“El sendero de nuestro propio cielo pasa siempre por la voluptuosidad de nuestro propio infierno…”.

Federico Nietzsche

He llegado a la conclusión de que mi vida, la pasada, la presente y la futura, no es más que un río caudaloso de sensaciones, una autopista con curvas, a derecha e izquierda, subidas y bajadas, cambios de rasante y peraltes. Pero, sin lugar a dudas, mi vida, esa que tan pronto aborrezco como estoy deseando exprimir, es mi incansable amiga. Esa amiga que me recrimina y me alaba por igual, que con toda seguridad se irá cuando ya nada más me pueda pasar en ella, pues su proyecto se habrá agotado.

SUSURROS DEL PASADO IV

»Las relaciones entre Pascual y su madre se volvieron tensas, lo contrario que con su padre. Ella se aferraba a él en busca de apoyo, actuando como si el dolor de la familia le perteneciera solo a ella. Pascual Fonseca tenía que ser el fuerte en aquella casa; no solo tenía que ocuparse de sí mismo, sino que también hubo de asumir la responsabilidad de su hermana pequeña, que solamente tenía once años en aquel entonces. Pero esto trajo otra serie de problemas, porque Penélope era una niña inestable, de la que oficialmente se hicieron cargo, después de la muerte del señor Fonseca, una tía abuela soltera algo mayor que su madre y su tío cura. En cuanto al padre de Pascual, el señor Alfredo Fonseca, los recuerdos que mantengo de él en mi memoria son escasos y poco puedo decir con certeza al respecto.

»El señor Alfredo Fonseca, era como un mensaje cifrado para mí, un hombre silencioso, de abstraída condescendencia, al que nunca llegué a conocer bien. Mientras mi padre solía estar en casa después de su trabajo, especialmente los fines de semana, a excepción de sus salidas al casino o de sus fines de semana de caza, al padre de Pascual raras veces lo veíamos en ella. Era un juez de cierto prestigio, que, en su época de recién salido de la facultad de Derecho, había tenido ciertas ambiciones políticas, pero estas habían acabado, todas ellas, en una serie de decepciones. Generalmente trabajaba hasta tarde, llegaba a casa a las nueve o diez de la noche, a menudo pasaba el sábado y parte del domingo en su despacho. Dudo mucho que supiera entender a su hijo, porque parecía un hombre al que le gustaban poco los niños, alguien que había perdido todo recuerdo que tuviese de haber sido niño alguna vez. Don Alfredo Fonseca era tan absolutamente adulto que se encontraba tan inmerso plenamente en asuntos serios como para preocuparse por los asuntos de su casa. Para eso tenía a la señora Beatriz, su esposa. Por lo que me imagino que le resultaba difícil no considerar a los niños criaturas de otro mundo.

»No había cumplido los cincuenta años cuando murió. Durante los últimos cuatro meses de su vida, después de que los médicos perdieran la esperanza de salvarlo permanecía encerado en su casa, por la mañana tumbado en la cama de su habitación, y por las tardes sentado en su despacho, mirando por la ventana a la gente que pasaba por la plaza de San Isidoro y la vieja muralla sobre la que sobresalía la torre de la basílica de San Isidoro, leyendo algún que otro libro, o la prensa local que Pafo le había comprado; tomándose sus analgésicos, adormilándose. Aunque yo solo puedo especular sobre lo que sucedió, deduzco que las cosas cambiaron entre ellos. Por lo menos, lo sé, tengo la certeza de cuánto se esforzó Pascual en conseguirlo, faltando a menudo a clase para estar con él, tratando por todos los medios de hacerse indispensable, custodiándolo con resuelta y abnegada dedicación. Era algo terrible, arduo para Pascual Fonseca, quizá demasiado para él, aunque parecía llevarlo bien, reuniendo el coraje que solo es posible en los muy jóvenes. A veces me pregunto si logró superarlo alguna vez.

»Recuerdo con cierta emoción el final de los días de Alfredo Fonseca. Al final de su periplo, completamente al final, cuando ya nadie esperaba que el padre viviera más de unos pocos días, Pascual y yo nos fuimos a dar un paseo en el coche de su padre, que cogimos sin permiso, al salir de clase, una tarde de viernes. Era abril, al cabo de unos minutos empezó a nevar ligeramente. Condujimos sin rumbo, adentrándonos en la comarca de la Maragatería, cruzando, el Páramo y los pueblos de la ribera del Órbigo; San Miguel, San Martín, Veguellina de Órbigo. Era un camino de tierra rojiza que ascendía lentamente hacia las montañas de León, donde los rosales silvestres, las encinas, las matas de flores moradas y amarillas se empeñan en pegarse al suelo. Llegamos a Astorga, ciudad que conocíamos muy bien ya que algún que otro sábado habíamos estado en sus salas de fiestas, nacida del campamento romano de la “Legión X Gemina” a finales del siglo I a. C. Recorrimos la ciudad prestando poca atención a lo que nos rodeaba. Solo hablábamos, recordando nuestras peripecias y lo que haríamos el curso siguiente. Cuando estábamos allí, en Astorga, paseando por una de las calles que bordea la vieja muralla, nos encontramos de frente con un camposanto; la puerta estaba abierta y sin ninguna razón especial que nos obligara, decidimos entrar, empezamos a caminar entre las tumbas. Especulamos sobre cómo habrían sido aquellas vidas que indicaban las inscripciones sobre las lapidas, nos quedábamos unos minutos callados anta alguna de ellas, volvíamos a dar unos pasos más hablado de la muerte y de la vida, filosofando. Mientras estábamos caminando por el cementerio, nevaba intensamente y el camposanto se estaba poniendo blanco. En algún punto de aquel necrópolis había una tumba recién excavada, Pascual y yo nos detuvimos al borde y miramos hacia abajo. Recuerdo lo silencioso que estaba todo, solo roto por el leve siseo de la nieve al caer, tenía la sensación de lo lejos de nosotros que parecían estar el mundo. Durante diez minutos ninguno de los dos abrió la boca, al cabo de ese tiempo, que me pareció eterno, Pascual dijo que le gustaría ver cómo se estaba en el fondo. Me sorprendió, pero tampoco puse impedimento para que no hiciese lo que estaba pensando, le di la mano y lo sostuve con fuerza mientras él descendía a la fosa. Cuando sus pies tocaron la tierra me miró con la cabeza levantada y una media sonrisa, se encogió sobre sus rodillas para luego dejarse caer de espaldas en su interior entrelazando sus manos sobre su pecho, fingiendo estar muerto… Ese recuerdo está aún completamente vivo para mí, y creo que siempre me acompañará; mirar a Pascual Fonseca mientras él miraba al cielo, con sus ojos entrecerrados, parpadeando porque la nieve le caía en la cara… Algo surrealista, extraño, estaba pasando entonces en aquella tumba abierta bajo la nieve…Pascual estaba solo allí abajo, solo con sus pensamientos, con sus sentimientos, viviendo aquellos momentos en soledad, y aunque yo estaba presente, el suceso estaba sellado para mí, como cuando se encerraba en su caja de cartón, como si en realidad no estuviese allí de pie, bajo la nieve que. Mirándolo allí abajo tumbado, comprendí que aquella era la manera que tenía Pascual de imaginarse la muerte de su padre. Era pura casualidad o el destino; la tumba abierta estaba allí como esperándolo, y Pascual había sentido que lo llamaba…

