SUSURROS DEL PASADO VII

“Mentir con la verdad, con todas las cartas sobre la mesa…”.

Arthur Seldom

 

»En el reflejo de su rostro pude adivinar lo que pensaba en aquellos momentos. Posiblemente, la opinión de su padre sobre Pascual le estaba influyendo. Tenía poco que perder, por supuesto. Si el trabajo de Pascual Fonseca no le gustaba, le sería muy fácil rechazarlo. Los rechazos eran la esencia de su trabajo y no tendría que pensárselo dos veces. Por otra parte, si Pascual Fonseca era el escritor que yo decía que era, publicarlo solo podría contribuir a ampliar la reputación de Alejandro Suárez dentro del mundo editorial. Compartiría la gloria de haber sacado a la luz a un gran escritor desconocido para el mundo, y podría vivir de ese golpe de suerte durante años, a la vez que ese descubrimiento, con toda seguridad, como así ha resultado ser, sería el espaldarazo definitivo para auparse con la presidencia de la empresa y un más que reconocimiento social de rebote…

»Le entregué una copia que llevaba en mi bolso, que había realizado el día anterior, del manuscrito de la novela mas literaria, por decirlo de alguna manera, de Pascual Fonseca. Le dije que Pascual se había dedicado toda su vida a escribir, que tenia varias novelas terminadas y otras sin terminar, así como poemas, y algunas obras de teatro. Pero aquella que le llevaba era la obra más interesante de Pascual Fonseca, o era al menos, la que yo consideraba más importante de todas por su extensión, su contenido y porque era, sin lugar a dudas, la novela a la que más tiempo había dedicado y la que mejor expresaba el sentir de Pascual. La más intimista, en una palabra. Así que me parecía lógico que empezásemos por ella… Y que si llegábamos a un acuerdo tendrían que hacerse cargo del resto de su obras. Que Pascual solo quería tener un único editor para sus obras.

»Me refería a la novela El hombre que susurra a los sentimientos, por supuesto. Alejandro dijo que le gustaba el título, que le parecía sugestivo, que invitaba a zambullirse en su interior. Me pidió que le hiciese un extracto de la novela y que le diese mi opinión, sin pasión, de lo que me parecía.

»Le contesté que preferiría no hacerlo, que pensaba que sería mejor que lo descubriera él por sí mismo. No quería que con mi opinión forzar la suya, ni tan siquiera moldearla. Solo quería que él, como editor, se zambullese en el interior del libro sin guía ni brújula, sin mapas y, por supuesto, sin nadie que lo llevase de la mano. Lo que quería era que la historia del libro fuese capaz de atraparlo a él en su interior, lo mismo que me había atrapo a mí…

»En el tiempo que duró la entrevista, mientras estaba hablando observaba de soslayo los gestos cambiantes que se iban produciendo en el rostro de mi interlocutor. Ya casi al final de la entrevista, observe como Alejandro Suárez levantó una ceja como respuesta, un viejo truco inglés, que probablemente había aprendido durante el largo año que pasó en Oxford, con lo que me daba a entender que no debería jugar con él. Me quedé callado sosteniendo su mirada durante unos breves minutos interminables, quería que supiera conscientemente que no era intención ni pretendía jugar a nada con él, llevándole aquel manuscrito de novela, que coloqué sobre su mesa al mismo tiempo que me levantaba de mi silla frente, diciéndole que nadie mas tenia conocimiento del manuscrito y que esperaba su respuesta para tomar una decisión.

»Salí del despacho de Alejandro Suárez dejando el manuscrito de la novela de Pascual Fonseca en las manos del editor. A la suerte de su destino. Tardó tres semanas en llamarme para citarme a una nueva entrevista. Por lo que pude atisbar o percibir a través de la conversación que mantuvimos por teléfono, las noticias no eran ni buenas ni malas, pero, al menos, por la entonación de su suave voz, en su timbre, noté que albergaba ciertas ilusiones, algo esperanzadoras…

»Lo que Alejandro me vino a decir en esa llamada era que resultaba muy probable que tuviéramos el apoyo suficiente de la editorial para sacar el libro a la luz, pero que, antes de tomar una decisión definitiva sobre qué hacer con los escritos de Pascual Fonseca, la editorial quería echar una ojeada al resto de material para valorar el conjunto de su obra, y si merecía la pena invertir en ella.

