SUSURROS DEL PRETERITO VI

El día había amanecido despejado y luminoso, por el aspecto de las personas con las que se cruza, se nota que nos estamos adentrando en el verano. Esa estación del año en que los días empiezan a ser más largos y pesados, las noches más cortas y menos tranquilas. El calor empieza a hacer mella entre los numerosos transeúntes que deambulan por la plaza de San Pedro del Vaticano esperando a que su santidad se asome a uno de los balcones del Palacio para darles la bendición.

Un hombre de unos cincuenta y tantos años, que aparenta menos edad de la que realmente tiene, delgado, no muy alto de 1,80 de estatura, con nariz afilada, y pómulos prominentes, con barba de dos días, sus ojos negros y hundidos en un rostro de tez pálida proyectan una mirada penetrante a través de unas finas gafas de alambre, cruza la plaza con paso raudo, entre los turistas, con un bolso negro que cuelga de su hombro izquierdo y una pequeña maleta, del mismo color, en su mano derecha. Viste con un pantalón holgado, negro, y una larga camisola del mismo color, unos mocasines de piel calzan sus pies. Una gorra garibaldi cubre su cabeza, dejando asomarse bajo ella un perfecto corte de pelo al cero, dándole un toque de interés a su pálido rostro. Con la mirada perdida tras sus finas gafas de alambre, deja atrás la Piazza San Pietro, cruzando Vía Pablo VI, y, adentrándose por Borgo Santo Spirito, recorriendo toda su longitud, sorteando los carteles anuncio de los locales comerciales hasta el final de la calle, desde donde divisa el Castel Sant`Angelo, también conocido como “Mole Adrianorum”, cuyas estancias, en más de una ocasión, cuando estaba cerrado al público, había visitado desde el Vaticano a través del Passetto. Le impresiono la primera vez que lo había visitado, con veinte pocos años, acompañando a su eminencia el cardenal a una reunión que había tenido lugar una noche de diciembre, en el apartamento que su Santidad el Papa tiene el Castel Sant`Angelo. Una reunión carente de un contenido pastoral y llena de un contenido doctrinal distinto a lo que representaba su eminencia… Aquella había sido la primera de las oscuras reuniones encubiertas en el silencio y en el tiempo a las que había asistido…, pero eso… ya pertenece al pasado.

Durante todo el trayecto, desde que ha salido de la sala del Palace Apostolic, aquella mañana, había rememorado cada uno de los instantes y rostros que había presenciado en aquel acto, un pánace en memoria de su mentor, el cardenal Romero, que ha sido su maestro en muchos aspectos de su vida, y una figura clave de la Iglesia Católica, en la sombra, durante las últimas décadas. No en vano, el cardenal Romero había sido el gobernador de la Ciudad del Vaticano.

Él no había sido invitado a ese acto, expresamente. Para la mayoría de los presentes en aquella sala, el no existía, era una sombra. Pero él es consciente de que debía asistir, tenía interés en saber lo que se iba a decir. Conocía bien los pasillos y los recovecos del Palace Apostolic. Se había situado de pie, en la última fila, recostado con disimulo contra el frío mármol, medio escondido tras uno de los tapices de la sala, desde donde tenía una amplia panorámica de la sala y su acceso. Desde donde se encontraba, vio como un hombre vestido con traje talar blanco avanza tambaleante entre sus dos prelados de confianza sobre la alfombra rojo sangre, por el amplio pasillo cuyas paredes estaban adornadas de cuadros de grandes dimensiones y esculturas de reputados pintores del Renacimiento. Debido a los achaques de su edad y al peso de la responsabilidad que habían puesto sobre sus espaldas, caminaba algo encorvado, haciendo un esfuerzo por mantenerse erguido y la cabeza alta. Pues era plenamente consciente del poder que ostentaba. Los religiosos y seglares que se encuentran en los pasillos se detienen y guardan un silencio sepulcral, al percatarse de la presencia de su Santidad, bajando la cabeza a su paso en señal de obediencia, los religiosos, y, de respeto los seglares.