»Permanecí allí esperando a que Pascual decidiera salir de donde se encontraba, tratando de imaginarme lo que estaba pensando, cerré los ojos intentando ver lo que Pafo veía, lo que sentía, y solo vi oscuridad. Entonces levanté la cabeza hacia el oscuro cielo invernal y todo era un caos de nieve que caía rápidamente sobre mí…

»Cuando echamos a andar hacia el coche, la luz del día comenzaba a ocultarse. Salimos del cementerio apresuradamente sin decirnos ni una palabra. Había varios centímetros de nieve en el suelo y continuaba nevando, cada vez más intensamente, como si no tuviese el cielo la intención de dejar de hacerlo en algún momento. Llegamos al coche, nos metimos dentro, y contra todas nuestras expectativas e intenciones, no pudimos arrancarlo. Las ruedas traseras estaban atoradas en una zanja nevada y nada de lo que hacíamos daba resultado, las ruedas seguían girando inútilmente con aquel quejumbroso ruido del motor. Pasó media hora y tuvimos que renunciar, decidiendo de mala gana abandonar el coche.

»Hicimos autostop bajo la tormenta de nieve y pasaron dos horas más hasta que finalmente llegamos a casa completamente empapados de los pies a la cabeza. Solo entonces nos enteramos de que el padre de Pascual había fallecido durante la tarde. Pascual no pudo despedirse de él, lo que de alguna manera le ha marcado el resto de su existencia…

La sonrisa que se dibuja en mis labios ante el recuerdo de este pasaje de mi vida, se desvanece en su nacimiento convirtiéndose en un mohín, mientras una incómoda pesadumbre trepa sobre mis hombros. Todos esos momentos hace tanto tiempo que sucedieron que solo me queda el simple recuerdo, en una tarde nostálgica o en un día como el de hoy.

Por aquel entonces, yo no era plenamente consciente de lo que nos sucedía, las cosas, los acontecimientos sucedían sin más, y nunca hubo nada específico que yo pudiera señalar. Si acaso algún que otro reproche. Siempre he pensado, aunque nunca lo haya reconocido, de que un fuego inextinguible mantenía vivo a Pascual dentro de mí. Si la palabra envidia es demasiado fuerte para lo que estoy tratando de expresar, entonces lo llamaría sospecha, quizás un sentimiento secreto de que Pascual era de algún modo mejor que yo. En mi esfuerzo por recordar las cosas tal y como fueron realmente, veo ahora, con el paso inexorable del tiempo, que también tenía reservas respecto a Pascual Fonseca, que una parte de mí siempre se resistió a él. Creo que nunca me sentí totalmente cómodo en su presencia. Cuando era joven no tenía la seguridad necesaria para enfrentarme a esta realidad que sentía, me escondía detrás de una máscara, quería ser otra persona. Quería esconderme para aprender a ser otro. Pero, cuando he cumplido los cincuenta, me he dado cuenta de que esa mascara era yo mismo…

”Las historias solo les suceden a quienes son capaces de contarlas”.

Alguien dijo esta frase alguna vez, no recuerdo quién. De la misma manera, pienso que, quizás, las experiencias solo se les presentan a quienes son capaces de tenerlas. Pero esta es una cuestión difícil y contradictoria al mismo tiempo. Hoy no puedo estar seguro de nada…

SUSURROS DEL PASADO III

“Algunas veces queremos regresar al pasado, pero en el futuro… querremos regresar, más veces, al presente.”  

 

Desde que el nombre de Pascual Fonseca ha aparecido en escena, algo en mi interior se mueve inquieto, tratando de apoderarse de mi mente. En este instante tengo la extraña convicción-sensación, que a veces sentimos, de que alguien que ha estado en nuestras vidas en el pasado, en un momento determinado, retorna de ese pasado para hacerse realidad en el presente.

En este caso, mi querido amigo Pascual Fonseca. Pafo

Mi mirada nerviosa recorre la habitación intuitivamente, tratando de hallar alguna cámara que me esté observando, no quiero testigos, ya que mis recuerdos, como caballeros andantes de la corte del reino pretérito, pretenden sentarse en la mesa redonda de mi mente para interrogarme con sus preguntas. No hallo nada que perturbé mi mente, me encuentro solo en esta sala. Desde que he tomado la decisión de desechar la idea, en la que llevaba enfrascado desde hacía ya casi tres años, de escribir sobre la vida de mi amigo, me siento más tranquilo, menos irritable, en una palabra, más feliz de lo que hacía tiempo me había sentido. En la tarde en que toda la documentación que había localizado y atesorado durante esos tres años, fue depositada en los estantes de las palabras perdidas, mi vida se ha simplificado, se ha reducido a un claro problema, al que ya le he hallado su solución. Pero, en la madrugada de este día, todo se ha convertido en una enorme pesadilla, mi mente se encuentra inmersa en la “teoría del caos”, en la que braceo a contracorriente para poder salir de el, se me antoja una ardua tarea. Siento la necesidad de que mi conciencia cabalgue libremente por la pradera y por el desierto de mis recuerdos.

Aunque Fonseca siempre ha estado presente en mi vida, en un rincón de mi mente, tratando de gobernar mi destino. Creo que Pascual Fonseca es el punto de partida, donde todo empieza para mí…, es muy posible que sin él yo apenas supiera quién soy…

La ausencia de respuestas a mis preguntas me está haciendo viajar a ese mundo interior de mi conciencia como si fuese la de otro; el miedo a la verdad de mis preguntas es el que me hace que comience a vagar por los recuerdos de mi pasado sin yo proponérmelo, como si de un caballero andante se tratase en busca de su Dulcinea…

La mente es un monstruoso misterio, uno está convencido de que tiene un recuerdo, pero en realidad es el recuerdo el que te tiene atrapado a ti.

