UNOS INOCENTES….SANTOS

En la noche del Uno de Noviembre me despertó (o eso me pareció) a no sé qué hora el redoble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a la mente esta tradición que oí contar, hace mucho a mi Tata. Ese recuerdo saltaba a mí mente.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! El eco de una vez aguijoneada resuena en la cúpula del cerebro.  La imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda.

Por pasar el rato me decidí a escribirla, como así hice, me levante cogí mi cuaderno cuadriculado y mi pluma y sobre mi escritorio comencé a escribir tal y como yo la recuerdo lo que mi Tata me relataba, Me pongo a escribir, volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando siento crujir los cristales de mi ventana, estremecidos por el aire frío de la noche y la  lluvia que cae sobre los mismos. Sea como sea ahí va esta historia

Según mi Tata esto ocurrió en los montes y valles del Bierzo halla por el año 1400 y tantos, vaya usted a saber.

 

La luz del atardecer de otoño empiezan a descender con la rapidez de las sombras por las laderas de  los montes del castillo de Cornatel y el cansino eco de los ladridos de los perros resuena en el valle.

 

–Atad los perros; –truena la voz del Señor de Bembibre– haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el monte de las Ánimas.

– ¡Tan pronto!

–De ser otro día, no dejaría yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves de la Cabrera han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en el Monasterio de Carracedo, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañar su campana en la capilla del monte.

– ¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

–No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; el conde de Toro, los marqueses de Arganza y el Señor de Bembibre montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Diego, Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

–Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Castilla a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo con ello un notable agravio a los nobles de Castilla; que lo mismo que solos la conquistaron solos la hubiesen defendido. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con camisola blanca  con cruz y espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso por estas tierras le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los tres jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los tres jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Pon-Ferrata.

 

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los marqueses de Arganza despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas tres personas parecían ajenas a la conversación general: Diego, Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz, Diego se recreaba observando el poso de la copa de vino que sostenía en sus manos.

Los tres jóvenes guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de la Encina doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

–Beatriz hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

–Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven Diego metiéndose en la conversación.

Alonso mirando fijamente a su amigo Diego dándole a entender que no se entrometiese en la conversación  prosiguió:

– De un modo o de otro, -siguió hablando Alonso- presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido él de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?

– No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

– Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviese a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

– Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

– ¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

– ¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

– Sí.

– Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

– ¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

– No sé…. en el monte acaso.

– ¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

– Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche…. esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en la Encina, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

– ¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

– Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.

– ¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

 

Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

– ¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Palacio. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

– Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispado. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

– ¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la iglesia del convento de Santa María de Carracedo, una cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de los Marqueses de Arganza, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

 

 

 

Cuenta se en tiempos posteriores a lo relatado, qué después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Castilla enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

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LOS CUENTOS DE LA PLAZA DEL GRANO

Corrían aquellos tiempos en que la razón estaba de parte de la fuerza, así como hay quien dice, -él sabrá por qué- en estos impera la fuerza de la razón; quiero decir que en aquellos tiempos, sin que año ni fecha hagan al caso, había en la ciudad de León una distinguida dama, de finos modales y distinguidas formas o por lo menos de agraciada cara, que a pesar de cualidades dichas, y algunas otras para la generalidad más aceptables, que en esto los tiempos no varían.

Cuales eran las de tener muchos escudos de oro y plata y uno de piedra en la puerta de su casa sostenido por aquéllos, aunque mucho pesaba por el tamaño y los perros y calderas que tenía, como que era el más grande de la calle de Caballeros, no conseguía que galán alguno ni por casualidad, encuentro ni afición, hubiera alabado sus gracias, siquiera en gracia de sus escudos, ni rondase la calle, ni, en una palabra, mostrase deseos de poseer tanto y tanto como ella atesoraba, bien sea en su interior con exteriormente.

Probó sé aunque en vano con polvos y bebedizos; no faltaron ofertas ni cirios; pero los días pasaban y aún algún año transcurrió sin que el tan deseado caballero se presentara; por innecesario se calla que cuantos atractivos despliega la femenil coquetería se habían puesto en práctica, y que la asistencia a saraos y fiestas, novenas y funciones, no escaseaba.