Su Santidad Benedicto XVI no presta atención a las reverencias, va enfrascado en sus pensamientos, cuando sus tambaleantes pasos desembocan en la entrada de la inmensa sala rectangular de techos altos decorados con pinturas del siglo XV y XVI. A ambos lados de la regia sala se alinean tres filas de sillas, tapizadas en rojo, la primera de ellas, y, malva las dos filas siguientes. En la primera fila, sobresale el rojo de fajas y capelos, signos de la dignidad cardenalicia. La primera de las sillas al fondo de la sala, en el margen derecho, próximo a la tarima donde reposa el trono dorado, custodiado por dos sargentos de la Guardia Suiza, con sus vistosos trajes y sus bruñidas alabardas, se encuentra vacía, solo el capelo cardenalicio del cardenal obispo de Frascati, que había llevado durante años su eminencia el cardenal Romero, reposa sobre su purpurado asiento. Desde ella se puede ver, con detalle, el emblema de la Santa Sede, tras el trono, formado por dos llaves cruzadas, la primera, de oro, que simboliza el poder espiritual, y la segunda, de plata, que significa el poder temporal, unidas ambas por un cordón de gales, en el centro de las dos llaves cruzadas, la tiara con las tres coronas de oro que representan al Pastor de la Iglesia, como pastor, maestro y sumo sacerdote.

Al entrar su Santidad en la sala, todos los presentes se ponen en pie, agachando la cabeza, como si fuesen uno solo, con el desordenado cincineo de sus ropajes. En silencio, Benedicto XVI sube los tres escalones que le separan del sitial con ayuda de sus prelados de cámara, que le acompañan. Antes de sentarse se gira, e imparte don su mano derecha la bendición apostólica a todos los presentes. Todos en la sala se santiguan en cuanto han recibido la bendición, para, a continuación, con el sinfónico ruido de sus ropajes y apagados murmullos, ocupar de nuevo sus asientos. Su santidad inicia su alocución con voz entrecortada, cansada, en los primeros compases, pasando a ser enérgica según van pasando los segundos, hablando del cardenal obispo de Frascadi.

»Más de lo mismo, de lo que ha oído en estas últimas cuarenta y ocho horas«, piensa escuchando las palabras de su santidad. Cuando está a punto de desconectar de la plúmbica deserción, intentando reconocer en los rostros reconocidos en aquella sala el efecto de las palabras de su santidad, algo de lo que está diciendo llama su atención: “La parábola del trigo y la cizaña”…

El seco y brusco frenazo de los neumáticos de un automóvil, acompañado del estridente sonido de su claxon, detienen en seco sus pensamientos interrumpiendo bruscamente sus pasos.

–Sei pazzo. Guarda dove vai, memo. Sé si desidera moriré per questo non si striscia ponte Sant’Angelo

Su sorpresiva mirada le muestra la realidad. El capó del automóvil está a un centímetro de sus rodillas. Hace un instintivo gesto con sus manos mientras dice:

–Perdono, perdono, era all’oscuro. Perdono.

Retrocede hacia atrás los pasos andados hasta la acera. Respira profundamente sacudiendo la cabeza al mismo tiempo. Veinte metros delante de él, mientras trata de recuperarse de lo que pudo haber sido y no fue, su mirada se encuentra ante las líneas cilíndricas sobre una base cuadrada, de piedra Peperino unida con opus caementicion, que conforman el magestuoso Palacio Sant’Angel, conocido como “Mole Adrianorum”. Oteando desde la distancia el Ponte Sant’Angelo, antiguo “Pons Aelius Hadrianus”. El esbozo de una sonrisa se perfila en su rostro ante el recuerdo de lo que significa aquel edificio y lo que representa su estructura circular. El circulo, la perfecta figura geométrica, pues no tiene ni principio, ni fin, convirtiéndola en la morada divina, de la eternidad, el nexo de unión entre lo interior y lo exterior, el pensamiento interior y la realidad exterior. Emprende de nuevo su caminar, después de esos segundos de incertidumbre sin perder de vista las líneas que conforman el Palacio Sant’Angel.

 

CONTINUARA

LOS SUSURROS DE LOS POETAS MUERTOS (Lucy Larcom)

Lucy Larcom, nació el 5 de marzo de 1824 en Baverly (Massachusetts) y murió a la edad de 69 años, el 17 de abril 1893, en Boston. Era la novena de diez hermanos, su padre murió cuando ella tenia 8 años. A los once años se fue de su casa para trabajar en las fabricas de algodón en Lowell como doffer, para ganar dinero con el que ayudar a su familia. Escribió muchas canciones, poemas y cartas en las que describía la vida de una niña, que publico en la prensa, llamando la atención sus poemas idealistas. Lo que le sirvió para ser modelo en el cambio de roles en la sociedad de la mujer.

Larcom era amiga de Harriet Hanson Robinson, que trabajo con ella el las fabricas de algodón de Lowell, y que también se convirtió en poeta. Ambas contribuyeron a la divulgación de la revista literaria Lowell Offering.