…Nos conocimos, incluso, antes de que supiéramos hablar. Siendo unos simples bebés con pañales gateando por la hierba del jardín trasero de la casa de mis padres. En la plaza de San Isidoro, entre las calles Sacramento y Fernando G. Regueral. Recuerdo que antes de que cumpliésemos los cinco años…

»Cuando a mi mente acuden los recuerdos de mi infancia, veo a Fonseca a mi lado. En los fotogramas de esos recuerdos, aparece la figura de dos chiquillos que salían de su casa corriendo, después de haberse llenado los bolsillos de migas de pan, que habían sisado en la cocina sin que nadie los viese, para ir a sentarse en la plaza de las Palomas en el bordillo de su fuente, y meter sus pequeñas manitas en los bolsillos de sus pantalones cortos sacando un puñado de migas de pan entre sus dedos, lanzándolas por encima de ellos para que acudiesen raudas las palomas sobre nuestras cabezas y hombros encogidos para picotear las migas de pan a nuestro alrededor, cuando estábamos abordados por el revoloteo inquieto de las palomas, Pascual y yo nos mirábamos a los ojos, con una sonrisa pícara de complicidad dibujada en nuestros rostros. Haciendo al unísono un brusco movimiento con nuestros diminutos cuerpos para que estas emprendieran su nervioso vuelo repentinamente. Los dos con la boca entreabierta y la amplia sonrisa dibujada en nuestros infantiles rostros, mirando como las palomas revoloteaban dando círculos nerviosos sobre nuestras cabezas, hasta que cansadas de su aleteo se posaban con sutileza sobre la torreta de la fuente. O como, con zalamerías de chiquillos ingenuos, convencíamos a mi tata, Herminia, para que los sábados por la tarde nos llevasen a la plaza del Trigo a ver el teatrillo de marionetas… Cómo lo disfrutábamos.

»No éramos más que dos inocentes chiquillos de lo más corrientes, descubriendo el espacio que nos rodeaba y exprimiendo su tiempo. A los dos se nos rompían las rodilleras de nuestros pantalones de estar casi siempre de rodillas sobre el frío suelo de piedra o de tierra, algo que nos había costado más de una colleja de nuestras madres. Si uno llevaba un jersey con coderas de eskay, al otro día el otro también las llevaba, Si a uno le compraban unos zapatos Gorila, el otro insistía hasta la saciedad, para que se los comprasen.

»Leíamos las historietas de los tebeos, de Zip y Zape, El Capitán Trueno, Mortadelo y Filemón, Tintín, Carpanta, El botones Sacarino, juntos tirados sobre la alfombra de su habitación. Hacíamos apuestas a ver quien hacía más ruido sorbiendo la sopa o el puré de garbanzos, que detestábamos, y cuánto tardaban en ser el primero al que le diesen un capón, cuando eso sucedía, el otro se burlaba sacándole la lengua y haciéndole muecas, lo que suponía un nuevo capón… No éramos más que dos niños corrientes con ansias de descubrir los misterios de la vida.

»Él era quien estaba conmigo, y yo con él. Con quien compartía las horas del día y los sueños de la noche, a quien le confesaba mis secretos, y él me confesaba los suyos, él era a quien veía cada vez que apartaba la vista de algo, espiándome…

»Ahora mismo, con el paso de los años vividos, tomo conciencia de que el hombre vive y muere, lo cual no deja de ser una obviedad. Pero no es menos cierto que lo que sucede entre estos dos puntos extremos, la vida y la muerte, tiene sentido. Aunque la realidad es que solo tiene sentido en el momento preciso en que se está desarrollando, el presente, después de ese momento, su sentido se pierde en el empedrado sendero del pasado, mientras caminamos altivos hacia la oscura senda del incierto futuro…

SUSURROS DEL PASADO II

Un escalofrío gélido, helado, recorre mi columna ante la percepción del inminente recuerdo en mi mente de la verdadera ruptura con Pascual Fonseca. Sacudo deliberadamente mi cabeza, pues no quiero que ese recuerdo invada mi conciencia en estos momentos. Solo quiero recordar el entusiasmo de mi infancia con Pascual, el frenesí de nuestra amistad. Por lo que mi memoria vuelve atrás en el tiempo para trasladarme a cuando era un niño de seis años…

»Llevábamos una vida muy protegida en nuestro barrio en el centro de la ciudad vieja, entre murallas románicas y el gótico clásico de la catedral, correteando entre las callejuelas cuyo empedrado resoplaba historia, sintiéndonos de alguna manera unos caballeros del siglo XVI. La ciudad nueva estaba a sólo treinta metros, solo teníamos que cruzar la muralla para adentrarnos en ella, podría haber sido la mejor ciudad, la más bella de Europa, le hubiésemos prestado la misma atención, considerando lo poco que tenía que ver con nuestro pequeño mundo.

»Nuestras familias eran vecinas, nuestros jardines sin valla divisoria en medio se unían en una ininterrumpida extensión de césped, grava y tierra, con árboles frutales por los que trepar, como si perteneciera todo ello a la misma casa. Nuestras madres eran íntimas amigas desde niñas, nuestros padres jugaban juntos al dominó los sábados por la tarde en el casino. Los dos teníamos hermanos menores; por lo tanto, puedo decir que disponíamos de unas condiciones ideales para mantener una amistad, sin nada que se interpusiera. Nacimos con menos de unas semanas de diferencia, y cuando éramos bebés estábamos siempre juntos en el jardín, explorando la hierba a cuatro patas, arrancando las flores, poniéndonos de pie y dando nuestros primeros pasos el mismo día (hay fotografías que lo demuestran), aprendimos juntos a jugar al baloncesto y al fútbol. Construimos nuestros fuertes, jugamos a nuestros juegos, inventamos nuestros mundos en aquel jardín, y luego con el despertar de la pubertad vinieron los paseos por la ciudad, las largas tardes en bicicleta por el parque de Papalaguinda, las interminables conversaciones acerca de lo que seríamos o haríamos de mayores.

