ya que había alguien para escucharme, me puse a llorar con todas las ganas, y como pude le conté lo que me pasaba.

 -“Estaba sólo en la casa, y me había golpeado un dedo, y… “sidigameporfavor” me preguntó

-“¿Puedes alcanzar en la nevera los cubitos de hielo?”.

Le dije

-“sí, puedo”. Conteste con mi voz llorosa.

 Y me explicó que los aflojara bajo el chorro de agua, que sacara uno y me lo pusiera sobre el dedo. Eso me hizo mucho bien y pensé que tal vez “sidigameporfavor” había hecho un poco de magia para ayudarme.
Desde entonces yo llamaba en secreto a “sidigameporfavor” para consultarla por todo: “¿Cómo se deletrea y se escribe: “fijar?”. “¿Cómo se calcula el área de un cuadrado?”. “¿Cuál es la capital de Bélgica?”.  Y en seguida,”sidigameporfavor” me decía todo, con una paciencia extraordinaria y me lo repetía si era necesario.
Pero creo que la ayuda más grande que “sidigameporfavor” me dio, fue un día cuando mi adorado canario apareció muerto en su jaula. Eso me dolió mucho más que el martillazo en el dedo. Llamé a “sidigameporfavorr” y le conté mi profunda tristeza. -“¿Puede usted explicarme, – le pregunté- cómo es posible que un pobre pajarito que pasa el día cantando para alegrarnos a todos, termine un día caído sin poder moverse, en el piso de su jaula?”.

Pensó un momento, y luego me dijo:

-Tú sabes, hay otros mundos adonde ir a cantar…

Aquellas palabras me consolaron porque imaginé al pajarito feliz, cantando en otro mundo, tal vez más lindo que el nuestro.
Un día, cuando ya habíamos hablado algunas veces más, me preguntó mi nombre. Yo le dije

-Miguel.

Y ella me dijo

-Me puedes llamar Amanda.
Algunas semanas más tarde, mi padre fue trasladado a causa de su trabajo y fuimos a vivir bastante lejos del pueblo en donde telefoneaba a Amanda.
En la nueva ciudad, cuando llamaba por teléfono a “sidigameporfavor”, me contestaba alguien que no era Amanda y a Amanda nadie la conocía.
Tuve una gran pena…
Luego crecí, y me enseñaron cómo funcionan los teléfonos y aprendí que los genios no existían. Entonces tuve más deseos de conocer a esa segunda mamá que era Amanda.
Un día, siendo ya un joven empleado, tuve que hacer un viaje en avión y descender en tránsito cerca de mi antiguo pueblo natal. Tenía media hora entre dos aviones. Así que fui al teléfono público, llamé y pedí a Amanda. Cuando ella me respondió, le pregunté:

-Amanda, podrías decirme… ¿Cómo se deletrea “fijar?.

Pensó un momento y me respondió:

-Espero que tu dedo ande un poco mejor.

Y entonces los dos estallamos en una carcajada simultánea.
Le conté mi nueva vida, mi empleo, y le agradecí todo lo que había hecho por mí siendo niño. Le dije todo lo que ella había significado en mi vida. Pero entonces fue ella la que me dijo:

-Soy yo la que te debe mucho. No puedes imaginarlo: siempre soñé con tener un hijo, pero no lo tuve; y tú llenaste de manera formidable ese vacío…

Cuando nos despedimos le prometí llamarla cuando volviera, pues seguramente tendría que hacer un viaje similar algunas semanas después y podría ir a conocerla.

Pasó un tiempo y el nuevo viaje se produjo. Entre el cambio de aviones llamé a la central telefónica.

-Amanda, por favor.

-¿Es usted un pariente de Amanda? – contestó otra telefonista.
-No, pero somos viejos amigos, dígale que es Miguel”.
-Señor, -me respondió la telefonista- lamento tanto darle esta mala noticia, pero Amanda falleció hace 15 días. Últimamente estaba muy enferma y trabajaba solo medio tiempo, hasta que la perdimos. Todos la extrañamos tanto… Pero, espere un poco… ¿Usted me dijo que se llama Miguel?”.
-Si, señora, Miguel…
-¡Ah!, Amanda me dejó antes de abandonar el trabajo una notita para usted. Espere… ¡aquí está! Ella me dijo que usted comprendería, la nota dice: “Miguel, hay otros mundos a donde ir a cantar”. ¿Usted puede comprender?
-Sí señora, -pude apenas articular- comprendo… muchas, muchas gracias y adiós.

Faltaban unos minutos para la partida del avión. De vuelta hacia la puerta de embarque me di cuenta que tenía los ojos húmedos…

SIN RETORNO

Escondíase el sol bajo el mar cuando Fernando, novela en mano, por fin pudo sentarse con relativa comodidad en su sillón predilecto, ese que miraba por la ventana hacia el jardín y la playa, entre lustradas repisas, persianas blancas, tapices, alfombras importadas, y lo más importante, cobijado por aquella paz que solía serle tan esquiva. Se movió hasta encontrar la postura perfecta, la que no le perturbaría la lectura con calambres, roces o cualquier otra clase de caprichos de un cansado cuerpo en contacto con el tapiz. Era necesario estar cómodo para leer, para poder internarse verdaderamente en las líneas de su novela, para poder vivir la tinta de aquellas páginas como si fuera su vida misma. Además, para Fernando era necesaria una tranquilidad casi utópica para que las páginas de su novela no avanzaran en vano, para sentir que sábado y domingo habían llegado al fin y al cabo, para convencerse de que estaba en su casa en la playa, y que la oficina, la ciudad, el ruido, las interrupciones y el resto del mundo habían quedado atrás, transformándolo en una isla solitaria hasta el próximo lunes.Ya instalado, tomó sus anteojos y abrió la novela, como quien respira luego de haber estado varios segundos bajo el agua. Abrió la novela y la miró con detenimiento. Examinó las letras impresas, palpó la calidad del papel, sintió el olor del empaste, y el correr de sus dedos ágiles por sobre el borde de las primeras páginas, las inútiles páginas de datos, de editorial, de comentarios extensos, de nulo interés para el lector, hasta llegar al comienzo del primer capítulo. Sus ojos se movieron por las primeras líneas, torpes y oxidados. Leyó la primera página sin convencerse mucho de la historia, o de lo que a esas alturas podía asomarse de ella. Leyó las siguientes dos o tres páginas con igual conclusión.

–Otra de esas novelas descriptivas que pueden gastar un capítulo entero en el retrato de la oreja izquierda del protagonista sin sentir algo de compasión por el lector –se dijo mientras avanzaba a la página siguiente.

Impaciente, su frágil atención se desvió hacia los lejanos ruidos de la casa, ruidos que eran sofocados en gran medida por las murallas y puertas, pero que aún se mantenían perceptibles para el oído atentísimo del lector que no encuentra el hilo de una narración. Podía escuchar a su señora hablar por teléfono, a su hijo Pablo jugar a la pelota en el jardín, a la empleada preparar la comida para la noche, y sin ir más lejos, podía escuchar a su propio cuerpo modular los sonidos propios de la respiración y otros de procedencia menos ortodoxa.Decidió volver a centrarse en lo que verdaderamente le importaba: saberse absorto en un vertiginoso relato que por lo usual era mucho más interesante que el que podría contarse de su propia vida.