Corrió sé por la ciudad la noticia de que un judío, de los que en su barrio habitaban,

El de la cestería para mas seña, había sido atacado de lepra: doctores y ministriles no dejaban la ida por la venida en averiguación del caso; pues grave hubiera sido tal epidemia en población de tanta nobleza, si por acaso se le antojara propagarse, y como ésta y otras plagas no se detienen ante títulos ni pergaminos, escudos, ni lanzas, infeccionara por fuera a los que por dentro la tuvieran hacía ya tiempo y de su curación no se ocuparan. A vueltas y trasiegos andaban cuando la discretísima autoridad ordenó y mandó; y siempre sus determinaciones eran sabias para los que le rodeaban, por más que para los demás casi siempre no lo fueran; que el dicho Ismael como oficio tenía el cuidado de los caballos Lazaristas, que así llamaban al judío, fuese conducido al hospital que con este objeto existía, que de todo había; y las ruinas del edificio, sobre todo de la capilla, aún se ven junto al camino que viene de Francia, y va hacia Santiago, cruzando el puente de piedra sobre el rio del barrio de Puente Castro.

Decían las malas lenguas que a pesar del reconocimiento de los físicos (si se realizó), el pobre Ismael en modo alguno tenía la enfermedad que se le achacaba, pero sea de ello lo que quiera resultó que fue al Hospital.

No habría menester muchos cuidados, cuando libremente circulaba por el establecimiento y pudo observar, según después contaba, que por la noche y en la capilla había ruidos, y no pudiendo explicarse la causa hubo de inquirirla: preparó sé al efecto, y poco más de la hora de maitines sería cuando vio, no se sabe lo que vería, pero sí sucedió que curado de su enfermedad y vuelto a su barrio, empezó a decirse, aunque muy bajo y en los corrillos  de  la plaza del grano, que poseía un secreto por el cual todas las mujeres deseosas del séptimo sacramento llegaban a él; decía sé también que los primeros ensayos habían dado resultado satisfactorio, y con esto no es de extrañar que la casa del judío, aun con serlo, viérase muy visitada de cristianos, y aún yo creo que lo sería de moros si a tierra de aquéllos llegase la noticia.

Fácil había de ser el tratamiento cuando los sometidos al plan del judío no ponían colores pálidos, ni estaban mustios ni cariacontecidos, ni tampoco vigilias, penitencias, ni ayunos debían entrar en ello; pues que alegres y contentos discurrían por la ciudad o volvían a sus aldeas (entiéndaseme bien), antes del matrimonio; que después… entraban en ley general de los mortales.

Hubo de enterarse del asunto el Santo Tribunal y mal lo hubiera pasado Ismael, a no ser porque, según los chismosos, había dispensado a aquellos sabios varones alguno y aun algunos favores en las personas de sus sobrinas o pupilas; aunque esto no era creíble, dado su celo por la religión y su perseverancia en extirpar toda hechicería, sobre todo si de judíos se trataba; y suponen los más cuerdos, y sería verdad, que se debía a la ninguna importancia que se daba a sus palabras, siendo todo obra de los afectos mutuos de los contrayentes.

Repugnancia y no poca costaba a la señora de nuestro cuento visitar la dichosa casa y ruda batalla sostenía, que tan pronto la decidía como la alejaba de tan mala idea; pero el tiempo todo lo arregla, y aun desarreglado algo da alguna vez el verdadero camino; así sucedió, y allá fue como otros tantos en busca del judío.

Si quedó, o no, satisfecha la de la conferencia no se supo hasta después; pero sí que levantó el campo y fuese a vivir a otra población; todos los años, sin embargo, el domingo llamado de Lázaro, se la veía asistir a la capilla de este nombre, desapareciendo al siguiente día para volver en los sucesivos años, hasta uno en que no volvió, y en cambio mandó a sus amigos y conocidos noticias de que había contraído matrimonio y que tenían un hijo a quien había puesto por nombre Lázaro, adecuado en concepto de todos; pues verdadera resurrección podía llamarse el que aquella dama hubiera ingresado en la cofradía de los casados. Por entonces murió el judío, y lo peor del caso fue que nada pudo decir de su secreto; se conoce que entonces era cierto el padecimiento, y sin embargo no le llevaron al hospital; las mujeres hubieron en ello gran sentimiento, y aunque no tanto, también los hombres; revisó sé, con el cuidado que es de suponer, la casa del difunto en busca del precioso talismán, y a vueltas de mucho buscar, en mugriento escritorio y en su secreto más escondido apareció un pergamino con estas frases: “Los que en el día de San Lázaro pisen la losa que hay en el centro de la capilla del Santo, si con fe a la vez lo piden, dentro del año se casarán”.

