CARTA DE UN AMIGO

Lo que tu conciencia te dice, y, tu voz calla por cobardía, quiero que me lo digan tus ojos. Porque necesito saber que ya no me reflejo en tu mirada, que tu mirada ya no grita mi nombre, ni lo que sientes por mí, sino que los gritos de tu mirada son gritos de odio, desprecio y asco hacia mi nombre.

Quiero ver en tu mirada si ese desprecio y asco que reflejan las líneas de tu rostro son capaces de llegar hasta ese odio que te lleve hasta el umbral de mi morada. Para darme la muerte, como tu única salvación.

Si, la muerte. Estás leyendo bien.

La muerte como tu bendición final. Porque yo soy capaz de odiar hasta ese punto, no por mi salvación ni con ninguna bendición, simplemente porque estoy convencido del odio que durante todos estos años ha anidado en mí hacia ti. Con todo lo que se esconde tras la palabra odio: rencor, aversión, aborrecimiento, tirria, abominación, rabia. Si, por casualidad, te estás preguntando el porqué, rebusca en la biblioteca de tu pasado, y seguro que no hallarás solo uno.

Por eso quiero verte de frente, sin que pestañees, sin que voltees la cabeza hacia el otro lado, mientras de tu boca salen palabras que no sientes, palabras de rabia, de incomprensión, llenas de preguntas cuyas respuestas te has olvidado en ese rincón de tu pasado, al que te has negado a regresar.

Quiero que me mires de frente fijamente, y que guardes un silencio sepulcral. Que seas un mudo, o, mejor aún, que te transformes en sordomudo, para que no puedas emitir sonido alguno, para que no puedas oír la voz de tus sentimientos. Deseo que me mires de frente, a la cara, para poder clavarte mi mirada, y ver en tu rostro el reflejo de lo que estoy haciendo, paso a paso, y poder adivinar en tu desconcertante mirada si tengo el valor de llegar hasta el final.

Si realmente quieres conocer las respuestas a tus preguntas, el porqué, el cómo, el debe y el haber, y si estás dispuesto a aceptar esas respuestas como la única verdad a tus preguntas, Solo tienes que hacer una cosa; disponer de tiempo, detener el tiempo de tu reloj, para jugar un torneo de ajedrez contra mí. Al mejor de cinco partidas.

Porque el ajedrez es como la vida misma, una batalla constante. Es lo que tú sueles decir cuando te dispones a jugar una partida.

Pero toda batalla tiene un principio y un final, en el medio de esos dos puntos, principio y final, intervienen sentimientos y estrategias, avances y retrocesos, para sobrevivir el mayor tiempo posible a consta de tu adversario. Este es un momento de retroceder para poder avanzar.

Cuanto más dure la partida, más respuestas hallaras, ya que en ese espacio que hay entre el principio y el fin, entre jugada y jugada, como si se tratase de las estaciones del “vía crucis”, haremos un receso en la batalla para ir mostrando las respuestas. Si ganas te mostraré la verdad del, “porque de la razón” de lo acontecido, y todo habrá terminado. Si no, te quedarás con el jaque mate de la partida, mientras te preparas para el siguiente torneo.

Te deseo buena suerte.

¿Jugamos? ¿O decides levantarte e irte?