Se lanzó esta vez, un poco más decidido hacia la lectura, y le pareció que las páginas comenzaban a correr con mayor velocidad, la pareció sentir cómo su ambiente atenuaba sus estímulos, casi acercándose a su ansiada extinción.

–Desaparece mundo, vuela lejos. – dijo, tratando de emular en algo a las metáforas y expresiones que acababa de leer. Lógicamente, no se permitía más que un par de segundos para hacer estas apreciaciones complacientes, no fuera a ser que perdiera el hilo de la historia.Su mirada se había perdido, su rostro palidecía, Fernando desaparecía de la habitación y se adentraba en dimensiones menos sosas y predecibles.

Fernando volaba. Fernando se balanceaba plácido entre palabras bien escogidas, expresiones perfectamente acabadas, páginas agotadoras y algún respiro. No había tiempo. Fernando era inmaterial, inalcanzable, omnisciente, ¡sabía tanto más que el pobre protagonista de aquella historia! Le habría gustado detener la novela, hablar unos segundos con él, para ayudarlo, para evitar alguna encrucijada, algún paso irreversible para este. Fernando comprendía la historia tanto mejor que el escritor, no, Fernando era el escritor, mejor aún, Fernando era dios.

– ¡Fernando se enfría la comida! –se escuchó una voz gritar desde el otro lado de la casa. Súbitamente volvió a la habitación, y sintió cómo su atención se enfriaba de un solo golpe. De mala gana respondió:

–Guárdenme comida que ahora estoy ocupado. Poco le importaba si su excusa sería aceptada por el resto del clan familiar, lo suyo era tanto más importante. Debía volver. Tomó un respiro, y emprendió nuevamente la lectura, sin antes contemplar complacido la cantidad de páginas que había devorado en ese rato. Esta vez retornó al universo de las letras mucho más rápido que cuando había empezado la lectura, y en cosa de minutos se vio a un Fernando dividido en cuerpo y alma: el cuerpo, añejo y sudoroso, atado al sillón, a la casa, a su familia, al trabajo, a la vida que él mismo había elegido y soñado; y el alma volando alto por los vaivenes emocionales del protagonista, sus aventuras y desventuras, su tiempo eterno, su aire inagotable, su fin de semana de días que no pasaban. Fernando estaba tan absorto en su lectura que no se percató de la visita de su hijo menor a su santuario de libros, repisas, sillón y viaje. Un Pablo, quién no tendría más de cinco años, miraba a su padre sin entender qué le sucedía, acaso este jugaba a contener la respiración, jugaba a hacerse el muerto, acaso había muerto realmente. Se oyó en la pieza su voz infantil, temblorosa, casi quebrada:

– ¿Papá?… ¿Qué haces?… ¿Estás bien?… ¿Papá? Fernando se contuvo ante esta segunda misiva del mundo real, el que parecía no tolerar que su gente se fuera a otras dimensiones así como si nada.

– ¡Papá! ¿Qué haces? –dijo Pablo, con una voz tanto menos tierna que antes.

– ¿Qué pasa hijo? ¿Que no ves que estoy ocupado? – dijo Fernando, con la voz más elevada de lo que le habría gustado.

– Eh…nada…yo quería…yo quería saludarte. –respondió Pablo.

– Está bien hijo, dame un beso y anda a la cama, que ya es tarde –sentenció Fernando. Su libro lo seducía de vuelta a sus páginas, y si bien no era tan tarde, era hora suficiente como para que el pequeño Pablo no armara un escándalo por la orden. Pablo no se movió y se quedó observando cómo su padre volvía a leer, y se extrañó que el color de su piel se diluyera a medida que pasaban los segundos. Pablo sólo lo miraba, sin entender un ápice de lo que sucedía. Fernando, quien no había podido concentrarse del todo debido a este ente extraño al santuario, que lo perturbaba, se detuvo.

–Pablo, ¿no te dije que fueras a la cama? –dijo Fernando.

–Quería saber qué haces –respondió el pequeño.

–Leo Pablo, luego podrás hacerlo tú también, cuando te lo enseñen en el colegio.Pablo no respondió, a lo que su padre decidió volver a la lectura. Sentía cómo una droga recorría sus venas, esta historia que lo absorbía y lo abstraía por completo.Pablo, en su ingenuidad, dejó pasar algunos minutos antes de volver a hablarle a su papá, mientras lo contemplaba.

–¿Qué significa “leo”? –dijo el niño, destrozando nuevamente la concentración de su papá.A lo que Fernando ya fastidiado en demasía por las interrupciones le respondió con brusquedad:

–Leo, viene del verbo leer, que es una forma de olvidarse del mundo que suele molestarnos e interrumpirnos (mira de reojo a Matías), y esto se hace tomando un libro y mirando y entendiendo lo que dicen sus palabras. Casi siempre funciona. Ahora por favor, ándate y acuéstate o llamaré a tu mamá. Fernando dudó sobre si había hecho bien en hablarle así a Matías, pero al ver que este dejaba la habitación se sintió satisfecho y se olvidó del asunto. El niño, quién pareció comprender lo que su padre le quiso decir, lo miró, se detuvo un segundo y salió por la puerta corriendo.–Por fin. –dijo aliviado. Contempló desilusionado las escuálidas páginas que había avanzado en esta última hora de lectura y dudó sobre la calidad de la comprensión que había realizado sobre estas mismas. Decidió volver a leerlas, esta ves con mayor determinación que antes. Necesitaba terminar.

–No me importa perder la cabeza gracias a los libros, es tanto mejor que la realidad.–dijo, acordándose del Quijote.Su mirada se había perdido, su rostro palidecía, Fernando desaparecía de la habitación y se adentraba en dimensiones menos sosas y predecibles. ¡Ojalá no volviera Matías, ni la comida, ni los ruidos de la casa, ni mi malestar estomacal! –pensó. Fernando volaba. Fernando se balanceaba plácido entre palabras perfectamente colocadas, expresiones perfectamente acabadas, páginas agotadoras y algún respiro. No había tiempo. Alguien podría volver para interrumpirlo Ebrio de letras, como estaba, no se percató de la nueva llegada de su pequeño visitante, quién afirmaba un colorido libro con su delicada manito y se plantó frente a él. Fernando había alcanzado su ansiado escape, el esperado éxtasis, su única preocupación era qué sería de él cuando su novela terminara. Qué desgracia más horrible, no podía terminar, no podía volver. Creo que me va a gustar leer. –pensaba  Pablo mientras contemplaba a su padre maravillado. Había entendido y asimilado las palabras que le había dirigido antes. Olvidar. Molestar. Tomar un libro y entender las palabras que están escritas. Leer y viajar. Vuelo.

– ¡Papá, léeme un cuento! –exclamó varias veces Matías mientras le extendía su libro a Fernando.

–¡Papá! ¡Papá!­­ —gritó el niño desesperado al ver que su inanimado padre no pretendía volver.
Las frías manos de Fernando cedieron y la novela y su nuevo personaje cayeron estrepitosos a los pies de Pablo.

