El principio…del fin…El fin…del principio

Empiezo a entender y a vislumbrar que me encuentro en el lado oscuro del espejo, y que no soy más que el mero intento fallido de una realidad desconocida que empezaba a germinar de aquel rostro inerte que yacía postrado sobre la cama rehuyendo el mío. Comprendo que lo que estaba viendo, no era más que el fin de un mundo, de mi mundo, que había sobrepasado sus fronteras… hasta morir resulta difícil.

Veo como corre un líquido rojizo, espeso, por mi brazo…: ¡sangre! Escucho el sonido de su lenta carrera… Odio la sangre… Solo deseo dormir, dormir, dormir para nunca más despertar…, pero este dolor no me deja.

Abro los ojos por un instante…, y allí, ante mí, como si estuviese ante el espejo de mi vestidor, veo el reflejo. El reflejo de mi vida impreso en el cristal.

Allí está el inicio de todo, allí mí día a día, mis noches y mis largas horas de confusión, amargura y alegría. Trato de llorar pero de mis ojos no brotan lágrimas…, ya nada queda.

Los recuerdos están saliendo por el portón de mi caserío sin volverse a mirarme. Los rostros de esos recuerdos se están difuminando en la oscuridad.

Siento que todo esto es como el principio de mi fin. Es mi historia, la historia que no voy a poder contar. Que otros tratarán de hacerlo con los retales del Zendale que les he ido dejando como recuerdo. Pero no será la misma historia, será una historia parecida a la mía, ya que la protagonista soy yo misma…

La historia propia de uno, solo uno mismo puede contarla, moldeando sus sentimientos para que estos no puedan volver a herirte. Me temo que esto es el principio de la muerte. La muerte, ese oscuro y frio océano que cada día, con sus noches, ha estado batiendo sus caóticas olas alrededor de la pequeña isla soleada que es mi vida.

Ya escucho las olas de ese océano batiendo sobre mi playa. Mis ojos se están cerrando poco a poco y mi respiración se está acompasando al sonido de esas olas que avanzan y se repelen sobre la playa; escucho a lo lejos el cantar de las gaviotas, siento el aroma salino del mar, cómo baña mi cuerpo desnudo con su espuma. Me encuentro relajada y me dejo arrastrar por las olas de este oscuro y frío océano. Es el fin de una vida y el principio de la nada.

Empiezo a sentir que hay algo de aberrante en todo esto. En aquel rostro, en la propia habitación, en todo lo que me rodea, pero, sobre todo, en mi misma. Comprendo que estoy inmersa en una burla. Una burla fascinante. Brillante y retorcida…

Comprendo que las paredes, los muebles, yo misma y todo cuanto existe a este lado de la tela, es tan solo un intento frustrado frente a aquella otra realidad más exquisita y sabia, que emerge de ese rostro que rehúye el mío, como si yo fuera ese algo misterioso que me ronda.

Comprendo que lo que tengo enfrente es una ilusión, la perfecta conclusión de un mundo que ha sobrepasado mis límites.

Siento el agotamiento de mi mente, la flacidez de mis músculos, el cansancio de mi cuerpo. Siento que la luz de mis ojos se va extinguiendo y que mis párpados se van cerrando. Siento miedo de una desconocida realidad.

El cuerpo de una mujer de mediana edad, bien proporcionada, de melena rubia y piel blanca, tatuada tenuemente por los rayos del sol, yace completamente desnuda en la penumbra de una impersonal habitación de hotel. Permanece inerte, carente de todo movimiento, sobre la amplia cama de la habitación del hotel, esperando a que alguien llore con lágrimas de amargura y dolor, de las que ella carecía, su definitivo silencio, sin atreverse a decir adiós, porque sabe que también tendrá que decirle adiós a una parte de sí misma. El adiós definitivo, sin paliativos. La muerte.

¿Qué misterios encierra?

Como afirmó Beethoven en la quinta sinfonía, expresado en sus cuatro primeras notas “el destino final del hombre llamando a su puerta.” La muerte.

Sabemos lo que le ocurre a nuestro cuerpo después de la muerte, pero, ¿y al alma? Acaso el alma es el misterio de la muerte, o es la muerte el misterio del alma.

En la cálida penumbra de la habitación 459 del hotel, a la hora en punto en que la orquesta del silencio comienza el concierto sinfónico de la soledad con sus cuatro movimientos: allegro, minué, scherzo y rondo, el misterio del alma tiñe de oscuridad la habitación, dejando en el recuerdo las sombras del pasado.

 

 

 

El puro conocer no habría estado en condiciones de hacerlo. Esencia del mundo causaría en todos nosotros la desilusión más desagradable. No el mundo como cosa en sí, sino el mundo como representación, como error, que es tan rico de significado, tan profundo y maravilloso que lleva en su seno tanta felicidad e infelicidad. Quien nos desvelase la…

Friedrich Nietzsche       

FIN