»Me sería imposible conocer a alguien tan bien como conocía a Pascual en aquel entonces. Mi madre recuerda que estábamos tan unidos que una vez, cuando teníamos seis años, le preguntamos a la Tata, si era posible que dos hombres se casaran. La pobre debió de escandalizarse ante tal pregunta. Queríamos vivir juntos cuando fuéramos mayores, y ¿quién hacía eso sino los matrimonios? Queríamos tener una casa grande en el campo. Como decía él, un sitio donde el cielo de la noche estuviera lo bastante negro para tirarnos sobre la hierba del jardín y poder observar todas las estrellas. Donde pudiéramos cuidar de los animales que quisiéramos tener. Soñábamos con lo que seríamos de mayores. Pascual Fonseca iba a ser astrónomo, veterinario, medico, poeta o escritor, yo iba a ser ingeniero de Caminos, arquitecto, arqueólogo, astronauta, físico, matemático. Dependía del día. Sin embargo, Pascual Fonseca sufrió un cambio en algún momento de la adolescencia. Dejaron de interesarle los libros, por lo menos no tanto como cuando era un niño, lo contrario que a mí, que empezaron a interesarme. Cuando le pregunté a qué se debía ese cambio repentino, me dijo: “Tengo que encontrar la belleza y la felicidad para estar un minuto en el paraíso y, para ello, tengo que vivir otras emociones que no encuentro en los libros.”

»En el fondo, el Fonseca que yo conocí puedo decir que no era una persona atrevida, por naturaleza. No obstante, había veces, se convertía en otra persona, sorprendiéndome ese deseo repentino de meterse en situaciones peligrosas. Una necesidad obsesiva de ponerse a prueba, de correr riesgos, de bordear los límites de las cosas. Detrás de toda su aparente serenidad y aplomo, había una gran oscuridad a la que solo tenía acceso él.

»En una ocasión, cuando tendríamos unos dieciséis años, nos convenció para que pasar un fin de semana en Madrid. Mentimos en casa diciendo que nos íbamos de fin de semana a esquiar a San Isidro. Aquel fin de semana deambulamos por las calles del viejo Madrid, por Chueca, Chamberí, Gran Vía, el parque del Retiro, Puerta de Sol. Dormimos en un banco en la vieja estación de Atocha, hablábamos, más bien él, con la gente que nos encontrábamos por los bancos de la estación, animándoles a que nos contasen sus historias con la escusa de que era para la revista del colegio. Recuerdo que nos emborrachamos bebiendo anís, que habíamos tangado de una tienda de comestibles, en Chueca, horas mas tarde en el Retiro, vomitamos en el césped el anís y lo que no era anís, llevándonos como recuerdo un buen dolor de cabeza, y un tremendo retorcijón de vientre. Para Pascual Fonseca aquello era esencial –un paso más para comprobar cuánto valías–, pero para mí, era únicamente sórdido y sin sentido, una miserable caída en algo que, que yo no quería, ni realmente deseaba. Sin embargo, continuamos acompañándolo en otras salidas de fines de semana, en las que íbamos a donde no decíamos que íbamos y no estábamos donde decíamos que estábamos. Yo era un mero testigo perplejo y mudo, pero no ciego, que participaba consciente o inconscientemente en una búsqueda apasionada del nada y del todo, en la búsqueda del momento, del instante, sin sentirme plenamente parte de ella. Un Sancho adolescente a horcajadas en mi burro, viendo como mi amigo, el “caballero don Quijote” batallaba consigo mismo, con sus molinos de viento, solo visibles por él.

»Recuerdo que, dos meses o tres después de nuestro fin de semana de vagabundos, Pascual me llevó a una casa de citas que había en León hacia las afueras, al otro lado del rio, cerca de la estación y del hostal San Marcos (un conocido suyo había concertado la visita), fue allí donde, con total seguridad, perdimos nuestra virginidad, al menos yo, podríamos decir. Porque hasta aquel día toda mi experiencia con una mujer se había resuelto a algún que otro morreo con Pilarin y algún toqueteo de sus pequeñas y redondas tetas metiendo la mano por debajo de su blusa cerrada.

»Recuerdo que era un pequeño apartamento en la calle Astorga, formado por una cocinita y un dormitorio oscuro dividido en dos, con una delgada cortina que los separaba. Había dos mujeres morenas, una gorda y mayor, y la otra, joven y guapa. Puesto que ninguno de nosotros quería a la vieja, tuvimos que decidir quién iría primero. Si la memoria no me falla, salimos al vestíbulo y echamos una moneda de cinco pesetas al aire. Ganó Pascual, por supuesto. Dos minutos más tarde yo me encontré sentado en una banqueta de formica verde resquebrajada, en la cocinita, con la madame gorda. Ella me llamaba “cielito” y “cariñito” mientras me recordaba cada cinco minutos que seguía disponible, a la par que se masajeaba sus voluminosas tetas que sobresalían por su estrecho corpiño de color granate, por si cambiaba de opinión. Yo estaba demasiado nervioso para hacer nada que no fuera negar con la cabeza, por lo que me quedé allí sentado, escuchando la intensa y rápida respiración de Pascual al otro lado de la cortina. Solo podía pensar en una cosa, que mi picha, sin estrenar en esos menesteres, estaba a punto de entrar en el mismo sitio donde estaba ahora la de Pafo. Luego me tocó el turno a mí, hoy todavía es el día en que no tengo ni idea de cómo se llamaba la chica, ni cómo diablos me baje los pantalones. Se podía decir que era la primera mujer desnuda a la que yo tenía ante mis ojos, con sus voluptuosos pechos al aire, su braguita negra cubriendo su pubis, sus largas piernas con unas medias negras, sujetas por un ancho liguero, que le llegaban hasta sus regordetes muslos. Allí de pie, delante de aquella mujer, se encontraba un jovenzuelo inexperto temblando como un junco y con más miedo en el cuerpo que otra cosa. Ella se mostraba tan desenfadada y cordial respecto a su desnudez que las cosas podrían haberme ido bien si no me hubiera entrado un pánico atroz que me dejó paralizado, el sudor caía por mi rostro y mi cuerpo estaba empapado de un sudor frío que sentía a través de mi ropa, fui incapaz de hacer algo por mí mismo, a duras penas pude desabrocharme los pantalones, demasiado nervioso para acertar con los botones. La chica fue encantadora e hizo todo lo que pudo por ayudarme a relajarme, me guio en lo que debía hacer. Fue una larga y desesperada lucha, que no dio los frutos esperados, pues antes de que pudiese colocar mi miembro entre las piernas de ella, según me iba indicando, un blanquecino chorro de líquido viscoso se estrelló entre sus tetas, mientras descubrí el jocoso rostro de mi amigo, entre la cortina que hacía de puerta, con una burlona sonrisa donde centellaban sus blancos dientes. Después, cuando salimos a la calle entre las mortecinas luces de las farolas, yo no tenía mucho que decir, más bien no dije nada, Pascual, sin embargo, parecía bastante contento, como si la propia experiencia hubiera confirmado, de algún modo, su teoría acerca de saborear la vida.