»Le contesté que no veía ningún problema en ello, que me parecía lógica y normal su petición. Que me diese un par de días para preparar algunas de las cosas que él tenía y que luego pasaría para llevarle algún otro manuscrito. Y, además, mientras tanto, aprovecharía para comentarle las noticias a su legítimo dueño para ver si estaba decidido a dar el paso definitivo.

»Acordamos que a finales de la semana siguiente, el viernes, sobre las seis de la tarde, pasaría por su oficina y hablaríamos de todo tranquilamente, y así también le daríamos tiempo al autor para que se fuese haciendo a la idea…Mentí como es evidente…

»La tarde que habíamos acordado me presenté en la oficina de Alejandro con un una memoria USB de 64 GB repleta de copias escaneadas de algunos, no todos, de los manuscritos de Pascual Fonseca. Los que a mí me parecieron más interesantes.

»Sentado frente a Alejandro, en su amplio despacho me dijo:

“–Es un libro un tanto extraño –dijo señalando el manuscrito de El hombre que susurra a los sentimientos, que se encontraba sobre su mesa–. No es en absoluto la típica novela de un escritor novel a la que estamos acostumbrados, ya me entiendes. No es típico, ni tópico en nada. Aún no tenemos del todo claro que vayamos a publicarlo, pero, si lo hacemos, quiero que sepas, y que a la vez se lo transmitas a su autor, Pascual Fonseca, que de alguna forma estamos corriendo un cierto riesgo, por lo que antes de tomar una decisión definitiva tendremos que hablar personalmente con Pascual de las condiciones.

–Lo sé. Pero ese riesgo que comentas, es lo que lo hace que sea interesante llegar a publicarlo… Y, amigo mío, sin riesgo no hay éxito ni tampoco fracaso, solo un mudo silencio y una duda perpetua en nuestra mente.

–Lo que opinamos en la editorial es que nos hemos topado con una historia bien hilvanada, con profundidad, con carga emocional y muy creíble e intimista. Una historia dentro de otras historias, que nos llevan a la verdadera historia. Quizás es algo larga, pero se podría solucionar dividiéndola en dos o tres volúmenes, si el autor está de acuerdo. ¿Crees que habrá algún problema en ello?

–El único problema que le veo, si es que se le puede llamar problema, es saber cómo se van a dividir. Seguramente, habrá que reestructurar todo.

–No necesariamente.

–Entonces, en ese aspecto no creo que haya problemas. Siempre y cuando vosotros estéis convencidos de publicar lo que él ha escrito.

–Para eso comprenderás que nos encantaría poder hablar con Pascual, para poder trabajar sobre esos diversos aspectos del encuadre del libro… Sobre todo, a mí particularmente. Hay cosas en el libro que creemos que deberían ser modificadas, o, al menos, eso es lo que piensan los redactores que lo han leído. Yo, entre ellos. Hay ciertos pasajes que deberían suprimirse o modificarse. Eso haría que el libro fuese aún más fuerte. Pero, lo que le preocupa a la dirección, por decirlo de alguna manera, es su autor, Pascual Fonseca…

–¿Qué es lo que os preocupa?

–Si Pascual está dispuesto a hacer modificaciones, o a permitir que nosotros le marquemos lo que queremos que se modifique…

–Lo que acabas de decir, creo que no es más que orgullo de editor –dije no dejándolo terminar–. A los editores os resulta difícil tener un manuscrito en vuestras manos y no atacarlo con un lápiz rojo a las primeras de cambio, os gusta poder dejar vuestro sello en una obra de un escritor novel, totalmente desconocido para el público. El hecho de poder corregir lo que otro ha escrito en un momento dado os hace sentiros como dioses. Pero, de verdad, Alejandro, te digo lo que pienso en este caso, lo que de verdad creo es que acabarás por encontrarle sentido a esas partes del manuscrito que ahora no te gustan o que no te acaban de convencer, y en su momento te alegrarás de no haberlas podido tocar.

–Nicolás, amigo mío, alguna de esas afirmaciones tuyas no son del todo exactas, ni ciertas del todo, pero, por lo demás, el tiempo lo dirá y será el que nos dé o nos quite la razón. Pero no hay duda, no hay ninguna duda de que nuestro amigo Pascual sabe escribir. He leído el libro hace dos semanas y te puedo afirmar que no me ha abandonado desde entonces. No soy capaz a quitármelo de la cabeza. Me viene a la mente una y otra vez, y siempre en los momentos más extraños e inverosímiles; andando por la calle, cuando estoy solo tomándome un café en el bar, cuando me estoy metiendo en la cama por la noche, cuando estoy viendo la televisión en casa y el programa que ponen carece de interés, pienso en pasajes del libro.

