SUSURROS DEL PASADO VI(LA CARTA)

“Guarda a tu amigo bajo la llave de tu propia vida”.

“En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser”.

William Shakespeare

 

La carta, esa carta que durante un tiempo me había estado atormentado día y noche, vuelve a mí de nuevo, como el fantasma de un mal sueño, como si fuese el mismo día que la recibí. Pero esta vez no me coge de sorpresa, ya que soy yo el que la reclama.

“Nicolás, aunque tengas razones suficientes para cabrearte, te pido no te enojes conmigo por escribirte después de todos estos años, y sobre todo por las circunstancias de volver a aparecer en tu vida…

Así empezaba la mencionada carta… Esa cuya existencia, salvo yo, nadie conoce. –me susurra en la mente mi otro yo.

…Aun asumiendo el riesgo de que estas líneas escritas te provoquen un ataque al corazón, lo hago en pleno uso de mis facultades y teniendo muy clara la decisión que he tomado. Hace algún tiempo que decidí el llamarte por teléfono para quedar contigo y hablar cara a cara, mirándonos a los ojos, como cuando solo éramos unos niños adolescentes, no para tratar de arreglar lo nuestro, pues ya te has encargado tú, Nicolás, de que eso no tenga solución. Porque tú no sabes perdonar, eres de los que piensas que el perdón solo es una mentira idiota. Aunque los demás te hayamos perdonado a ti y hayamos derramado lágrimas de sangre por tu perdón, por tu ausencia. Porque yo soy de esos que piensan que, si uno no perdona, el tiempo lo hará por ti. Eso es lo que, seguramente a ti te sucederá, el tiempo hará que comprendas que el que perdona no tiene por qué olvidar.

Pero estas letras que forman palabras y estas, a su vez, frases que expresan un sentimiento, un estado de ánimo, un porqué, que sustituyen a mi voz, no son para que te sientas en la necesidad de aceptar el perdón de un viejo amigo, sino para contarte el motivo que me ha llevado a adoptar la decisión que he tomado hace ya algún tiempo y que siempre he ido retrasando por una razón u otra, pues no he sido capaz de hacerlo, de afrontarlo, hasta hoy. Lo hago finalmente por escrito, porqué, temo tus reproches, tus censuras, tu sentido del orden, pero más que tus reprobaciones, temo escuchar tus palabras y que estas terminen por hacer que cambie mi decisión final, que me convenzas de que cambie mi determinación. De antemano sé que vas a respetar mi decisión aunque no la compartas en absoluto y me maldigas por ello, como otras veces has hecho. Recuerdo las últimas palabras que me dijiste en el invierno del ochenta y dos: “La fuerza de un hombre reside en el poder de sus decisiones”. Y eso es lo que estoy haciendo ahora, hago lo mismo que hiciste tú aquel nefasto día de invierno. Tomar una decisión.

Como tú muy bien sabes, las palabras desde el atril dichas en plan sermón o en los discursos, no se me dan nada bien, por eso he decidido hacerlo con lo que mejor se me da, que es la palabra escrita, “el bosque animado de las letras caminando por sus sendas en alpargatas”, como tú dices. Por eso hoy tienes en tus manos, ante tus ojos, el que será, seguramente para ti, mi último baile de letras formando palabras, para que estas palabras formen frases, para que estas frases se conviertan en ideas, y que estas ideas den paso a sentimientos, que estos sentimientos te llenen de alegría o de tristeza, de odio o de felicidad, de rabia, de rencor, de sonrisas y de lágrimas. Como a mí me han llenado durante todos estos años el ver en lo que te has convertido. Sin tenerme a tu lado como nos habíamos prometido cuando aún éramos unos chicuelos en pantalón corto.