SUSURROS DEL PRETÉRITO XI

»Si tú pensabas que era digno de publicarse, él aceptaría tu criterio. Además, me dijo que, si a él le sucediese algo durante ese año, que no le permitiese cumplir con su palabra, su promesa, yo, su compañera, debería entregarte los manuscritos de inmediato y dejar que tú, Nicolás, dispusieras de ellos como mejor creyeses. Bien entendido que si tú decidieses que se publicasen, te tendrías que encargar de todo lo que fuera preciso. Por lo que tú, Nicolás Beltrán, percibirías el veinticinco por ciento de cualquier beneficio que generen sus manuscritos, sin discusión alguna por mi parte ni tampoco por la tuya. Pero si tú, como guardián, albacea y destinatario de sus escritos, pensases que no son apropiados para ver la luz, para ser publicados, deberías devolverme los manuscritos, y, que yo en tu presencia, sin miramiento de ningún tipo por mi parte, debería inmediatamente destruirlos, desde la primera hasta la última página. No debería ni intentar tan siquiera conseguir o buscar una segunda opinión. Estas advertencias le sobresaltaron –dijo Letizia–, estuve a punto de reírme de Pascual por mostrarse tan solemne mientras me lo decía, pero me contuve, pues sus ojos negros me mostraron que estaba hablando en serio.

»Toda esta estrambótica escena era contraria a su carácter, a su forma de ser y proceder. Al menos la que yo conocía. En aquel momento me pregunté, y aún es el día de hoy que me lo preguntó, si no tendría algo que ver todo ello con por el simple hecho de que yo acababa de quedarme embarazada. Quizá la idea de la paternidad le había dado a Pascual una nueva dimensión de la responsabilidad, quizás él estaba tan resuelto a demostrar sus buenas intenciones que había exagerado en el planteamiento. Fuera cual fuere la razón, yo me alegré, en aquel instante, de que hubiera cambiado de idea.

–¿Por qué yo? –le pregunte.

Leticia no contestó a mi pregunta de inmediato. Simplemente se encogió de hombros, con los ojos humedecidos en lágrimas, y con una sonrisa en sus labios, dijo:

–Pues, según Pascual, por tu mente abierta, Nicolás. Por tu falta absoluta de conocimiento de lo que él había estado haciendo y por tu increíble frescura ante lo desconocido, que para nada es sofocante. Por tu mente abierta de analista perspicaz…

–En los días posteriores, y durante semanas, a que Pascual me comunicase su decisión de nombrarte su albacea en relación a sus asuntos más personales, a medida que iba avanzando el embarazo, comencé a soñar secretamente en lo más profundo de mi interior con el éxito de Fonseca, con la esperanza de poder criar al niño al lado de Pascual sin ninguna preocupación, formando una familia unida… Pero, por lo visto, todo ha salido mal, por supuesto, la promesa de Pascual quedó pronto olvidada, perdida en el laberinto del tiempo, de las horas de los días siguientes a su misteriosa y absurda desaparición.

»Tiempo más tarde…, por eso tu presencia en esta casa, cuando he empezado a asumir definitivamente su desaparición, a todas luces incomprensible, sin tener una razón para ello que lo justifique, no me he podido resistir a llevar a cabo las instrucciones que ese día me dio Pascual Fonseca, aún no sé si es lo más acertado. No por ti, Nicolás, sino por miedo a que esta decisión que he tomado me traiga más problemas de los debidos, con las personas de su familia.

»Pero finalmente, como puedes ver, he cedido a su palabra, comprendiendo que debía respetar la voluntad de Pascual. Por eso me he tomado la libertad de escribirte. Ese es el motivo por el cual tú estás ahora sentado frente a mí en ese sillón, que, por cierto, era el preferido de Pascual, espero que no sea una incomodidad para ti, ni que te suponga algún quebradero de cabeza.

–Sé que Pascual Fonseca no ha estado en contacto contigo desde los tiempos de la universidad. No sé el motivo de vuestro distanciamiento, nunca me lo contó –me dijo.

»Pero me hablaba a menudo de su querido amigo Nicolás y cada vez que mencionaba tu nombre, te describía como el mejor amigo del mundo, el único amigo verdadero que él había tenido. También se las había arreglado para estar al tanto de tu vida y milagros. Que te habías casado, que te habías separado, que tenías hijos. Estaba al día de tu familia y, sobre todo de tu trabajo.

»Compraba siempre las revistas en las que aparecían tus artículos y a veces incluso me los leía en voz alta, los recortaba y guardaba en una carpeta que se encuentra en un cajón de la mesa de su escritorio. Admiraba lo que estabas haciendo, estaba orgulloso de ti y pensaba que habías nacido para hacer algo importante dejando tu impronta en ello. Seguramente, exageraba…, sería amor o cariño de amigo, admiración, más bien, diría yo.

»No creo que fuese envidia, no existía esa palabra en su diccionario… ¿Voy a buscarlos para enseñártelos? Vigila al pequeño Benjamín mientras te los traigo

–Está claro –dije–, que tardaré algún tiempo en revisar todo el material que hay aquí.

–No te preocupes, el tiempo que precises para decidir, no tengo prisa –me contestó Letizia–. Lo que realmente siento, de verdad, es tener que cargarte con semejante tarea.

–Puedes estar muy tranquila –le conteste–, comprendo perfectamente que tú no puedas, o no quieras, negarte a cumplir la palabra de tu marido, Pascual. En tal caso, soy yo el único que te puede liberar de ella, negándome a aceptarlo, pero entonces no sería justo con la memoria de mi amigo Pafo, y, de alguna manera, creo que yo se lo debo.

Nos quedamos mirándonos durante unos breves e interminables segundos sin articular palabra alguna. Yo no sabía qué decir, buscaba en mi interior las palabras… El silencio de esos breves segundos se rompió con su voz al decirme:

–Pues bien, que así sea. ¿Te quedas a cenar con Ben y conmigo?

–No, no puede ser esta vez, la próxima cuando haya revisado todo esto. Hoy tengo un compromiso.

Mentí, pues no tenía ningún compromiso. La verdad es que deseaba estar solo con mis recuerdos del pasado y tratando de adelantarme a los acontecimientos del futuro.

–Como quieras, pero que te conste que estás invitado de corazón.

–Ya lo sé, pero no puedo quedarme, de verdad. Cuando haya revisado todo esto, te llamaré para decirte lo que haremos con todo ello, ¿de acuerdo?

Ella asintió con la cabeza mientras su rostro se iluminaba con una sonrisa de satisfacción. Noté como en su interior se sentía de alguna manera aliviada y contenta porque yo hubiese aceptado cumplir con la voluntad de Pascual. Y era lo único que podía hacer por la memoria del hombre al que había amado.

SUSURROS DEL PRETÉRITO X

»Eso fue lo que más me llamó la atención de Pascual. Nuestras habitaciones estaban pegadas una al lado de la otra; al segundo día de nuestra estancia en la residencia, él ya estaba tumbado en mi cama haciéndome todo tipo de preguntas y contándome cosas de la pandilla de amigos de su ciudad natal, sobre todo de Nicolás, su amigo del alma. No te puedo decir el motivo por el que me eligió a mí desde el primer momento para que fuese su amigo, su compañero. Lo desconozco. A partir de entonces, más o menos, fui siempre a remolque de él. Fonseca era un tipo brillante y nada engreído, él había leído y leía más que nadie de todo: poesía, novela de todo tipo, filosofía, historia, los clásicos.

»Era un tío que siempre iba por libre, a su aire, las asignaturas y las clases le aburrían, no le importaban las notas, se presentaba a los exámenes y los sacaba con notables y sobresalientes, pero eso era lo de menos, le daba lo mismo que fuese un diez que un cinco, faltaba mucho a clase y se pasaba las mañanas encerrado en la Biblioteca Universitaria, en Rúa do Franco.

