SECRETOS DEL PRETÉRITO IX

Recuerdo que ese día me encontraba en Valencia, había ido un día antes de lo previsto ya que Letizia precisaba de una documentación para un organismo público, Hacienda, creo. Lo recuerdo porque era el día de mi cumpleaños, cuarenta y siete, para ser exactos. Hacía alrededor de diez meses, más o menos, que conocía a Letizia. Ese día ella insistió en que teníamos que celebrarlo. No sé cómo se enteró de la fecha. Supongo que se la dijo Pascual… Yo era y sigo siendo bastante reacio a todo este tipo de celebraciones, ya que siempre he dado escasa o nula importancia al hecho de cumplir años, pero ella insistió e insistió, como solo las mujeres saben hacer, y de alguna manera el sentido de la ocasión de Letizia acabó por vencer mis reticencias a la celebración.

Me regaló un libro, que descansa en uno de los estantes de mi biblioteca, una cara edición de Brave New World (“maravilloso nuevo mundo”, literalmente) traducido al español como Un mundo feliz, del autor británico, en inglés, Aldoux Huxley. El título del libro tiene su origen en una obra de Shakespeare, concretamente el acto V de La tempestad. Luego me llevó a almorzar a un restaurante de la calle San Vicente, con nombre sugerente, No me toques las palmas que me conozco, con un aire aflamencado, aunque diluido bajo el suave corpiño de Meninas Fallera. La estancia en el restaurante estaba amenizada por la actuación de un cante Flamenco, mientras saboreábamos las bulerías de sabores y colores de la comida que saltaban en los largos platos ovalados. Después del almuerzo con su larga sobremesa, nos fuimos a una representación de teatro en el Centre Teatral de la Generalitat en el que el Ballet Nacional de Cuba representaba El Lago de los Cisnes con la coreografía de Alicia Alonso.

Por vez primera en mi vida, me dejé llevar, no intenté en ningún momento de la tarde-noche explicarme la felicidad que sentía, sin intentar anticiparme a mí mismo o maniobrar de alguna manera más favorable con mis sentimientos. Simplemente, dejé que los mismos fluyesen a su libre albedrío, como mariposas saliendo de su capullo para dar rienda suelta a su libre primer vuelo. Es posible que estuviese empezando a percibir una nueva osadía en Letizia; quizá esa fuese la forma que ella había elegido para hacerme saber que había tomado una decisión firme e irreversible por sí misma, que ya era demasiado tarde para que alguno de los dos se volviera atrás en sus sentimientos… Pero fuese el motivo que fuese para dar aquel paso hacia adelante, lo que sí es cierto es que aquella fue la noche en que todo cambió entre nosotros, la noche en la que ya no nos quedaría duda alguna respecto a lo que íbamos a hacer a partir de entonces, para bien o para mal.

Al término de la representación en el Centre Teatral, regresamos a su casa de Valencia caminando tranquilamente, disfrutando de la leve brisa y del bullicio sonoro de nuestras palabras. Subimos a su piso, sin excusa alguna para no hacerlo. Letizia pagó a una soñolienta canguro que había contratado aquella noche para hacerse cargo del pequeño Benjamín; en cuanto la canguro hubo salido por la puerta, ella me cogió de la mano, tirando levemente de mí, entramos a hurtadillas en la habitación de Benjamín, nos quedamos allí viéndolo dormir en su cunita. Recuerdo claramente que, como si fuese ahora mismo, ninguno de nosotros hizo ademán alguno de decir algo, solo nos miramos, bajo el único sonido que llegaba a nuestros oídos, que no era otro que el leve gorgoteo de la respiración del pequeño Ben. Nos inclinamos sobre los barrotes y estudiamos la forma perfecta de aquel cuerpecito de niño, que se encontraba tumbado boca abajo, con las piernas encogidas, el culito levantado, con dos de sus diminutos deditos metidos en la boca. La escena pareció durar largo tiempo, pero dudo que fuese más de un minuto o dos a lo sumo. Luego, sin previo aviso, ambos nos levantamos, nos volvimos el uno hacia el otro y con titubeantes gestos unimos nuestros labios, comenzando a besarnos con pasión. Me resulta difícil hablar de lo que sucedió después de besarnos con pasión y deseo en el cuarto del pequeño. Lo que sucedió, en realidad, tiene tan poco que ver con las palabras, tan poco, que es del todo inútil tratar de expresarlo. Solo diré, de manera sutil, que estábamos cayendo el uno en el otro, cayendo tan rápido y tan lejos que nada ni nadie podrían pararnos en aquellos momentos de desenfrenado deseo, de cálida pasión.