Lo primero que quiero es darte las gracias, encarecidamente, por todo lo que has tenido que hacer. Aunque la verdad, para serte sincero, es que, una vez más, de alguna manera, yo, Pascual Fonseca, tu amigo del alma, ese al que has exiliado en el desierto del olvido, te he obligado (como siempre) a hacer lo que yo he querido que hagas, haciendo lo que tú querías yo que hiciese. Sin obtener la confirmación expresa de tu voluntad, para consumarlo. Sabía, más bien, estaba en la más absoluta de las certezas de que tú, Nicolás, eras la única persona adecuada para llevarlo a donde pretendía que llegara, pero las cosas han salido aún mejor de lo que yo pensaba o me pudiera imaginar en mis mejores sueños. Sé fehacientemente, porque tengo la confirmación de ello, que has ido más allá de todo lo posible para hacerlo, por lo que, mi querido y benévolo amigo, “hermano de sangre”, Nicolás, amigo mío, muy a pesar tuyo, he contraído una deuda contigo, deuda que en esta vida no te la voy a pagar, aunque, si de cien vidas dispusiese, otras tantas veces trataría de agradecer.

Aunque, si pudiese y hubiese alguna manera de pagártela, conociéndote tan bien como creo conocerte, la rechazarías de plano, diciéndome aquella frase que me dijiste en una ocasión, al poco tiempo de morir mi padre: “Las deudas contraídas entre amigos, amigos, ni se pagan, ni se cobran, porque entiendo que entre amigos ’de sangre’ no hay deudas. Solo puede haber compromisos.”

Me estoy refiriendo, como creo que ya has adivinado, a lo que estás haciendo con mis tortuosos escritos, y por esa familia que he intentado formar, y que no he sabido o querido conservar. Otro error, otra equivocación más de mi atribulada vida, y una vez más, como cuando éramos unos adolescentes, eres mi escudero tratando de enmendar los destrozos de su desequilibrado caballero.

Letizia y el pequeño estarán muy bien atendidos, sé que los guiarás y les ayudarás, por el zigzagueante y ladino caminar de la vida, en todo lo posible. Seguramente, mucho más si cabe que quien ha sido su compañero de viaje durante unos años, pues este ha huido ante la antesala de la responsabilidad. Sí, ya sé que ante la guerra inminente del día a día he desertado, es posible que para alguno no soy más que un cobarde, pero, como muy bien sabes, lo que piensen los demás me lo paso por debajo del palio de mi tío el arzobispo. Creo que he sido más responsable eligiendo a quien creo que va a cuidar de ella y del pequeño que cualquier otro de esos valientes que se queda sin querer quedarse en esa guerra, ya que el ruido de sus disparos les desquicia, convirtiéndose en unos amargados. Por ello, sé que puedo vivir y morir con la conciencia muy tranquila ya que mi decisión ha sido la más acertada y conveniente para ella y para el pequeño. Aunque tú, el sensato Nicolás, ahora pienses que no ha sido la más pertinente de todas las decisiones que se pueden tomar, espero y deseo que ese pensamiento cambie en el transcurso de tu tiempo.

Esta carta, querido amigo, no es para dar ninguna clase de explicaciones o justificaciones de los acontecimientos que e acarreen con mi decisión, (de desaparecer). A mi madre, a mi hermana (Penélope menos que a los demás), a esa mujer que te he dejado, Letizia, que se ha sentido engañada y traicionada, a ese pequeño que nunca deseé, que ha sido el fruto de la arbitrariedad inspirado en el antojo, en el engaño, y sobre todo a ti, Nicolás. Es posible que todos os merezcáis una, pero yo no quiero ni deseo dar ninguna explicación a nadie. Recuerda: ”No preguntes lo que no quieran decir, pues es posible que lo que te digan no sea lo que tengan que decir, pero que lo digan como si fuese lo que tengan que decir”. Y mucho menos aquí y ahora. Espero que eso, al menos te quede claro, no quiero que tu mente abierta se plantee alguna suposición, o algún incierto motivo de por qué lo he hecho, nada de preguntas, nada de porqués, nada de reproches, pues ninguno de ellos va a obtener alguna respuesta. Tú ya me conoces, bien Nicolás.

Con estas palabras escritas en estos folios, solo quiero, y es mi deseo, que mi amigo, mi hermano, cumpla mi última voluntad sin enfados ni reproches, censuras ni pesares. Por eso mismo, no me queda más remedio que apelar al juramento que nos hicimos cuando teníamos seis años, en el jardín de la parte trasera de tu casa, bajo el incipiente sauce llorón que había plantado el Señor Esteban, tu abuelo, el día de tu llegada a este mundo. Apelo conscientemente a ese juramento que en su día nos hicimos, mi querido Nicolás, nuestro juramento, para poder cumplir con lo que es mi decisión meditada, y mi libre voluntad, a la vez que es mi deseo que se lleve a término.