»O cuando un par de fines de semana después de lo del incidente de la calle Astorga, cogimos prestado el seiscientos del padre de Carlitos y los cinco, Carlos, Delfín, José, Pascual y yo, nos fuimos a un club de alterne a la entrada de Benavente, donde nos encontramos con ciertos personajes influyentes de la sociedad leonesa… La bebida se nos fue de las manos, más bien, se nos fue por el gaznate calentándonos la cabeza, lo que nos llevó a preparar un buen sarao que hizo que pasásemos la noche en el cuartelillo. Me di cuenta entonces de que aquel Pascual Fonseca era mucho más voraz de lo que yo podría serlo nunca.

»Al llegar a los diecisiete o dieciocho años, Pascual se convirtió de pronto en una especie de exiliado interior, dentro de sí mismo, que realizaba los gestos de una conducta sin estridencias, era un rebelde obediente, pero aislado de su entorno; de algún modo, despreciaba, con su nueva actitud, la vida que se estaba viendo obligado a vivir. No se mostraba difícil ni exteriormente rebelde, sencillamente se retrajo. Como les sucede a muchas personas dotadas, llegó un momento en que Pascual Fonseca ya no se conformaba con hacer lo que le resultaba fácil. Habiendo dominado a una edad temprana todo lo que se le pedía o esperaba de él, probablemente era natural que empezase a buscar desafíos en otro emplazamiento, en otro espacio. Dadas las limitaciones, impuestas por él mismo, de su vida como alumno de bachillerato en una ciudad pequeña, el hecho de que encontrara ese otro sitio dentro de sí mismo no es sorprendente ni insólito…

 

–Pero había algo más que eso –me digo en voz baja.

Creo…, al menos, después de estar, durante estos últimos tres años, hurgando en una vida, en que las luces y las sombras están bien definidas, aunque entremezcladas entre sí, bajo ese cielo gris plomizo en el que Pafo se había instalado.

LA AMAZONA

Un blanco corcel, majestuoso,

con su trote ligero

inca sus firmes patas

en la esponjosa huerta.

Sobre su lomo

cabalga una amazona,

con mano firme,

con sutil firmeza,

quien con sapiencia guía

al bravo corcel blanco.

Cabalga la amazona,

Sunsaneta,

por la mullida huerta

llena de color,

empapándose del aroma

de sus alcachofas,

de sus berenjenas,

de sus bachoquetas,

cabalga la amazona

Sunsaneta.

Oteando el horizonte de la huerta,

con sus surcos, ni rectos,

ni curvos,

solo ondulados,

como la rebelde agua

de la acequia empapa la huerta.

El blanco corcel

con su trote ligero

sigue las indicaciones

de la amazona,

Sunsaneta,

no utiliza la fusta,

no lo necesita

el lo sabe,

ella lo sabe,

solo el ligero tamborilero

de sus dedos sobre el cuello

del blanco corcel,

es suficiente para

que el corcel comprenda

a la amazona

Sunsaneta.

Cabalga la amazona,

Sunsaneta,

a lomos de su corcel blanco

cortando el viento,

aquí de Levante,

allí de Poniente,

queriendo llegar

al encuentro de sus amores

que corretean

entre el jardín de su alquería.

 

En el amanecer

de un nuevo día

espera a la amazona

Sunsaneta,

a lomos de su corcel blanco

mientras el agua

de la albufera

inunda la huerta,

para por última vez

cabalgar a trote ligero

sobre las aguas,

perdiéndose

con su corcel blanco

en el horizonte

de la albufera.

 

Caballo andaluz mostrando el paso español. IMAGEN DE WIKIPEDIA

 

LA MUERTE

Un corcel azabache

espera ensillado

ante mi puerta

al jinete

de mi sombra.

 

El corcel azabache

siente sobre su lomo

el ligero peso

del jinete

de mi sombra.

 

El corcel azabache

bailotea inquieto,

nervioso, agitado,

con rítmicos meneos,

de ballet,

la demora

del jinete

de mi sombra.

 

El corcel azabache

corta el viento, portando

sobre su lomo

al jinete

de mi sombra.

SUSURROS DEL PASADO

“A veces nos pasamos la vida sin dar importancia a los hechos que nos acontecen en un instante. Y, de pronto, en uno de esos sucesos que acontecen, toda nuestra vida se cierne en un instante. En ese momento en que tu vida se vuelve del revés, para transformar el presente, el pasado y el futuro en un simple instante en el que no sabes qué hacer.”

 

 

Mi mente no deja de dar vueltas y vueltas, como si se tratase de la noria de una feria, sin dejar de pensar en lo que le ha podido ocurrir a mi esposa Letizia. Estoy a punto de caer abatido ante mi enemigo interior, mi mente.

«No puede ser cierto. Realmente, qué es lo que sé…

Que está muerta

Siento como si el peso de una persona de doscientos kilos me estuviese oprimiendo el tórax, intentando comprimir el oxigeno de mis pulmones, me cuesta respirar, cada inspiración de aire es como un puñetazo. Mientras aturdido me digo a mi mismo:

¡“Que está muerta.”!

«Y esto lo sé porque alguien, a quien no conozco, me lo ha dicho…, puede que ese alguien esté equivocado, o puede que no… No sé de qué ha muerto, ni cómo ha podido ocurrir… Ayer no me comentó que estuviese enferma ni nada por el estilo… Habrá tenido un accidente… Los niños ahora tendrían que venirse conmigo. ¡Oh Dios! ¿Qué voy a hacer con ellos?, ¿con dos niños, uno de doce años y otro de cinco?, yo, un tipo de cincuenta y cinco, con dos criaturas tan pequeñas… ¡Joder, Lety!, cómo te has ido así…, sin más, en silencio. Tú eras la que te encargabas de ellos, de cuidarlos, educarlos, mimarlos, dirigirlos, tú eras su guía, yo solo he estado ahí, de segundo…, solo estaba para hacer cumplir sus caprichos, sacarlos de paseo…; si hasta cuando se volvían molestos yo me encerraba en el ático con mis cosas. Tú eras la que los reñías, te enfadabas con ellos, los castigabas, los perdonabas…»

Si lo que una parte de la conciencia me indica que es cierto, y la otra lo niega, entonces se van abrir las puertas del infierno, y mi mundo no está a salvo, se vendrá abajo como un castillo de naipes. Hay ciertos sensores de la percepción que me muestran lo que va a ocurrir, trazos de una realidad inesperada.