»Fonseca tenía tantas ideas sobre todas las cosas que aprendí más de él que en ninguna de las clases a las que yo asistía. Supongo que para mí fue un caso transcendental de adoración a alguien a quien idolatraba, pero, pese a toda esa devoción, Fonseca me ayudó y mucho, y yo eso no lo he olvidado ni lo olvidaré en mi vida.  Ha sido la persona que realmente me ayudó a pensar por mí mismo, a tomar mis propias decisiones y elecciones. De no ser por Fonseca, estoy totalmente convencido de que nunca habría sido médico. Me pasé a la medicina porque el amigo Pascual Fonseca me convenció de que debía hacer lo que deseaba hacer realmente y no lo que los demás quisieran que hiciese o lo que decidiesen por mí, y es todavía hoy el día en que le estoy tremendamente agradecido por ello. Agradecido porque me enseñó a ver y conocer mi camino interior…

»Hacia la mitad del cuarto año de Fonseca en la Facultad, un día tomando un café me dijo que iba a dejar la facultad. Me sorprendió realmente la seriedad y la seguridad con que me lo dijo. Me dio una serie de explicaciones, familiares y también personales, por las que se sentía inquieto y deseoso de abandonar la universidad. Que me convencieron. Hablé con mi padre, que era el propietario de una naviera por aquel entonces, a través de él, conseguimos hablar con el presidente de la Zona Portuaria de Vigo, y él le consiguió trabajo en un barco. Mi padre le organizó todo muy bien, le ahorró a Fonseca todo el papeleo que precisaba para embarcarse, unas semanas más tarde se fue, sin despedirse tan siquiera, supe de su marcha por mi padre. Me molestó el hecho de que no se hubiese despedido de mí, sin embargo, me alegraba de haber podido hacer algo por él. Supe de Fonseca durante los primeros seis meses de su marcha, a través de postales de un sitio y otro. En ellas me preguntaba por cosas cotidianas, y por cómo me iba la vida por la facultad, como si fuese un día cualquiera…

»Pero luego, más tarde, todos esos buenos sentimientos que yo tenía hacia él me estallaron en la cara, mi héroe de repente se convirtió en un héroe con pies de barro que se rompió en mil pedazos, un día, al caérseme de las manos… –Como nos ha pasado a todos los que de alguna manera lo conocimos más íntimamente–.

»Al año y medio, más o menos, de terminar en la Facultad de Medicina, me casé y nos fuimos de viaje de novios a Nueva York. Un día de los que permanecimos en esa ciudad, andando de la mano de mi esposa por la Quinta Avenida, nos encontramos de frente con Pascual Fonseca, allí mismo, en plena calle de la Quinta Avenida. Fue una auténtica sorpresa. Yo estaba encantado de verlo, y muy sorprendido, la verdad, a la vez que contento de encontrarlo allí después de tanto tiempo, habían pasado casi tres años al menos; le presenté a mi esposa, y lo invitamos a que nos acompañase a comer, con la intención de que hablásemos para ponernos al día de cómo le había ido, pero él se disculpó con que llegaba tarde a no sé qué reunión, apenas me dirigió la palabra, noté que se sentía incómodo con nuestra inesperada presencia. Era como si se hubiera olvidado de mí. Lo encontré en aquel momento tenso, muy rígido, hasta grosero diría. Tuve casi que obligarle a coger mi dirección y mi número de teléfono, es más, se lo metí yo mismo en el bolsillo de su chaqueta. Prometió que me llamaría antes de que nos marchásemos, para pasar un día los dos juntos. Pero, por supuesto nunca lo hizo.

»Me dolió mucho, te lo puedo asegurar. En los días que estuvimos en Nueva York no dejé de darle vueltas ni de preguntarme por su actitud, incluso, en el viaje de regreso mi cabreo me hizo pensar que era un hijo de perra. ¿Quién se creía que era? Ni siquiera me dijo qué hacía, eludió mis preguntas. Adiós a los tiempos de la universidad, pensé. Adiós a la amistad. Me dejó un sabor amargo en la boca.

SECRETOS DEL PRETÉRITO IX

Recuerdo que ese día me encontraba en Valencia, había ido un día antes de lo previsto ya que Letizia precisaba de una documentación para un organismo público, Hacienda, creo. Lo recuerdo porque era el día de mi cumpleaños, cuarenta y siete, para ser exactos. Hacía alrededor de diez meses, más o menos, que conocía a Letizia. Ese día ella insistió en que teníamos que celebrarlo. No sé cómo se enteró de la fecha. Supongo que se la dijo Pascual… Yo era y sigo siendo bastante reacio a todo este tipo de celebraciones, ya que siempre he dado escasa o nula importancia al hecho de cumplir años, pero ella insistió e insistió, como solo las mujeres saben hacer, y de alguna manera el sentido de la ocasión de Letizia acabó por vencer mis reticencias a la celebración.

Me regaló un libro, que descansa en uno de los estantes de mi biblioteca, una cara edición de Brave New World (“maravilloso nuevo mundo”, literalmente) traducido al español como Un mundo feliz, del autor británico, en inglés, Aldoux Huxley. El título del libro tiene su origen en una obra de Shakespeare, concretamente el acto V de La tempestad. Luego me llevó a almorzar a un restaurante de la calle San Vicente, con nombre sugerente, No me toques las palmas que me conozco, con un aire aflamencado, aunque diluido bajo el suave corpiño de Meninas Fallera. La estancia en el restaurante estaba amenizada por la actuación de un cante Flamenco, mientras saboreábamos las bulerías de sabores y colores de la comida que saltaban en los largos platos ovalados. Después del almuerzo con su larga sobremesa, nos fuimos a una representación de teatro en el Centre Teatral de la Generalitat en el que el Ballet Nacional de Cuba representaba El Lago de los Cisnes con la coreografía de Alicia Alonso.

Por vez primera en mi vida, me dejé llevar, no intenté en ningún momento de la tarde-noche explicarme la felicidad que sentía, sin intentar anticiparme a mí mismo o maniobrar de alguna manera más favorable con mis sentimientos. Simplemente, dejé que los mismos fluyesen a su libre albedrío, como mariposas saliendo de su capullo para dar rienda suelta a su libre primer vuelo. Es posible que estuviese empezando a percibir una nueva osadía en Letizia; quizá esa fuese la forma que ella había elegido para hacerme saber que había tomado una decisión firme e irreversible por sí misma, que ya era demasiado tarde para que alguno de los dos se volviera atrás en sus sentimientos… Pero fuese el motivo que fuese para dar aquel paso hacia adelante, lo que sí es cierto es que aquella fue la noche en que todo cambió entre nosotros, la noche en la que ya no nos quedaría duda alguna respecto a lo que íbamos a hacer a partir de entonces, para bien o para mal.