Sobre 1846 se convirtió en una de las primeras maestras en Wheaton Female Seminary (en la actualidad Wheaton College) en Norton, Massachusetts donde estuvo desde 1854 hasta 1862. En esa época fundo la revista estudiantil Rushlight Literary Magazine, basada en la sumisión de la mujer, (actualmente aun se publica). Desde 1865 a 1873 fue la editora de Our Young Folks, con sede en Boston.

 

Algunas de sus frases celebres:

“Para mentes diferentes, la poesía puede presentar diferentes fases. Para mí, la fe reverente de la gente que vivió entre, y su vida cotidiana fiel, fue la poesía, flores y árboles y el azul no oculta eran poesía. Dios mismo era la poesía. “

 “Si el mundo es un velo de lágrimas, sonríe hasta que esté cubierto de arcoíris.”
Uno de sus poemas:

TEJEDURIA

 

Todo el día se para frente a su telar;

Los transbordadores voladores van y vienen:

Por campos de hierba y árboles en flor,

Ella ve el flujo del río sinuoso:

Y la lanzadera de fantasía vuela de par en par,

Y más rápido que las aguas se deslizan.

 

Está enredada en sus sueños,

Como ese tejerero de Shalott,

Quién dejó sus destellos de espejo místico,

¿Mirar a la luz a Sir Lancelot?

Su corazón, un espejo tristemente cierto,

Trae visiones más sombrías a la vista.

 

“Tejer, y tejer, el día de la vida larga:

La trama es fuerte, la disformidad es buena:

Tejo, para ser la estancia de mi madre;

Tejer, para ganar mi comida diaria:

Pero cada vez que tejo “, dijo ella,

“El mundo de las mujeres me rodea.

 

“El río se desliza a lo largo, un hilo

En la malla de la naturaleza, ¡tan hermoso!

Las estrellas están entretejidas; el rojo

De la salida del sol; y la nube de lluvia aburrida.

Cada uno parece una maravilla separada forjada;

Cada mezcla con un pensamiento más maravilloso.

 

“Entonces, en el telar de la vida, tejemos

Nuestros fragmentos separados, esa caída variable,

Algunos forzados, algunos justos: y, pasando, se van

Para Dios, la reunión de todos,

En ese patrón completo en el que el hombre

Trabaja ciegamente en el plan eterno.

 

“En su gran obra, para bien o para mal,

Lo deshecho y lo que él mezcla:

Con cualquier trama que llenamos,

Para nuestras débiles manos, su poder lo presta,

Y le da los hilos debajo de su ojo

La textura de la eternidad

 

“Viento en, por sauce y por pino,

¡Eres azul, Merrimack sin problemas!

Afar, por arroyos más soleados que los tuyos,

Mis hermanas trabajan duro, con frentes negras;

Y riega con su sangre esta raíz,

De donde recogemos fruta abundante.

 

“Hay mujeres tristes, enfermas y pobres:

Y aquellos que caminan en ropa sucia:

Su vergüenza, su pena, soporto;

Por su defecto, mi esperanza se frustra:

La mancha que tienen está en mi nombre;

¿Quién peca, y no tengo la culpa?

 

“Y cuánto de tu error es mío,

¿Mujeres oscuras trabajando como esclavas en el sur?

De tus uvas robadas, tomé el vino;

El pan que mueres de hambre llena mi boca:

El rayo se desenrolla, pero cada hilo

Con sangre de almas estranguladas es rojo.

 

“Si esto es así, ganamos y usamos

Una túnica Nessus de tela envenenada;

O tejen los obenques que no pueden usar, –

Padres y hermanos cayendo ambos

En horripilantes campos sembrados de muerte, que mienten

Debajo del cielo sureño sin lágrimas.

 

“¡Ay! la trama ha perdido su blanco.

Crece un tapiz horrible,

Eso representa la vista aborrecible de la guerra:

¡Desenrolla, web del destino!

Sé el volumen oscuro sin leer, –

El cuento no contado, ¡maldición no dicha!

 

Así que arriba y abajo antes de su telar

Ella sigue caminando de un lado a otro

Hasta que el ocaso llena la habitación polvorienta,

Y hace que el agua brille roja,

Como si la inundación tranquila de Merrimack

Fueron transformados en una corriente de sangre.

 

Demasiado pronto cumplido, y todo muy cierto

Las palabras que ella murmuró mientras trabajaba:

Pero, tejedor cansado, no para ti

Solo fue el mensaje severo de la guerra traído:

“¡Mujer!” Canalizó de corazón a corazón,

“¡El guardián de tu hermana sabe que eres!”