Con un brusco movimiento de cabeza logro arrancarme los pensamientos de la sinrazón, sacándome de encima la pesada losa de la incertidumbre, recuperando la respiración.

Recuerdo, observando como en el horizonte las primeras luces de este día empiezan a irrumpir en los viejos campos castellanos, cuando apareciste en mi vida por primera vez, casi de la nada. Apareciste, en el instante preciso en que mi corazón ya estaba listo para volver a sentir, aunque el tuyo aún seguía sangrando, me permitiste ser tu médico cirujano para parar la hemorragia de tus heridas, sanarlo, mostrarte que siempre hay algo más, que no podíamos, dejar de vivir por algo que había sucedido y que no volvería a ser. Te ofrecí entonces, pero no he llegado a cumplirlo, un mundo nuevo y distinto, lleno de posibilidades que aún no conocías, que a mí me apetecía y deseaba descubrir contigo a mi lado, caminando lentamente y aprendiendo los dos juntos lo que a lo largo de la senda de ese camino nos iba mostrando, para llegar a donde tuviésemos que llegar. Pero, al parecer, ahora tú has decidido en un instante desaparecer para siempre, como cuando nos conocimos, quiero suponer que ha sucedido por una de esas desafortunadas casualidades de la vida.

Sentado en la parte posterior del coche con la cabeza languideciendo sobre el reposacabezas, mi mente va y viene, viene y va, en el vaivén del tobogán en que se encuentran mis recuerdos desordenados, no queriéndome recrear en alguno en concreto. Sin prestar en demasía atención al paisaje que está pasando ante mis ojos, lo veo, pero no lo miro. Pues en la retina de mis ojos solo está la última instantánea captada de mi mujer el lunes en Madrid.

En un instante de esos en que miro con desgana a través de la ventanilla, me percato de que estamos entrando en Madrid.

–God damn it. Shit… Qué corto se me ha hecho este viaje –murmuro en voz baja.

–¿Decía algo? –pregunta el inspector Reyes.

–No, no, nada. Cosas mías.

Estamos circulando a la altura de El Escorial. Saco el móvil de la solapa del bolso, coloco mi huella índice sobre la minúscula ventana de “mensajes” y comienzo a teclear:

“Entrando en Madrid. Treinta minutos”.

Marco el número de Luis, y le envió el mensaje, colocando el móvil en el interior del bolso de cualquier manera.

El subinspector Fernández, que es el que va al volante, se introduce en el aparcamiento subterráneo de la Dirección General aparcándolo en el primer sitio que ve libre.

Salgo del coche, me visto el abrigo mecánicamente, dejo caer mi sombrero sobre mi cabeza de manera instintiva sin preocuparme de cómo ha quedado. Me cuelgo el bolso del hombro izquierdo, mientras hecho una mirada rápida hacia el interior del coche por si se me olvida algo en el asiento. Nos dirigimos hacia donde se encuentran los ascensores, el inspector Reyes dos pasos por delante y el subinspector dos pasos por detrás, entramos en el ascensor, que nos lleva al amplio vestíbulo de la entrada del edificio, deposito las cosas que llevo en los bolsillos en una bandeja, y el bolso en la cinta, al pasar por el escáner. Veo a Luis, mi abogado, en el centro del vestíbulo charlando con otras dos personas, él también se ha percatado de mi presencia y se dirige a mi encuentro mientras se despide de sus acompañantes. Nos fundimos en un abrazo sentido no exento de emoción por mi parte. Lo necesito.

–Lo siento, lo siento…, Nicolás. Lo siento de verdad. De corazón –dice Luis mientras nos abrazamos.

Lo miro mientras nos separamos, dándole las gracias con un gesto en mi rostro, afirmándole que lo sé y que le creo, a la vez que un estremecimiento nervioso recorre mi cuerpo al separame, este vahído hace que me sujete de su brazo derecho instintivamente, mientras se presenta a los inspectores que me acompañan, que habían permanecido impertérritos a nuestro lado.

–Si nos disculpan un instante, vamos a comunicar que ya hemos llegado y preguntar a dónde tienen que dirigirse. Esperen por aquí si son tan amables –dice Reyes.

–No se preocupe, que aquí estaremos –contesta Luis.

El inspector se distancia de nuestro lado mientras su compañero, el subinspector Fernández, da unos pasos hacia atrás, permaneciendo cerca de nosotros sin dejar de observarnos de reojo. Giro la cabeza hacia Luis y le lanzo una cascada de preguntas sin darle tiempo a que me responda.

–¿Has podido informarte?, ¿está muerta?, ¿cómo ha sucedido?, ¿ha sido un accidenté?, ¿fue un paro cardiaco?, ¿un desmayo? Que sepa, no estaba enferma, si no, me lo hubiese dicho. ¿Qué es lo que le ha pasado?, ¿te has podido enterar de algo?…

Le lanzo toda la batería de preguntas, de sopetón, que me vienen a la cabeza sin pensar ni un segundo las preguntas, con ansiedad, nervioso porque me confirme que todo es una simple equivocación.

–¿No te han dicho nada?…

–No, nadie me ha dicho nada en concreto…

–¡¿Cómo que no sabes nada?!

–Tampoco se puede decir que nada, nada.

–Entonces…, ¿qué?

–La verdad es que la persona con la que he hablado… tampoco es que supiesen mucho de lo ocurrido. Solo sabía que una mujer había aparecido muerta en la habitación del hotel Miguel Ángel, y que, por desgracia se trataba de Letizia.

EL TIEMPO IV

“Lo esperado no sucede, es lo inesperado lo que acontece”.