Al término de la representación en el Centre Teatral, regresamos a su casa de Valencia caminando tranquilamente, disfrutando de la leve brisa y del bullicio sonoro de nuestras palabras. Subimos a su piso, sin excusa alguna para no hacerlo. Letizia pagó a una soñolienta canguro que había contratado aquella noche para hacerse cargo del pequeño Benjamín; en cuanto la canguro hubo salido por la puerta, ella me cogió de la mano, tirando levemente de mí, entramos a hurtadillas en la habitación de Benjamín, nos quedamos allí viéndolo dormir en su cunita. Recuerdo claramente que, como si fuese ahora mismo, ninguno de nosotros hizo ademán alguno de decir algo, solo nos miramos, bajo el único sonido que llegaba a nuestros oídos, que no era otro que el leve gorgoteo de la respiración del pequeño Ben. Nos inclinamos sobre los barrotes y estudiamos la forma perfecta de aquel cuerpecito de niño, que se encontraba tumbado boca abajo, con las piernas encogidas, el culito levantado, con dos de sus diminutos deditos metidos en la boca. La escena pareció durar largo tiempo, pero dudo que fuese más de un minuto o dos a lo sumo. Luego, sin previo aviso, ambos nos levantamos, nos volvimos el uno hacia el otro y con titubeantes gestos unimos nuestros labios, comenzando a besarnos con pasión. Me resulta difícil hablar de lo que sucedió después de besarnos con pasión y deseo en el cuarto del pequeño. Lo que sucedió, en realidad, tiene tan poco que ver con las palabras, tan poco, que es del todo inútil tratar de expresarlo. Solo diré, de manera sutil, que estábamos cayendo el uno en el otro, cayendo tan rápido y tan lejos que nada ni nadie podrían pararnos en aquellos momentos de desenfrenado deseo, de cálida pasión.

¡Vale!, ¡vale! De nuevo, recurro a la metáfora para tratar de darle una explicación a lo que sucedió aquella noche. Con total seguridad, el hecho de que pueda o no pueda hablar de lo que sucedió esa noche en el cuarto de ella no va a hacer que cambie ni un ápice la verdad de lo que sucedió. Lo que sí tengo muy claro y certero es que nunca ha habido un beso igual al de ese día, y dudo mucho que vuelva a haber otro igual en el resto de mi vida.

Aquella primera noche, aquellos primeros buenos días, los pasé en la cama de Letizia, abrazado a ella, oliendo su perfume de mujer, y a partir de entonces se me hizo imposible dejarla. Hablamos y hablamos, desnudos sobre la cama, olvidándonos por momentos del porqué. Por primera y única vez, escuché atentamente el relato de Letizia sobre la relación que había mantenido con Pascual, durante aquellos casi tres años, que, por supuesto, no tengo intención de develar, ya que eso solo pertenece a nuestro mundo. Me confesó que Pascual ya había muerto para ella el día en que tuvo a su hijo en brazos por primera vez, aunque no había sabido cómo enterrarlo hasta aquel momento. Ella me preguntó, sin preguntar directamente, solo con el silencio de sus palabras, con su mirada, con sus gestos, si yo estaba dispuesto a ayudarle a enterrarlo o incinerarlo definitivamente. Mientras Letizia hablaba, yo solo la miraba, y con la yema de mis dedos recorría su espalda desnuda lentamente de arriba abajo, tratando de descubrir imperfecciones en su cuerpo perfecto, memorizando las líneas de su cuerpo y el tacto de su piel, mientras las palabras se fueron disolviendo como un terroncillo de azúcar en el interior de una taza de té, abriendo las puertas del deseo. En el vacío espacio de mi disco duro fui almacenando cada mordisco, cada caricia, cada partícula de olor de su cuerpo sobre el mío, cada gemido incontenido en el silencio de aquellas cuatro paredes y cada mirada ávida de un placer extenuante. Me pasé todo aquel fin de semana escondido entre los brazos, las caricias y las miradas furtivas de Letizia.

Estando al lado de Letizia, arropada entre mis brazos entrelazando nuestras manos, entre la bruma del atardecer y la palidez del cielo, veía deslizarse en el umbral de la distancia nuestro futuro.

SECRETOS DEL PRETERITO VIII

Siempre me he preguntado por los motivos por los que vosotros dos os distanciasteis de la manera en que lo hicisteis… Erais como hermanos, siempre estabais o ibais juntos a todos los sitios. Cuando le preguntaba a Pascual por el motivo de ese distanciamiento, siempre me contestaba con evasivas o alguna disculpa de las que él daba. Lo cierto es que, desde que os marchasteis a la universidad, cambiasteis en el primer año de esta, aquel verano ya no fue como habían sido los anteriores… Es que os distanciasteis de tal manera que era como si no os conocieseis de nada. No queríais saber el uno del otro… Ya sé que, según tú, tampoco lo sabes, porque ya, lo hemos hablado de ello, y, seguramente, si lo sabes no se lo dirías a esta vieja amargada… Aunque creo que tenia que ver con aquella muchacha…, cómo se llamaba… Carmen. Eso Carmencita, la de los Suárez Peña.

»Te voy a confesar una cosa: el día que Letizia me llamó para preguntarme por ti, Nicolás, para que le facilitase tu dirección, pues quería ponerse en contacto contigo porque Pascual le habida dejado unos papeles o documentos para ti, Nicolás, que era necesario entregártelos, me sorprendí mucho al escuchar a su esposa que Pascual había dejado unos papeles para su amigo Nicolás Beltrán, ya que a mí no me constaba que vosotros habíais vuelto a veros, como así era, y más si cabe, cuando más tarde me enteré, y no por ella o por ti, de que te había dejado todos esos escritos para que tú los publicases en su nombre… La verdad es que eras la última persona a la que yo esperaba que Pascual le dejase algo después de veinte años sin haberos visto ni hablado… Tiene gracia. Mira cómo ha terminado todo… Fíjate bien que, después, de que Letizia me llamase para comunicarme que te había localizado y que te habías puesto en contacto con ella, llegué a pensar por un instante si todo ello no sería una “broma” de las de mi Pascual, “una de sus oscuras gracietas”. Como si quisiera vengarse de ti por algo, ya que él es de esos que no perdona a quien cree que le ha gastado una jugarreta, no le importaba el tiempo que necesitase para hacerlo, el caso era que tenía que hacerlo… Siempre ha habido alguien de quien tenía que vengarse. ¿No es así? Pues en su complicada mente solo tenia cabida lo negro o lo blanco…

¡Queee! –digo sorprendido–. Beatriz, todo eso no es más que un hatajo de tonterías. ¿Cómo puedes pensar eso de tu hijo?… Pascual no era de esos.

Sé cuánto lo querías, cómo os queríais los dos, cuánto lo admirabas y cuánto te admiraba él a ti. A mi no me engañabais… Pero te confesaré algo que no sabes, querido. Él no valía ni la mitad de lo que tú vales. Tú eres frío, tranquilo, paciente y reflexivo. Él sin embargo, era desconfiado, callado, retraído, irritable, estaba muerto por dentro, y estoy totalmente convencida de que nunca quiso realmente a nadie, ni a él mismo tan siquiera por una sola vez, nunca en su vida. Cuando erais pequeños y os veía desde la ventana, a ti y a tu madre, al otro lado del jardín cómo corrías hacia ella para echarte en sus brazos agarrándote a su cuello, cómo dejabas que te besara, allí mismo, delante de mis narices, veía todo lo que yo no tenía con mi hijo. Él no dejaba que ni tan siquiera lo tocara. A partir de los seis u ocho años se retraía cada vez que me acercaba a él. ¿Cómo te crees que se puede sentir una mujer cuando su propio hijo siente un incomprensible desprecio hacia ella? Por aquel entonces…, era tan condenadamente joven entonces… Tenía apenas veintipocos años cuando él vino al mundo. Te puedes imaginar lo que siente una madre joven al ser rechazada así por su hijo…

Te puedo asegurar, Beatriz, que Pascual te quería y te apreciaba mucho, más de lo que tú crees. Eso te lo aseguro, porque lo sé de buena tinta.