 

 

 

Hízose pública la receta, dicen que por ser mujeres las que la encontraron, pero yo creo que los hombres hubieran hecho lo mismo; con temor, el primer año llegaron algunos, con más animación al siguiente y así creciendo, llegó a constituirse en romería, en la que ya no sólo se pisaba el ladrillo, sino que alegrándose por adelantado de los beneficios que el santo les había de dispensar, como en todas las de esta clase, lo esencial pasó a ser secundario. La que se casaba en el año era porque lo había pedido bien, la que no, seguía la costumbre por si algún año así lo hacía y todos por tener una tarde de diversión como paréntesis a las vigilias y ayunos de la cuaresma y preparación para la penitencia en la semana-mayor.

Pasó el tiempo, el hospital se hundió, la capilla resistió algo más; pero hizo bien en desaparecer con el misterioso ladrillo y todo, pues en los últimos años no eran muy edificantes las escenas a que el citado ladrillo daba lugar, y por otra parte, las gentes de igual modo se casan y de la misma manera viven y lo desean que en tiempos del judío.

 PIPPO BUNORROTRI

LOS CORTEJOS EN LA CAPITAL DEL REINO DE LEÓN

      Voy a contar uno de tantos relatos, leyenda, o cuento que mi abuelo me contaba y a él se la contaba el suyo, y que el dejo escrito lo mismo que otros tantos, no sé cuánto hay de cierto en ello simplemente doy fe que es un relato, leyenda, o cuento que me contaba mi abuelo en las frías tardes de invierno sentados frente a la chimenea de la biblioteca de su casa palaciega al lado de la Basílica de San Isidoro, y que aun hoy sigue perteneciendo a la familia. La leyenda, relato o cuento comienza así:

 

En aquellos tiempos, que acontecían del mil ochocientos y tantos, en que las mujeres no elegían maridos, sino que las paternales voluntades unían corazones y afectos, habitaba en nuestra ciudad, León, una joven de linaje probado, de belleza no escasa y de talento no romo, como cualquiera de las de aquel tiempo de cierta clase y abolengo, era pues bien cierto que la joven en época estaba de que un no menos linajudo joven, ni menos apuesto, ni menos experto que ella viniese a su casa en la plaza mayor en demanda de su blanca mano, y con la misma su sensible y apasionado corazón.

Pero el tiempo pasaba, y ni en la Iglesia de San Miguel, ni en la Basílica de San Isidoro, ni en el convento de las Concepcionistas, ni en el de San Francisco, y eso que a funciones y novenas no dejaba de ir, encontraba uno de tantos como en los uniformes se distinguían (que en las letras pocos eran en verdad en aquellos tiempos) que cruzase una mirada con la suya ni con acelerado paso la siguiera a la caza de distracción de la acompañante, porque dueña había de tener tan ilustre dama,( pienso yo ).

Ya la paciencia se le acababa a tan noble dama; cuando he aquí que una noche, y bien tarde por cierto, pues que el cubre-fuego en todas las parroquias y conventos había sonado, oyó la desvelada dama que música -si no buena, para ella agradable-, paraba bajo sus ventanas, esperó la consabida trova que no se hizo esperar, en ella se pintaba pasión tímida, pero firme hacia ella y al terminarla una ráfaga de aquel viento norte de enero (calcula mi lector sería de iguales condiciones que el del día) que tan frecuentemente era, cortó la voz del mancebo haciendo producir la más sonora tos que hasta entonces hubiera sentido.

No volvió en las siguientes noches a escucharse nueva serenata, pero sí se supo en la ciudad que un bien apuesto joven, que hacía poco había llegado de la guerra , estaba en cama con grave enfermedad, que por las señas que el doctor daba iba camino del cementerio, si bien con el tratamiento nada molesto de compresas, sangrías, sanguijuelas, revulsivos y alguna que otra agua bendita de los frailes o las monjas, esperaba que recobraría la salud, si no del todo, por lo menos para continuar, no en sus nocturnas correrías amorosas, sino para trocarlas por las diurnas, que fueron con gran satisfacción de la ya dama de sus pensamientos, cuyo amor hacia él se desarrolló y creció tanto, como por su causa disminuyó la salud de su amante.