A pesar de lo que significa el hecho en sí mismo de recibir en tu casa y con tu nombre esta carta, después de veinticinco años, siete meses, trece días y unas dieciocho horas, sin habernos hablado, ni visto, aunque yo sí te he visto en todo ese tiempo al menos un par de veces al año, a pesar del contenido que encierra este sobre y estos folios escritos a mano, de mi puño y letra, como dirían en los tiempos pasados del Renacimiento, quiero que por encima de todo me sigas considerando muerto. “Que estoy muerto y enterrado.” Como lo he estado durante todo este tiempo para ti. Pues nada es ni más, ni tan importante como el hecho en sí de que tú me consideres muerto, pues así estaré para todos. Por lo que no debes dar cuenta de estas letras que forman palabras escritas, que tienes en tus manos, que expresan mi sentimiento, mi verdad única, mi voluntad más certera. Pues yo soy el único dueño de mi destino…, el peregrino de mi camino.

Bajo ninguna circunstancia, aunque te vaya la vida en ello, no debes decirle a nadie, “a nadie”, te repito, que en algún momento has tenido noticias mías, ni ahora ni nunca…, porque no me encontrarán jamás, y, si eso ocurriese, te aseguro que tu vida será tal infierno que no desearás vivir. Hablar de la existencia de esta carta manuscrita solo te traería preocupaciones y muchos e innumerables dolores de cabeza, o sea problemas. Seguramente, el tener que dar explicaciones a preguntas para las que no tienes las respuestas, te acarrearían innumerables problemas. Sé de lo que hablo, créeme. Por lo que no merece la pena que esto vea la luz. Pero, sobre todo, no le digas nada a Letizia, nunca jamás, por descontado, no tengo que decirte que tampoco debe saber el pequeño, quién ha sido el causante de plantar la semilla de su vida en el vientre de su madre.

Convéncela para que se olvide de mí, que se olvide de que alguna vez estuvo casada…, de que no espere a alguien que nunca va a regresar a su lado… Una vez que la hayas convencido de ello, cásate con ella lo más rápido posible. Pues será algo más que habremos compartido, como cuando éramos unos mozuelos. Además, no sería la primera ni la segunda mujer que compartimos. De alguna manera te lo debo, ya que yo, en el pasado, por celos, fui el que te arrebató lo que más apreciabas… Y, además, se lo debo a las dos, a una porque se lo prometí y a la otra porque merece ser feliz.

Si te preguntas el porqué de que te cases con ella, te contesto que porque te conozco muy bien, tanto como si fueses mi hermano gemelo. Además, he visto cómo la mirabas…, tus ojos te delatan, con esa mirada tuya de océano tranquilo, fijándola en ella un tiempo más de lo habitual, ladeando la cabeza, con unos ojos que destellan como dos faros siguiendo sus movimientos, grabando su rostro. Y cómo te mira ella, con esa mirada seductora de la que se sabe poseedora, con los ojos semiabiertos te mira profunda y sensualmente bajando levemente su mentón ovalado. Sé que la querrás con el corazón y con la cabeza, pues se ve que te has enamorado de ella. Por lo que confío en que así lo hagas, por ello te doy mis bendiciones para que te atrevas a dar ese paso. Hazla feliz por mí, sé de sobra que eres capaz de ello.

Además, el pequeño necesita un padre ahora que está empezando a dar los primeros pasos en esta vida nuestra. Creo, Nicolás, que tú eres el único con quien puedo contar para que ese pequeño que ha llegado a este mundo de egos infame, y de consumismo galopante exento de un mínimo de humanidad, donde todo está envuelto en papel de cebolla, donde nada es lo que parece, pues el pasado está vivo en el presente ya que el futuro no es el lugar al que creemos que nos encaminamos, sino que el futuro no es más que una idea que está en el momento de tu mente. El futuro no es más que un ente que vamos creando y que a su vez él nos crea a nosotros. En resumen, el futuro es una fantasía que da forma a nuestro presente. Tú eres el único que le puedes enseñar las luces y las sombras de esa fantasía que es el futuro, caminando por la senda del presente.