No te estoy diciendo que fuera una mala persona. Simplemente mi hijo no era más que un ser aislado, solitario, un niño como si no tuviera unos padres. Nada de lo que yo o su padre le decíamos le afectaba lo más mínimo. Siempre se negaba a aprender algo de nosotros. Su padre lo intentó una y otra vez, pero nunca pudo comunicarse con él. Solo cuando su padre enfermó… mi pobre Alberto, que diría… Pascual se acercó a su padre, pero creo que más por obligación que por el cariño que podía sentir hacia él. Uno no puede ordenar a un niño que te quiera solo porque sea tu hijo. Si bien es cierto que no se puede castigar a alguien por una falta de cariño.

Beatriz, te equivocas si crees que no sentía cariño por ti… por su padre…

Beatriz, sonrió levemente ante mi comentario, mientras en sus ojos hacían su aparición unas lágrimas rebeldes que se resisten a salir.

Por supuesto que teníamos a la pequeña Pe, mi pobre y torturada niña Penélope. Los dos sabemos de sobra que él era bueno con ella, demasiado bueno incluso, pero eso no la benefició en nada…; en eso el tiempo me ha dado la razón. Con el tiempo he llegado a pensar, incluso, que él lo que hizo con su hermana no fue más que un auténtico lavado de cerebro. La hizo tan dependiente de él que ella empezó a consultar todo a su hermano antes de acudir a nosotros. Solo él era quien la entendía, él era quien le podía aconsejar, él era el que podía resolver sus problemas. Su padre y yo no éramos más que unos simples extras en la película de sus vidas. No existíamos para ellos nada más que para que les pusiésemos la comida en la mesa. Penélope confiaba tanto en su hermano que al final le entregó su alma. No estoy diciendo que él supiera lo que hacía, pero lo que sí tengo claro es que yo ahora tengo que vivir con los resultados de sus consejos. La nena tiene treinta y tres años, y camina como alma en pena por el mundo desde que su hermano ha decidido irse. La pobre está tan confundida, diría que hasta esta tan aterrada… que tengo miedo de que un día cualquiera haga una locura, como la que hizo su hermano. Me llama por teléfono todas las semanas, para martirizarme con sus palabras mientras me reprocha lo que le he hecho a ella…, a su hermano, que no merezco ser madre, y otra serie de cosas que no merece la pena repetir… Treinta veces… Ay Dios mío… No te puedes ni imaginar, ni por lo más remoto, el dolor que suponen esas llamadas para mí… Creemos que conocemos a nuestros hijos, pero la realidad es que no los conocemos.

Cogí sus manos entre las mías, sin decir nada, las acaricié con suavidad a la vez que deposité un beso sobre ellas. Ella lanzó un suspiro que le salió de lo más profundo de su alma. Y continuó hablando:

–Te voy a decir algo que tú no sabes. Ni te lo imaginas. Penélope quería muchísimo a su hermano, él era como un dios para ella, y estaba locamente enamorada de ti, como Pascual, bebía cada una de tus palabras, de tus gestos. Sí, se lo que me digo, no me mires así. ¿Quieres saber la verdadera razón por la que Pascual nunca llegase a publicar sus trabajos?

»Soy totalmente consciente de que mi hijo Pascual es un hombre complicado, extraño con sus relaciones. Tú lo sabes bien…, creo que la razón de que no publicase sus libros no ha sido nada más que Penélope, su hermana…

»Sí, como te lo digo, Penélope ha sido la razón, ya que ella quería que los publicase contigo. No porque yo lo piense…, no señor, sino porque él mismo me lo confeso, unos pocos días antes de que desapareciese. Sabías que Penélope se fue a estudiar a Madrid, para estar cerca de ti, y además se hizo amiga de tu novia Carmencita, tampoco sabes que abandonó la universidad cuando tú decidiste marcharte a América, durante un año.

Me sorprendí ante tal afirmación tan rotunda… Beatriz hizo un gesto con su mano para la dejase continuar hablando.

–Tú ya sabías que Pascual por aquel entonces escribía poesía porque había empezado a hacerlo cuando estabais en el colegio San José, tú eras su inspiración, al único que en aquellos años le dejaba leer alguna de ellas, ¿verdad? ¿Te creías que no estaba enterada?

»Pero de lo que seguramente no éstas enterado es que, desde que Pascual se fue a la universidad, una vez al mes le ha estado mandando una libreta escrita llena de poemas, escritos, confesiones a su hermana Penélope. Incluso cuando le dio la locura de abandonar la universidad para recorrer el mundo. Que, dicho sea de paso, a ella la serenaban y conseguían que fuese una persona más sensible durante unos días, menos arisca de lo habitual. La última de dichas libretas la recibió un mes después de su desaparición, con una carta larga de despedida, en la que le comunicaba que iba a emprender un largo viaje, con lo que ya no le podría mandar más libretas escritas llenas de palabras, y que él la seguiría guiando en su caminar…

»Esto lo sé porque esas libretas y cartas siempre han estado llegando a casa, y yo se las hacía llegar a Penélope donde ella me indicaba, ya que ella, como sabes, siempre ha estado interna en colegios cuando era niña y después ha estado estudiando primero en Madrid y después en el extranjero. Gracias a mi hermano, que se empeñó en ello… Muchas de ellas ni se las enviaba, se quedaban en casa hasta que Pe, volvía a casa, entonces se encerraba en su cuarto a leerlos… Penélope, mi pobrecita e ingenua nena, se pasaba horas y horas recluida descodificándolos, actuando de un modo como si su vida dependiera de ello, tratando cada frase de esos escritos como mensajes secretos, profecías escritas únicamente para ella…

»A partir de ese mismo día, Penélope empezó a ir en una cuesta abajo sin retorno, y al final he terminado por perderla definitivamente, también a ella. Ese día fue cuando comprendí que probablemente no volvería a ver en vida, a Pascual. Pero yo no pierdo la esperanza de que un día antes de irme de este mundo lo vea aparecer en mi puerta, por lo que le tengo la habitación dispuesta para ello y, si no ocurre así, sus cosas personales seguirán esperando a que él llegue para recordarle su pasado.

–Cómo, cómo…,que le ha escrito…¿Cuándo?…Penélope, dónde se encuentra…

Beatriz puso los dedos de su mano sobre mis labios para que no continuase hablando.

–Cuando leas esos cuadernillos, a lo mejor tú que lo conocías tan bien, puedes hallar en ellos el porqué de lo que hizo. Te advierto que esos escritos, que ahora tienes en esas cajas, que no son todos ya que hay varios que los tiene Penélope, son casi imposibles de entender…, cómo te lo diría…

»Son tremendamente apasionados, llenos de remordimientos, de perdones sin perdón. Como seguramente te imaginarás, ya que conoces algunos de sus escritos, están llenos de vehementes regañinas e incitaciones, pero son de tal oscuridad que una piensa que están escritos en clave.

»Aunque yo siempre he tenido la sospecha de que dichos escritos no iban dirigidos a su hermana, sino más bien a otra persona. Pensarás que es una tontería de madre, pero siempre he creído, leyendo esos cuadernos escritos, que Pascual estaba perdidamente enamorado de una misteriosa persona. Hubo un momento en que llegué a pensar, cuando me comunico que se iba a casar, que esa persona era su esposa, pero, con el tiempo y cuando la conocí, me di cuenta de que no era la persona a la que se refería en ellos. A lo mejor tú, Nicolás, sabes quién es, y a quién van dirigidos esos escritos. Lo que sí tengo claro, después de haberlos leído, es que esa persona no es Penélope…

»Creo que él le enviaba esos escritos y poemas a su hermana como si quien realmente fuese a recibirlos y leerlos fuese esa misteriosa persona por la que languidecía de alguna manera, y que Penélope sabía de quien se trataba… No sé por qué nunca le pregunté a ella por ello… Quizás por miedo.