Te puedo asegurar que, por lo menos a mí, nunca antes me había pasado. Esto no sucede muy a menudo, y tú, Nicolás, lo sabes bien. Uno lee tantos libros en este trabajo, que tienden a mezclarse unos con otros. Pero este, el manuscrito de Pascual Fonseca, destaca. Hay algo muy poderoso en él, y lo más extraño es que ni siquiera sé qué es.

–Es muy probable que esa es la verdadera prueba de valor del libro No te preocupes. A mí me ha sucedido lo mismo. El libro se te graba de tal manera en la mente que no deja que te puedas librar de él fácilmente.

–¿Qué me puedes decir del resto de su obra?

–Es lo mismo –dije–. No puedes dejar de pensar en ella.

–¿Estás seguro?, ¿los has leído?

–Sí, los he leído. Los he tenido en mis manos o, mejor dicho, los tengo en mi poder.

–Creo que tal vez, es posible que, a lo mejor, hayamos descubierto algo importante…

–Estoy convencido de ello.

–Si lo que tú afirmas del resto de la obra del señor Pascual Fonseca es verdad, entonces, creo realmente hemos dado con algo que merece la pena, algo importante.

–No lo dudes.

–Las dudas en este trabajo son el pan nuestro de cada día

–En cuanto hayas visto el resto de lo que Pascual ha escrito, te quedarás completamente convencido. Aunque te advierto que alguno no es tan ascético como el que has leído.

–¿Cuándo crees que podremos tener una entrevista con Pascual Fonseca?

–Eso no va ser posible. Lo que tampoco va a suponer un problema, ya que estoy autorizado a decidir sobre los cambios o no, que se tengan que realizar en sus manuscritos. Y en todo lo relacionado con los acuerdos económicos.

–No es lo mismo, créeme. Podíamos tener problemas el día de mañana, algo a lo que no estamos dispuestos…

–Te puedo asegurar al cien por cien que no habrá ningún problema, si llegamos a un acuerdo, por supuesto.

–No dudo de tu palabra. Pero la política de la editorial es que…

–Ya te he dicho que soy la persona autorizada para…

–Sí eso ya me lo has dejado claro. Pero necesitamos conocer y hablar con él, personalmente.

–Pues eso no va a ser posible de momento. Espero que eso no sea un problema para que lleguemos a un acuerdo.

–¿Por qué?… Acaso es de esos que quieren permanecer en el anonimato… Si es así, por nosotros no habrá problema. Lo mantendremos en el anonimato hasta que él nos indique el momento en que desee salir de él… Es más, hasta publicitariamente nos vendría bien.

–Algo parecido…

–¡Oh!… lo que quieres decirme es que ese nombre no es más que un simple seudónimo…

–Tú conoces ese nombre. Le puedes preguntar a Jorge Javier.

–Ya lo he hecho. Como ya habrás supuesto.

–¿Qué te ha dicho?

–Que hace años que no sabe nada de él, que el único que podía saber algo de él eras tú, Nicolás.

–¿Le has dicho que he sido yo quien te ha traído el manuscrito?

–No, no me pareció conveniente decírselo sin antes comentártelo. Solamente le he dicho que me había llegado el manuscrito de una novela de Pascual Fonseca, por alguien que decía ser amigo de él. ¿Por qué lo preguntas?

–No, por nada en particular… Por si te había preguntado por mí. Desde que me vine de Nueva York, no nos vemos –mentí ya que había hablado con él sobre Pafo, después de la primera entrevista que tuve con Letizia. Por lo visto Jorge Javier no le había dicho nada a Alejandro.

–¿No serás tú el autor de este manuscrito? –pregunto de sopetón.

–No, no, por desgracia, no soy tan bueno con las palabras. Solo soy el mensajero, el albacea, su representante.

–¿No me estarás insinuando que está muerto?

–¡No!…, no… Bueno, la realidad es que no lo sé exactamente.

–¿Entonces de qué se trata?

–La verdad es que no sé si está vivo o muerto. La realidad es que ha desaparecido, nombrándome tutor de lo suyo.

–¡Cómo! Nicolás, ¿qué estás diciendo?

–Pues lo que oyes, que ha desaparecido.”