Quiero que te ocupes de mi madre hasta sus últimos días, que no le falte de nada. No quiero que la internes en una institución de esas para personas mayores, no dejes que ella decida ir, contrata a alguien para que se ocupe de ella en su propia casa. El día en que inicie su último viaje, se muera, deseo que sea colocada en la tumba al lado de donde está mi padre. Llegado ese momento, deposita unas flores en mi nombre sobre su lápida, con una dedicatoria que diga: “El hijo que siempre te amó y te llevó en su corazón estará ahora a tu lado”. De mi hermana no hace falta que te preocupes, ni que te ocupes, pues ella ya ha tomado el rumbo de su vida, de la cual no estás invitado a participar.

Que te quede perfectamente claro y luminoso, como el agua cristalina donde tienen su nacimiento los ríos de nuestra fría tierra Leonesa, que quiero que entiendas que no me he vuelto loco, majara, como decía tu abuelo Esteban, ¿recuerdas? (al menos no más de lo que siempre he estado). Ni, por supuesto, que haya perdido el juicio por completo. Estoy más cuerdo de lo que nunca he estado. Sí es cierto que he tomado ciertas decisiones que puede que no sean entendibles, al menos, por las personas que se consideran cuerdas, pero era necesario que fuesen tomadas con cierta dosis alta de cordura por mí. Aunque sí es cierto que, con la toma de esas decisiones, lo que se ha acarreado para las personas que me han importado algo en este o en otro momento de mi vida no ha sido nada más que un sufrimiento o un padecimiento sin razón, dolor, rencor e incomprensión, que lo que les han causado mis ausencias a lo largo de mi vida, y ahora esta desaparición de sus vidas. El desaparecer de su lado ha sido lo mejor, lo más bondadoso y lúcido que he hecho en mi vida, estoy seguro de que si me quedase, solo les iba a producir más dolor y sufrimiento que el que causo con mi marcha definitiva.

Querido amigo, todo enigma tiene un precio, el cual hay que pagar en algún momento de tu vida.

Me ha complacido y llenado de satisfacción, no por mí, que los considero halagos mundanos de gente vacía ávido de historias, sino por mi madre, por mi hermana y por ti, Nicolás, comprobar que mis escritos hayan evocado tanto interés. Tú sabes, mejor que nadie, que mi intención cuando los escribía no era esa, sino más bien lo contrario. Al principio, cuando empecé a escribir, no era nada más que el divertimento de satisfacer mi gran ego personal, de poder vivir otras vidas sin vivirlas, de sustraer la vida a la muerte, de poder hablar con mi mejor amigo, invisible para los demás y visible para mí, sin que este interviniese en mis luchas, pues solo es uno mismo frente a sus miedos y a sus temores. Lo que he pretendido escribiendo ha sido hacer partícipe a ese mi otro yo, amigo invisible, si cabe, de mi más profunda intimidad, esa en la que no quieres que nadie entre ni tome conciencia de que existe siquiera, esa en la que guardas tus secretos y tus miserias, tus odios y tus miedos más íntimos. Después continúe haciéndolo para aliviar mi dolor, por no ser sincero con las personas que me han importado, y a las que les he importado. Y que he apartado o echado de mi lado, de alguna manera premeditada, para poder así alimentar mi soledad interior, algunas veces también exterior.

No soy más que un habitante de un mundo incierto, amigo, marido, hermano e hijo de aquellos otros que se entregan en las regiones infernales del perverso placer de los secretos escondidos en las sombras de su soledad, vestidos con el Zendale de la filosofía cotidiana, de los mensajes de situaciones embarazosas con infinitas divagaciones, que para alguno son inspiradores de momentos de poesía, como la aureola de su ego.