Beatriz guardó silencio, entrecerrado los ojos y reclinando la barbilla sobre su pecho.

Yo no podía articular palabra, mi mente estaba atrapada tratando de asimilar lo que ella me acababa de decir. Nos miramos durante unos breves minutos, que ella rompió para continuar hablando:

–Como tú ya sabes, Penélope, desde los trece años, ha estado internada en colegios de mojas, una decisión que tomé aconsejada por mi hermano, su tío, el cual se convirtió en su tutor. Yo no estaba en condiciones de educarla, ya que nos afectó mucho a todos la muerte de Alberto, su padre. Ese imprevisto acontecimiento, desgraciado, nos perturbó la vida y a ella la desquició encerrándose en sí misma y viendo cosas raras por casa. Esa fue una de las razones por las que me deshice de la casa donde habían nacido mis hijos. 

–No quiero insinuar con lo que estoy diciendo que su hermano fuera el responsable de lo que le ocurría a Penélope. Pero, con razón o sin ella, él siempre se culpó a sí mismo de lo que le pasaba a su hermana. Pascual nuca supo encajar la situación de su hermana y que fuese educada por su tío… Yo creo que en ese momento Pascual se hizo el juramento de que él nunca daría a conocer al mundo lo que sentía, con sus escritos. Y Pascual cuando algo se le mete en la cabeza, no lo cambia por nada ni por nadie, aunque esté equivocado… Creo que fue una especie de penitencia, la cual ha mantenido durante el resto de su vida… La mantiene de aquella manera obstinada, diría hasta brutal, tan característica de él, hasta el final… Has tenido que aparecer tú para hacer lo que él no quiso hacer.

»Aunque, en lo más profundo de mi ser, pienso que, y estoy plenamente convencida, que decidió dejarte a ti sus escritos, creyendo que tú no los ibas a dar a conocer, que no los publicarías, te los dejó para que fueses el guardián de ellos, de alguna manera, de sus sentimientos, de sus secretos… ¿Sabes qué?… Que yo me alegro de que hayas decidido no seguir su deseo. De que hayas desobedecido su obstinación.

–Yo solo lo he hecho porque creo que lo que en ellos hay es muy bueno, y el mundo debe conocer lo que en ellos se encierra. Y, para que todos conociesen el gran valor de mi amigo, es la forma que mejor he hallado haciéndole un homenaje por dejarme ser su amigo y poder compartir y disfrutar de su amistad.

Beatriz cogió mi mano arrimándola contra las suyas, mientras unas lágrimas corrían por sus mejillas. Con su mano derecha se secó esas lágrimas rebeldes y dijo:

–Unos dos meses después de uno de los incidentes de Penélope con las mojas de la residencia, la expulsaron… No recuerdo el motivo… Recibí una carta de Pascual informándome de que había dejado la universidad. No me pedía consejo, no te vayas a creer, cómo iba a pedir él, Pascual Fonseca, consejo alguno. En ella solo me comunicaba lo que ya había hecho. “Querida madre”, empezaba diciendo, ya sabes cómo era Pascual con la retórica grandilocuente a la que nos tenía acostumbrados para decir las cosas importantes, todo muy noble e imponente, “dejo la universidad para librarte de la carga económica de mantenerme, una cosa y otra”, etcétera, etcétera.

Extrajo un pitillo de Winston del paquete que tenía sobre la mesa, poniéndoselo entre sus labios, lo encendió dando una larga calada, expulsó el humo y continuó hablando. Mientras, yo esperaba a que continuase contándome lo que le había sucedido a Pascual para tener que abandonar la facultad.

–Cuando recibí aquella puñetera carta, y la hube leído, no salí de mi asombro desde el primer momento en que me iba dando cuenta del sentido que tenían aquellas palabras, me puse furiosa, enrabietada. Un muchacho como él arrojando sus estudios por la ventana, su vida por el retrete, tirando después de la cadena para que se fuese por el desagüe, sin ningún motivo real aparente para tomar esa decisión, solo una excusa peregrina de las de Pascual, ya que económicamente su padre nos había dejado bien. Teníamos lo suficiente para vivir los tres sin excesivos problemas. Era todo un acto de endiablado sabotaje, yo me encontraba atada y no podía hacer nada al respecto. Hablé con tus padres para que me ayudasen a tratar de convencerlo de que no dejase la universidad…; a tu padre siempre le había tenido respeto, solía hacerle caso. Pero fue demasiado tarde ya, pues él ya había abandonado de la universidad, según pudo averiguar tu padre cuando se desplazó a Santiago para tratar de hablar con Pascual.

»Si quieres, él te lo puede confirmar. A través del padre de un compañero suyo de la universidad, consiguió los papeles que necesitaba para poder embarcarse en un barco mercante con destino a Argentina…, creo. Tu padre habló con el padre de ese compañero, que parece sé que tenía una naviera, para ver si había alguna posibilidad de que regresara. Pero fue toda una pérdida de tiempo, él se negó, y además ya estaba en la mar cuando habló con él. No sé lo que tu padre y él hablaron, ni tan siquiera la certeza de si llegó a hablar realmente. Lo único cierto que sé es que no lo volví a ver hasta cinco años después.

»Cuando la carta me llegó, él ya estaba en algún lugar, y eso fue todo en su primera desaparición o huida. Creo que mi hijo siempre ha estado huyendo de algo o de alguien.

–¿Pascual no volvió a escribirles más, desde entonces?

–Sí, claro que sí. Ya te lo he dicho. Más o menos, cada mes llegaba una carta o una postal para Penélope, claro. Pues a mí nunca me envió una carta para decirme cómo estaba o dónde estaba, las tres o cuatro cartas que me envió eran para comunicarme alguna noticia que me levantaba dolor de cabeza. Pero nunca traían remite, solo un matasellos que nos indicaba dónde había estado: Buenos Aires, Ámsterdam, Londres, París, el sur de Francia. Dios sabe dónde andaba ese muchacho. Siempre procuró asegurarse de que no tuviésemos manera alguna de ponernos en contacto con él. Incluso después de que lo viésemos, después de esos cuatro o cinco años, estuvo con nosotras un par de meses más o menos, y un día de buenas a primeras dijo que se marchaba, otra vez sin decir a dónde se iba. Siguió mandándole cartas a su hermana con la misma regularidad, pero siempre sin remite. No volví a saber de él hasta que un día me llegó una carta dirigida a mí anunciándome que se casaba, así sin más, sin otra explicación o aclaración de su conducta. Encontré este comportamiento de mi hijo desconcertante, cobarde, ruin e incluso despreciable, hacia mí, su madre, su hermana y hacia su familia.

–¿Ha guardado todas esas cartas y cuadernillos?

–Sí, pero no me preguntes por qué he guardado todas sus cartas, Porque no tengo una respuesta para ello. Más de una vez, sobre todo después de esta última desaparición suya, dejando a su mujer embarazada de su hijo, sangre de su sangre…, sin tan siguiera conocer a su hijo…, cómo ha podido hacer una cosa así…, me he lamentado de no haberlas quemado.