¡Vale!, ¡vale! De nuevo, recurro a la metáfora para tratar de darle una explicación a lo que sucedió aquella noche. Con total seguridad, el hecho de que pueda o no pueda hablar de lo que sucedió esa noche en el cuarto de ella no va a hacer que cambie ni un ápice la verdad de lo que sucedió. Lo que sí tengo muy claro y certero es que nunca ha habido un beso igual al de ese día, y dudo mucho que vuelva a haber otro igual en el resto de mi vida.

Aquella primera noche, aquellos primeros buenos días, los pasé en la cama de Letizia, abrazado a ella, oliendo su perfume de mujer, y a partir de entonces se me hizo imposible dejarla. Hablamos y hablamos, desnudos sobre la cama, olvidándonos por momentos del porqué. Por primera y única vez, escuché atentamente el relato de Letizia sobre la relación que había mantenido con Pascual, durante aquellos casi tres años, que, por supuesto, no tengo intención de develar, ya que eso solo pertenece a nuestro mundo. Me confesó que Pascual ya había muerto para ella el día en que tuvo a su hijo en brazos por primera vez, aunque no había sabido cómo enterrarlo hasta aquel momento. Ella me preguntó, sin preguntar directamente, solo con el silencio de sus palabras, con su mirada, con sus gestos, si yo estaba dispuesto a ayudarle a enterrarlo o incinerarlo definitivamente. Mientras Letizia hablaba, yo solo la miraba, y con la yema de mis dedos recorría su espalda desnuda lentamente de arriba abajo, tratando de descubrir imperfecciones en su cuerpo perfecto, memorizando las líneas de su cuerpo y el tacto de su piel, mientras las palabras se fueron disolviendo como un terroncillo de azúcar en el interior de una taza de té, abriendo las puertas del deseo. En el vacío espacio de mi disco duro fui almacenando cada mordisco, cada caricia, cada partícula de olor de su cuerpo sobre el mío, cada gemido incontenido en el silencio de aquellas cuatro paredes y cada mirada ávida de un placer extenuante. Me pasé todo aquel fin de semana escondido entre los brazos, las caricias y las miradas furtivas de Letizia.

Estando al lado de Letizia, arropada entre mis brazos entrelazando nuestras manos, entre la bruma del atardecer y la palidez del cielo, veía deslizarse en el umbral de la distancia nuestro futuro.

HASTA SIEMPRE SUNSUNETA

En el grisáceo oscurecer

De esta noche de agosto

La sombra del presentimiento

Cabalga sin cesar

A trote ligero

Hacia nosotros.

Respiras sin esfuerzo

Las limpias notas

De tu pentagrama

En el soneto

Del tiempo

Las variaciones

Del arte de la fuga

Por la senda

Del no regreso.

En el grisáceo oscurecer

De esta noche,

De agosto

No hay luz

No hay ruido

Hay otra luz

La luz

Del silencio.

Aquí estamos

Los que te queremos

Leyendo en

La enciclopedia del mundo

Lo que tú nos dejas,

Palabras

Acariciando el tiempo

Sorbiendo las contenidas

Lagrimas agridulce

De una eternidad

Lamiendo las heridas

Del dolor

De tu ausencia.

En la sombra oscura

De esta noche,

De agosto

Lo que permanece

En ella es…

Que tu

Ya no estás…

Pero, tú

Siempre permanecerás

Paseando lentamente

Mientras recitas

Tus versos

En el claustro Gótico

Del monasterio

De nuestros recuerdos.

LUCES Y SOMBRAS

Lamentos de pasión en el anochecer

Urde el poeta en el teclado del ordenador, que

Colman de ilusión al lector

Esperando el siguiente lamento del misterioso poeta, que

Sueños de un trovador son.

 

Y en ese momento de la noche en que la desazón se transforma en sueño.

 

Surgen los versos de una poesía inquieta, que

Oasis en el desierto de la desazón son

Noches donde las estrofas, como mariposas, planean en los sueños

Blandiendo su suave aleteo de color

Robándole al sueño un instante de frenesí

Ante la métrica de unos versos con rima y ritmo, que

Solo son la ilusión de un poeta, de un trovador de sueños.