Eurípides de Salamina

 

 

 

El reloj de la Puerta del Sol marca las doce de la noche, el final de un día y el principio de la noche del siguiente. Los noctámbulos ultiman los planes de una noche, que los han de llevar al amanecer. Hace calor para ser una noche de principios de junio, el ambiente está cargado, el olor de la basura de dos semanas sin recoger, por culpa de la huelga de los servicios de limpieza, mezclado con los gases de los vehículos, lo hace irrespirable. La gente sale de los cines y de los teatros de Gran Vía, tapándose la nariz mientras tratan de perderse, apurando el paso, unos en los aparcamientos subterráneos y otros entre las callejuelas del barrio de Chueca, donde la tolerancia es su santo y seña para recorrer sus estrechas calles, seguramente se dirigirán a la Plaza de Chueca, o a la plaza Vázquez de Mella, donde habrá algún espectáculo. Aunque Chueca en sí misma, es todo un espectáculo de luz y de color en las noches de Madrid.

El comisario jefe Antón Freixa camina con paso firme y decidido, los surcos de la preocupación conforman las líneas de su rostro cansado. A su lado, una joven trata de seguirlo en silencio, es algo más alta que el comisario, delgada, con el pelo corto y de rostro ovalado, con ojos pequeños ocultos tras una gafas de pasta blanca, que realzan su tez morena, de piernas largas y cuerpo corto, vestida con unos pantalones vaqueros que marcan la forma de sus anchos y prietos muslos, seguramente conseguidos a base de horas de gimnasio, una camisa oscura bajo una cazadora de cuero marrón, ocultan sus anchos hombros y los pequeños, pero redondos, pechos que se remarcan bajo la camisa. Era la inspectora Serrano, su ayudante mas fiel y una de las encargadas del último caso que esa misma mañana había caído sobre la mesa del comisario, sin que él lo quisiese.

Veinte minutos mas tarde, los dos caminan, uno dos pasos por delante de la otra, con cierta pesadez por los pasillos del área de Prosectorado del Instituto Anatómico Forense. Conocen muy bien el lugar, por desgracia, lo visitan más a menudo de lo que ellos desearían. Llegados ante la puerta de su destino, esta se abre automáticamente. Antón suspira profundamente antes de cruzar la puerta, la inspectora sube la cremallera de su cazadora por encima de sus pequeños y redondeados pechos. Los dos dan un par de pasos hacia el interior de la amplia sala, apenas iluminada por un par de lámparas sobre la mesa de acero que hace de escritorio, situada a su izquierda, ante la que está sentada en un taburete la figura encorvada de un hombre enfundado en su bata blanca, con sus gafas de pasta en la punta de la nariz.

–Buenas noches Doctor.

Las puertas se cierran tras las palabras del comisario.

Antón Freixa es consciente de que lo que acaba de decir no es mas que un simple formalismo de cortesía. El doctor Caniellas gira el taburete donde se encuentra sentado al oír la voz, que le es de sobra conocida. Los estaba esperando. Los mira fijamente, mientras piensa que esta noche tiene poco de buena.

Hace frio en la amplia sala de cuarenta metros cuadrados, pulcramente ordenada y limpia, en la penumbra de esta, en una de las mesas de acero que hay en el centro, se pueden identificar las líneas de un cuerpo cubierto con una gran tela blanca que cuelga por los laterales.

–Buenas noches, comisario.

–Podían ser mejores doctor.

–Los he mandado llamar con urgencia, porque quiero mostrarles lo que he encontrado en el cuerpo de la señora Letizia Soto. Espero que me disculpes, Antón, por la hora tan intempestiva y por haber interrumpido alguno de tus actos sociales, pero, dada la relevancia de este caso, lo creí necesario.

–Déjate de caralladas, doctor. No creo que estemos ninguno de los dos para actos sociales en estos momentos. El único acto que he tenido hoy ha sido con el director, y no ha tenido nada de social. Más bien, todo lo contrario.

–Te creo. Yo también he tenido hace un par de horas, uno de esos actos sociales con nuestro querido director.

–Por lo visto, esta noche va camino de convertirse en una de esas noches inolvidables de nuestra vida.

–No creo que solo sea esta noche. Seguro que vamos a tener unas cuantas noches y días inolvidables por este caso.

–¿Qué es lo que tienes para nosotros?

–Comisario, por nuestra parte hemos terminado de examinar el cuerpo…

–¿Sabemos cómo murió?

El doctor Caniellas mira al comisario, reprochándole con su mirada su impaciencia. Antón se percata al instante de lo que significa esa mirada, entorna los ojos y suspira, preparándose para armarse de la poca paciencia de la que todavía es dueño en estos momentos. Conoce muy bien a Caniellas, y el doctor también lo conoce muy bien a él. El comisario es conocedor de la meticulosidad y pulcritud del doctor, en cada uno de los detalles, cuando se dispone a exponer uno de los casos en los que ha intervenido.

Nada ni nadie lo apartaran de su objetivo.

ABUELA

Tu abuela,

que contemplas

el crepúsculo

de este otoño,

con mudado anhelo

crees reconocer

las sombras de

este pequeño cuerpo

en el ángelus, de

esta tarde de otoño.

Que ilusión, abuela,

poder contemplar

tus ojos esmeralda.

Con mis manitas

recogeré el diamante

de tu lagrima.

 

Tu abuela,

contempla los crepúsculos,

en una fría noche de invierno

yo llegare al edén

de tus deseos,

para que me acurruques

en tu suave regazo, y

tus ojos esmeralda

cantaran una nana.

Tu abuela

MI TIEMPO III

La joven agente da unos leves golpes en la hoja de cristal serigrafiado con el anagrama gris plata de la Policía Nacional en la parte superior de la puerta, antes de introducir su recortada figura embutida en su traje azul, entra por su cuenta sin esperar a que se lo indiquen desde el interior, dejándome sin custodia. A mis oídos solo llegan los murmullos de lo que está sucediendo en el interior del despacho. Dirijo mi derrotado cuerpo, cabizbajo, hacia donde me ha indica la joven agente.

Espero durante diez interminables minutos, más o menos, sentado en una de las sillas tapizadas de color azulado, las veo algo descoloridas para el tiempo que llevan colocadas, se encuentran situadas a la derecha de la puerta de entrada al despacho. Mi mente se distrae analizando el estado de los materiales que conforman la estancia, que en un tiempo pasado yo mismo tracé. El tabique divisorio, que conforma los despachos, es de aluminio anodizado con doble cristal 6+6 con cámara de aire, en su interior discurren unas cortinillas de lamas grises que no dejan pasar la luz ni el ruido. Estoy distraído calificando lo que mis ojos ven cuando escucho una voz a mi izquierda que me dice, repetitivamente:

–Pase, por favor. Ya puede usted pasar –dice la agente desde el quicio de la puerta acristalada.