Comentó sé el hecho y aplaudiese la conducta de la familia y de la novia, habida cuenta que, como se ha dicho, ella, aunque indirecta, había sido la causa de la enfermedad de su futuro esposo. Pero (dice mi abuelo que esta fruta todo lo amarga) el padre y señor de la dama consintió en todo a condición de que pasase un año, término dentro del cual expiraba un plazo que había concedido a su primo para que adquiriese fortuna y nombre, en cuyo caso, y así lo había prometido al padre del niño, sólo él poseería al preciado don de su hija.

Esto que ignoraba la ilustre dama hasta el momento de la petición oficial hubiese quitado algunos quebraderos de cabeza, pues, de nada a algo, marcada diferencia existe, pero entonces venía a dárselos, pues pudiera un día trucar sus ilusiones, así como antes las hubiese sostenido.

Nadie se sabía del que por nombre y fortuna fue, y era de esperar que en las revueltas que por entonces acaecían no le habría faltado alguna bien dirigida lanza o bien templado alfanje que cortase el compromiso adquirido, a la vez que la vida del prometido esposo; pero no sucedió así.

Celebrase la fiesta de la Madre de Dios y en el plaza de la Catedral se lucían los más ricos trajes y se regalaba el paladar con sabrosas viandas, cuando por el camino de Burgos llegó un capitán de lanzas del Rey que admiración fue de la concurrencia. No muy cansado vendría cuando, sin entrar en la ciudad, apeó sé del corcel y fue a buscar entre aquella gente una cara que la suya conociera. No tardó en encontrarla. Con los brazos abiertos le recibió su tío, pero su sorpresa fue grande al ver que otro galán acompañaba a quien, según promesa, él sólo debía aspirar.

Pronto la dama se enteró de su situación y vio las consecuencias que indudablemente habían de sobrevenir, fingiese o realmente estaba indispuesta, y retirase a su casa hasta donde la acompañaron los dos caballeros. A la vez salieron los dos mancebos a la calle y pocas palabras cambiaron, las necesarias para concluir en que uno de los dos debía renunciar a la posesión de la dama, y como esto ni por una ni otra parte había de cederse quedó convenido el duelo.

Al siguiente día las tapias de San Francisco presentaban una escena de las que llaman de honor (por más que mi abuelo cree que son de lo contrario) de la que resultó vencido y desarmado el que camino de ético iba por dar serenata a una dama, y el vencedor, orgulloso de su triunfo, ponía a los pies de la causante de tal lance su espada y corazón, la que, obedeciendo los mandatos paternales, a los pocos meses le daba su mano y su alegre-afligido corazón.

Condición precisa fue impuesta al vencido, que abandonase la población y fiel a su palabra marchó y se instaló en una villa de Extremadura (cual no se cita en el cuento) pero sí que había de ser la de su nacimiento y de la que hacía tiempo faltaba; parece que allí se consoló pronto de su amorosa pasión, y trató y aun dicen que encontró dama en quien depositar su cariño, que siendo poseedora de dehesas y montes donde a pastar iban los ganados de una provincia del Reino de León, hubo una vez de preguntarle su consorte a quien es de creer, que no había contado sus pasadas aventuras, si conocía la capital, y dícese que hubo de exclamar:

–”De León ni aire ni novia”.

Aquí acaba el cuento de mi abuelo, que cita nombres y fechas y describe personas, pero que yo suprimo porque los descendientes de la dama pudieran tomarlo a caso de honra, y ni a mi abuelo ni a mí nos gusta dilucidar estas cuestiones por el derecho del más fuerte, o como si dijéramos: a puñetazos.

Yo creo que el verdadero proverbio ha de ser otro que también corre de boca en boca casi con las mismas palabras, es decir: “A León por aire y novia”, pero puede que aquel pobre autor de las famosas décimas, o algún malandrín encantador lo haya trocado. De todos modos, y aunque esté conforme con el último dicho, no lo garantizo. Yo sólo cuento el relato, leyenda o cuento que mi abuelo me conto una tarde de invierno y teniendo por testigo el trepidar de la leña consumiéndose en el fuego de la chimenea en la biblioteca del palacete de mi abuelo.

    PIPO  DE BUNORROTRI