PRETENDER

Pretender todo mi amor

quiero, pues por ti

yo ya muero de amor.

De amor ilusionado,

quiero,

emborracharme de ti,

quiero.

Pues solo tú

mataste mi miedo.

No abra obstáculo

ni barrera, ni montaña

que apartarme de ti pueda.

Ya no hay vida sin tu sentir,

viviré, porque viviré,

porque el destino lo quiere,

y si ese destino decide

que no este junto a ti,

viviré en la distancia

con tu recuerdo.

Viviré, en la tristeza,

en la alegría,

en la noche,

y en el día,

porque estaré plagado de ti,

no de tu recuerdo,

no de tus sombras, si no

repleto de tu siembra,

siembra que has depositado en mi.

Así que, tan solo déjame

pretender todo mi amor,

que es lo que quiero.

SUSURROS DEL PRETERITO – V

(CAPITULO DE LA NOVELA LA BAUTA DEL ZENDALE SEGUNDA PARTE)

“La vida no es sueño.

El más vigoroso tacto espiritual es la necesidad de persistencia en una forma u otra. El anhelo de extenderse en tiempo y en espacio.”

Miguel de Unamuno

 

El anciano cardenal Romero, Presidente del Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano, se encuentra recostado sobre tres mullidas almohadas en la cama de su residencia. Una estancia de unos veinte metros cuadrados, ocupado su espacio por una amplia cama, con dosel barroco, de dos por dos metros dos sillones renacentistas tapizadas en malva y un par de amplias mesillas repletas de carpetas. La pared a la izquierda de la cabecera de la cama está formada por cinco paneles de madera lisa de un metro, los cuales ocultaban la entrada a otras tantas estancias pertenecientes a su residencia privada; el vestidor, el baño, su despacho privado y una sala de reuniones o visitas, una cocina, un comedor y el cuarto de su ayudante de cámara. Frente a la cama, dos amplios ventanales permitían que la luz del día entrase a raudales y, en la noche, la luz de la luna bañase sus cristales escondiéndose tras sus cortinas azulonas.

Desde donde se encontraba su eminencia, se puede divisar la figura circular del Castel Sant`Angelo, en el que ahora tenía puesto su mirada perdida, su edificio preferido de Roma, las piedras de sus paredes habían sido testigos mudos de sus intrigas y misterios, de sus pasiones y de sus flagelaciones, en el pasado. Era consciente de que ya no era el hombre corpulento y enérgico que había sido antaño, ahora solo era un montón de huesos y flácida piel caída colgando de ellos. En los dos últimos años ha perdido cuarenta kilos y la agilidad de sus músculos, pero no la agudeza de su mente, a pesar de las cada vez más frecuentes episodios de su repentina enfermedad, estos dos últimos días, además de aumentar su frecuencia, los dolores son más agudos, claro síntoma, de que la gran batalla estaba en su recta final, tras la cual el no volverá a ver el amanecer.

Su eminencia, el anciano cardenal, que acaba de cumplir casi un siglo de vida, noventa y nueve años, que se dice pronto, una vida cuya historia daría para escribir diez tomos. Él era consciente de que su salud se desvanecía a toda prisa, cada minuto que pasa, camino del oscuro jinete de la muerte, aunque se resiste oponiéndose con las escasas fuerzas que aún le aguantan, no porque tenga miedo a la muerte, sino porque esperaba la llegada de su querido discípulo, que había sido como el hijo que nunca ha tenido. Hacé ya dos años que no le ve. En este amanecer que empieza a asomarse por las ventanas, aguarda con impaciencia que sea el de su llegada, necesitaba hablar con él, explicarle sus dudas, sus temores, antes de que el caballero negro lo lleve, compartir la preocupación que se ha instalado en su alma y más desde los últimos acontecimientos que le han contado, porque ya los conoce muy bien, no en vano, en cierta forma, él los ha estado alimentando desde hacé años. Quería saber si realmente eran ciertos y si estaba preparado para las consecuencias.

Unos leves golpes sobre la puerta de su estancia, interrumpen sus cansados pensamientos. Sabe quién es el propietario de los mismos por la forma tan particular de llamar.

–Adelante.

Dice el anciano cardenal. Las ondas de su voz aún se están expandiendo cuando la hoja de madera maciza de la puerta se abre un cuarto de su apertura, el rostro arrugado de una mujer, vestida con los hábitos de monja, se asoma ligeramente encorvada, es sor Teresa, la gobernanta de su casa, llevan más de cuarenta años juntos. Los dos se conocen muy bien.

–Eminencia, su cena.

–Gracias, hermana Teresa. Pero no tengo hambre.