 »Seguramente, eso es lo que debería haber hecho…, quemarlas en la hoguera de San Juan, todas, para no dejar ni rastro de su orgullosa existencia.

»Pero… soy su madre, y una madre siempre es… una melancólica ilusionada que espera de sus hijos que un día vengan a acurrucarse en su regazo, como cuando vinieron a este mundo.

»Es más, hoy estoy totalmente convencido de que este destino nuestro…, de que las primeras palabras impresas de ese destino se empezaron a escribir el mismo día que en el jardín de mi casa, Pascual y yo nos hicimos hermanos de sangre haciéndonos un corte en la palma de nuestras manos y uniéndolas ensangrentadas.

 

SECRETOS DEL PRETERITO VII

–¿Que paso tras esa discusión? –pregunta el comisario Antón Freixa.

–Nada en especial. Unas cuantas horas en que ella se encerró en sus silencios, y yo en los míos. Simplemente deje que sus miedos se fuesen enfriando, como así ocurrió. Yo seguí investigando sobre la vida de Pascual, pero desde ese día deje de contarle lo que iba averiguando acerca de la misma.

         –¿Qué mas recuerda de cuando eran unos adolescentes?

         –Lo recuerdo casi todo, porque es la mejor época de nuestras vidas y de la que de alguna manera nos marca el destino que hemos de seguir… Recuerdo por ejemplo que por aquella época se empezó a interesar por el deporte de una manera yo diría que compulsiva. Era demasiado bueno, como siempre en todo lo que se empeñaba en hacer. En todos los deportes que practicaba sobresalía por encima de los demás compañeros, era una figura demasiado central entre los compañeros como para retraerse en lo que hacía. Durante aquellos primeros años de adolescentes, uno tenía la impresión de que no había nada que no hiciera bien, nada que no hiciera mejor que todos los demás. Era el mejor jugador de baloncesto, el mejor estudiante, el más guapo de todos los chicos, al que las chicas querían conquistar y los chicos tener a su lado, por si alguna de las chicas patinaba. Cualquiera de estas cualidades hubiera sido suficiente para darle un estatus especial, pero juntas lo hacían heroico, un muchacho tocado por el dedo de los dioses. Pero, a pesar de ser extraordinario, seguía siendo uno de nosotros. Pascual no era un genio ni un prodigio; no tenía ningún don milagroso que lo apartase o que tan siguiera lo separase de los muchachos de su edad. Era un muchacho perfectamente normal, solo que más…, si eso es posible, más en armonía consigo mismo, más idealmente un chico distinto, de lo normal.

»En nuestro segundo año de bachillerato, por ejemplo, Pascual fue el único miembro de nuestra clase que consiguió entrar en el equipo del colegio de balonmano. Jugó extraordinariamente bien durante los dos primeros trimestres y luego, sin ninguna razón aparente, dejó el equipo. La hubo, aunque nunca he sabido muy bien cual era. Recuerdo que me contó el incidente al día siguiente de que ocurriera: había entrado en el despacho del entrenador después del entrenamiento para recoger su uniforme. El hombre acababa de ducharse y, cuando Pascual entró en la habitación estaba de pie junto a su mesa completamente desnudo, con un cigarro en la boca, una toalla en la cabeza y otra alrededor de su cintura, que cubría sus partes más íntimas, la cual se deslizó por sus piernas cuando Pascual entró en el cuarto de improviso y cerró la puerta a su paso. Pascual se recreó deliberadamente describiéndome la situación, disfrutando mientras lo hacía, con la descripción, deteniéndose en los detalles más absurdos de la escena, embelleciéndola con aclaraciones acerca del cuerpo regordete del entrenador, la luz en la habitación, el charco de agua en el suelo de hormigón gris, cómo era el miembro del entrenador, que su huevo derecho era más pequeño que el izquierdo; pero eso fue todo, una simple descripción adornada, una riestra de palabras divorciadas de cualquier cosa o asunto que pudiera afectar al propio Pascual. Me decepcionó que dejara el equipo, pero él nunca me explicó realmente por qué lo había hecho…, quizás la intuía meses más tarde, solo me dijo una de sus reglas; regla número treinta y siete:

–“No intentes llenar una palangana agujereada, pues es inútil y aburrida”.

»Lo de siempre, en cuanto probaba algo y después de un tiempo lo abandonaba. Sin una razón, ni por supuesto explicación por su parte de por qué lo hacía…, era su sino, nunca terminaba lo que empezaba. lo abandonaba a mitad del camino para emprender otra aventura que nunca llegaría a su fin.

»Retrospectivamente, me hubiera parecido natural que Pascual Fonseca llegara a ser escritor. Es más, en algún momento lo he pensado seriamente ya que la severidad de su introspección, en los últimos años en que estuvimos unidos, casi parecía exigirlo. Ya cuando éramos bachilleres, en el colegio de los maristas, redactaba cuentecitos, creo que a partir de los trece o catorce años, dudo que hubiese algún momento en que no se viera a sí mismo como escritor. Al principio, por supuesto, no parecía significar mucho lo que salía de su lápiz; siempre le gusto escribir con lápiz de carboncillo, en vez del bolígrafo o la estilográfica, por aquel entonces, era la habitual faramalla de un adolescente imaginativo. Era muy dado, le gustaba, por aquel entonces, esa clase de literatura, llena de frases prosopopéyicas, a la vez que de extravagantes giros argumentales, muy de los escritores del Siglo de Oro.

»Recuerdo que, en quinto, Pafo escribió una especie de relato o novela corta para un concurso literario de las fiestas patronales del colegio. Su argumento trataba sobre la llegada del hombre a la luna (era el año que el hombre llego a pisar la luna, 1969) y constaba de unas cincuenta páginas aproximadamente. Lo ganó. Después de terminadas las fiestas, el profesor de literatura, el hermano Alonso, le propuso leer en alto su novela corta en sesiones de diez minutos diarios al final de su clase de lengua. Todos nos sentíamos orgullosos o, quizás mejor dicho, sentíamos envidia de Pascual y, de algún modo, estábamos sorprendidos por su teatral manera de leer sus propios escritos, representando los papeles de cada uno de los personajes. El argumento de su historia se me escapa ahora. Pero recuerdo que era infinitamente complejo, con un final centrado en algo como las identidades confundidas entre los astronautas y los habitantes de la luna…

»De chicos, a los de la pandilla, nos encantaba, sobre todo a mí, nos apasionaba jugar alrededor de las obras en construcción, subiéndonos a las escaleras de mano y trepando por los andamios, andando por tablas en equilibrio sobre un abismo de maquinaria, sacos terreros y barro. Es cierto que yo no era de los más echados palante, yo no era el primero en las iniciativas. Yo me quedaba en segundo término mientras Pascual o José realizaban todas estas hazañas. En el primer instante de la propuesta, yo en mi interior les imploraba que lo dejaran, pero sin decirles nunca nada para que no lo hiciesen, deseando que no propusiesen qué hacer, más por miedo y con temor por si nos caíamos, después de esos minutos de incertidumbre yo los seguía sin pensar en el riesgo que hubiese. A medida que pasaba el tiempo, estos impulsos se volvían más conscientes. Pascual me hablaba de la importancia de “saborear, degustar la vida”. Ponerse las cosas difíciles, decía, “explorar lo desconocido”, eso era lo que quería, cada vez más, a medida que se hacía mayor…

 

CONTINUARA