Cuando apareció en el horizonte de mi vida esa mujer que has conocido, Letizia, un movimiento sísmico desplazó mi cuerpo por algún breve y corto espacio de tiempo… esa es otra historia que no deseo contar ahora; la dejaré para que la descubras entre mis escritos…

Ella leyó alguno de los manuscritos y, tras su gradual insistencia (como solo las mujeres saben hacerlo), tomó cuerpo la idea de publicar, una palabra que me produce escalofríos y resquemor, pero la verdad es que… nunca tuve la más mínima sospecha de que algo así pudiese suceder… Pues, querido amigo mío, todo eso me resulta tan lejano que parece que hayan pasado cien años. Escribir libros pertenece a mi otra vida, y pensar en ello ahora me deja frío, prácticamente congelado. He perdido todo interés en seguir haciéndolo. El Pascual Fonseca escritor está muerto y enterrado.

Ten por seguro que no es mi intención, ni en estos momentos, ni nunca lo será, reclamar los intereses que han dado esos folios dibujados con palabras mías, las cuales no son más que simples signos de mi otra vida. Os lo doy gustosamente a ti, Nicolás, a Letizia y a mi madre y hermana, es una forma de compensar el sufrimiento que he causado. Creo, y estoy convencido de ello, que escribir fue una enfermedad que contagió mi sangre y que me aquejó durante mucho tiempo, pero ya estoy repuesto de ella. Como te he dicho anteriormente, ese Pascual Fonseca está muerto y enterrado.

Nicolás, también quiero comunicarte hoy con esta carta que tienes ante ti, que justamente cinco años después del día de mi desaparición, el trece de octubre de 1999, será el día en que deje este mundo, pues habré dejado de existir como Pascual Fonseca. O sea, que ese hecho tendrá lugar el trece de octubre de 2004. Por lo que resuelvo la siguiente resolución:

“Yo, Pascual Fonseca Puzol, ciudadano español, nacido el 29 de febrero de 1958 en la ciudad de León, y con plenas facultades físicas y mentales, siendo consciente como soy de la resolución que he tomado, siendo el juez de mi existencia, la cual juzgo en la sala de la audiencia de mi vida, he dictado este laudo como sentencia condenatoria contra mi propia persona, Pascual Fonseca Punzol, y contra la que no cabrán ni habrá lugar recursos o apelación alguna, por parte de los implicados en este proceso, para su suspensión”.

Mi querido amigo, te ruego, te suplico, si es preciso, que por ningún medio trates de buscarme. Yo no tengo deseo alguno de ser encontrado, ya que considero que tengo todo el derecho del mundo a vivir el resto de mi patética vida, como yo crea, de la manera y forma más oportuna. Ese derecho es el que me han dado las diosas del destino el día que vine a este mundo. Nicolás, sabes muy bien, tú mejor que nadie, que me repugnan sobremanera las amenazas, pero no me queda más remedio que hacerte esta advertencia, muy seria y poniendo todo mi énfasis en ella: si por algún remoto milagro, de esos que alguna vez existen, consigues dar conmigo, encontrarme, antes de la fecha final de mi existencia, te aseguro, te prometo, por la amistad que en algún momento nos hemos procesado, que “te mataré” personalmente.

Nicolás, ten la plena seguridad de que jamás volveré a ponerme en contacto contigo. Mi querido amigo, a partir de este preciso instante, en este momento, yo, tu amigo, tu hermano “de sangre” desde el principio de nuestras vidas, te libero de la sombra de su presencia en tu vida, escondida entre tus propias sombras.

Nicolás, te deseo una feliz y larga vida contigo mismo. Yo me alegro de que todo haya sido como ha sido, ni planeándolo podía salir mejor. Has sido siempre mi mejor amigo, aunque tú me hayas exiliado en el desierto de tu olvido, eres mi mejor amigo, mi único amigo. Tú has sido mi confidente, mi amor perdido, y yo simplemente he sido tu pesadilla.

Tengo la certeza y la esperanza, la única esperanza real, de que nunca dejarás de ser el que eres, con tus miedos y misterios, tus dudas y afirmaciones, tus verdades y tus mentiras, lo real y lo irreal de tu existencia, pero siempre serás el que siempre has sido y eres…

Tú sabes que lo mío, como siempre, es otra historia…

Nicolás, deséame suerte, hasta que nos veamos en la tercera dimensión.

Saludos.