–Pues su eminencia tiene que cenar, hoy apenas ha comido y…

–Quizás más tarde hermana… Ahora…

–Excusas. Tiene que cenar antes de que llegue su visita.

–¿Qué visita?

–La que lleva meses esperando.

–¿Esta en Roma?, ¿cuándo ha llegado?

–Tenía previsto llegar a las ocho de la tarde…, così di un piccolo mentre ad un altro affittuario dal portello…

Un ataque de tos le sorprende repentinamente ante las palabras de sor Teresa. Cuando estas se van diluyendo en el cálido silencio de la habitación, aún congestionado, una tierna sonrisa se dibuja en su demacrado rostro. Su mirada irradia una serenidad y calidez que nunca antes había exhibido.

 

Lleva dos semanas, desde el mismo día que llego a Roma, prácticamente sin salir de los aposentos de su maestro, sentado en su viejo sillón a la cabecera de su cama, esperando el irremediable desenlace que debía producirse en cualquier momento. No quiere perdérselo como se perdió el de su padre. Eran las cinco de la madrugada, apenas había dormido un par de horas recostado sobre el sillón. Abre los ojos sin llegar a hacerlo del todo, el reflejo centelleante de la luz de la lampa de pie frente a su rostro ciega sus adormecidas pupilas, coloca la mano a modo de pantalla sobre su frente, mientras sus ojos se acostumbran a la luz. Apaga la luz de la lámpara con el pie y coge el mando a distancia que esta sobre la cama. Enciende el televisor de cristal líquido colocado sobre un pedestal anclado en la pared situada al margen derecho de la amplia cama y sintoniza un canal de noticias, la BBC inglesa, para ver las primeras noticias del mundo. Como de costumbre, las noticias eran nuevas pero los motivos los mismos de siempre.

–Sigue durmiendo, no te pierdes nada, la misma locura y miseria de todos los días –dice en voz alta, sacudiendo la cabeza.

Deja que el televisor siga lanzando palabras e imágenes, rellenando el silencio de la estancia. La cruza con dirección a la ventana más alejada del lecho de su anciano maestro, en sus aposentos en el Palacio Apostólico. Descorre el pesado cortinón color purpura. A través de los cristales contempla el amanecer sobre la plaza de San Pedro, rodeada por las doscientas ochenta y cuatro columnas y ochenta y ocho pilastras que la bordean en un pórtico de cuatro filas, obra del maestro Bernini.

Un Profundo y alargado suspiro se escapa de la garganta del anciano cardenal que llevaba setenta y dos horas postrado en la cama, sin apenas moverse y susurrando frases entrecortadas de hechos deslavazados ocurridos en su larga vida. Él gira la cabeza en dirección al lecho, conoce el resultado de aquel suspiro. Un frío estremecedor recorre su cuerpo, mientras unas silenciosas lágrimas comienzan a rodar por su rostro.

Abre la ventana para que el fresco aire de la mañana se apodere de la estancia y renueve el aire contagiado de muerte. El nítido concierto discordante del caótico tráfico romano llega hasta el ya agonizante cardenal, a modo de despedida. Presentía que aquella iba a ser la noche de su definitivo adiós. Su eminencia siente el húmedo aire sobre su piel, no se inmuta, continua con los ojos cerrados. Se está despidiendo de sus recuerdos.

Había vivido casi un siglo y a lo largo de el, había visto y vivido muchas situaciones a las que tuvo que adaptarse, superando monumentales y dramáticas pruebas, tomado durísimas decisiones, incluso sangrientas, para ser admitido en ese selecto grupo de los elegidos que mueven los hilos de las sombras del mundo, y, lo había conseguido siguiendo su principal norma, en silencio, guardando celosamente los secretos de los otros, convirtiendo los propios en misterio, sin perder de vista su espalda y hiendo dos pasos por delante. Pero la realidad en esa larga vida que ha vivido, es que se sentía desarraigado, aislado, perdido y muchas veces incomprendido.

Ese era su gran secreto, el que nadie conocía y el que nunca nadie descubriría. Sería el único secreto que se llevaría con él, en este último viaje, el resto de secretos se los dejaba a su sucesor para que le hiciesen fuerte, confiaba en que los custodiara como él lo había hecho.

El cardenal abre los parpados, girando levemente la cabeza y, mira la espalda de su mejor discípulo, su hijo, y dice:

–Cadens sol non acidad super iracundian vestra. (Que el sol no se ponga sobre vuestra ira)

Toma la ultima bocanada de aire, con los ojos completamente abiertos, mirando el techo mientras susurra:

–Sine pede curro, sine lingua dico… (Sin pie corro, sin lengua hablo).

CONTINUARA