Cruzo el umbral con cierta intranquilidad en el rostro, no exento de temor, por las respuestas que pueda obtener por mi presencia, forzada, en este despacho con las paredes pintadas en un blanco roto. Con una rápida, pero precisa mirada, analizo lo que hay ante mi.

A mi derecha se encuentra una mesa de reuniones redonda con seis sillas, a la izquierda, un mueble archivador bajo con puertas correderas, en su parte superior está repleta de objetos personales, me imagino que de la persona que se encuentra sentada en el sillón al otro lado de la mesa, La cual está situada casi en el centro exacto de la habitación, yo nunca la situaría en esa posición. La verdad es que yo no pondría nada de lo que estoy viendo, no encaja nada, es un popurrí de muebles y cosas sacadas de acá y de allá. La mesa es de líneas modernas de color wengué, que no hace juego con el mueble archivador gris metálico, a un lado de la mesa se encuentran dos sillas negras que no corresponden para nada, con el resto del mobiliario, en frente de la mesa un sillón de respaldo alto marrón claro, una imitación a cuero, con una lámpara Ar Deco de los setenta. En él se encuentra sentado un hombre regordete con un largo flequillo que cubre su más que incipiente calvicie; está embutido en ese sillón que sobresale por encima de su coronilla libre de cualquier apéndice capilar, que brilla lustrosa al reflejo de la luz; es de mediana estatura, con bigote, “a lo Aznar”, y una barba de tres o cuatro días, en mangas de camisa; alrededor de su cuello pende una corbata de tonos azulados con rayas rojas, con un alfiler sujeta a su camisa blanca.

No se levanta mientras yo me adentro en su mundo iluminado por la ostentosa luz lánguida de la horrorosa lámpara de su mesa. Sin dirigirme la mirada, extiende su mano izquierda mientras me dice en un tono que me suena un tanto despectivo:

–Siéntese, por favor.

Supongo que será el comisario.

Me acomodo en una de las dos sillas disponibles que se encuentran frente a él.

–Buenas noches –digo.

–Buenas noches –contesta sin apartar la vista de los documentos que tiene delante.

–Aunque para ser sinceros, lo de buenas, está por determinar, y lo de noches, más bien, son madrugadas.

–Por lo visto, el señor, viene de buen humor.

–Como unas castañuelas maragatas.

El rostro regordete escondido tras el bigote, que más bien parece el pequeño cepillo del limpiabotas de la Plaza de las Palomas, levanta su vista por primera vez de los documentos, lanzándome una mirada alechugada, y me dice:

–Escúcheme bien. No está usted en el escenario del teatro Emperador. Así que sus gracietas déjeselas para cuando esté con sus amiguetes fuera de este edificio. ¿Queda claro?

–Clarísimo. A mal tiempo, buena cara.

–A caballo que se empaca, dale estaca.

–A quien debas contentar, no procures enfadar.

–Boca cerrada más fuerte que una muralla.

–Cada uno habla como lo que es.

–Sabio es quien poco habla y mucho calla.

–Más vale palabra a tiempo que cien a destiempo.

–Necio que sabe callar, camino de sabio va.

–Si pero…

–Ni peros ni peras. Déjese de refranes y conteste cuando se le pregunte.

–Los refranes son sabias respuestas.

–Y una pérdida de tiempo. Y no estamos aquí para eso.

–Estoy de acuerdo con usted. Señor comisario, yo estoy aquí buscando respuestas…, para mis preguntas.

–Respuestas no creo que las encuentre. Pero preguntas seguro que sí. Y unas cuantas.

–No hace falta que nos pongamos así.

–¿Así como?

MI TIEMPO II

Me apeo del coche, le doy un vistazo rápido, comprobando por si acaso no está bien estacionado, y aprieto el botón de cierre centralizado. Me asiento el sombrero, mientras comienzo a caminar despacio, sorteando las sombras que produce la paupérrima luz de los viejos candelabros de hierro forjado, anclados sobre las poligonales piedras, de roca de Boñar, que tantas sombras han cobijado a lo largo de sus casi cinco siglos de historia, que conforman el Palacio de la Paridad.

Siento un cierto aire cansino en mis piernas, noto como si mi sangre fuese de un líquido viscoso, pastoso, circulando lentamente por el canal de mis venas. Procuro no tropezar gobernando mis pies del cuarenta y seis, camino hacia el portal de mi edificio, a la vez que mi conciencia, a su libre albedrío va reflexionando sobre el trabajo que me espera mañana jueves, y sobre cómo ha ido el día de hoy. Lo normal, como casi siempre que estoy a punto de entregar un trabajo, la verdad es que había sido un día movidito: las prisas por terminar, las discusiones, los atascos, no digamos el par de funcionarios lerdos con los que me pasé media mañana tratando los temas presupuestarios del proyecto, que se tiene que tramitar pasado mañana. Como casi siempre, es un tiempo perdido, entre los entresijos de una administración misógina y engreída, enmohecida por el paso del tiempo, en una rutina perezosa y testaruda.

Mi mente no consigue distenderse caminando esta breve distancia, noto como un cierto desasosiego interior, el cual me hace sentir una intranquilidad que no termino de discernir con claridad. De repente me encuentro ante el edificio, donde ha vivido mi abuelo toda su vida, y que tan bien conozco. Decido detenerme a este lado de la calle, frente a el, mientras me distraigo contemplando el escaparate del comercio que tengo a mi izquierda, más por terminar de fumarme mi pipa, que he cargado esta tarde-noche, que por la curiosidad que pueda sentir por lo que expone el escaparate. El libar de mi pipa, el sentir en mi boca el sabor aromatizado del tabaco, me ayuda a recobrar la calma necesaria que preciso en estos momentos para conciliar el sueño.

 

MI TIEMPO

Esta mañana no va a ser diferente, otra vez, alguien ha interferido en el trabajo de los sueños, deteniendo su hora, haciendo que regrese de ese, mi mundo, creado en mi mente, al mundo de la realidad diaria. Como si me transportase en la máquina del espacio-tiempo. Mi tiempo. Un hombre de cincuenta y cinco años que se ahoga en el espacio de su tiempo imaginario para volver, al tiempo y al espacio de su realidad común, esa que él mismo se ha creado a su imagen y semejanza, una sociedad idólatra del consumismo y de los falseados sentimientos.